San Cayetano reunió a una multitud en Pergamino y dejó un mensaje de fe, providencia y compromiso
Como cada 7 de agosto, cientos de pergaminenses y vecinos de localidades cercanas se acercaron, el viernes, al templo de San Cayetano para pedir, agradecer y renovar su fe.

Hay celebraciones que forman parte de la identidad de una comunidad. En Pergamino, cada 7 de agosto, la figura de San Cayetano vuelve a convocar a cientos de personas que llegan con una petición, un agradecimiento, una preocupación o simplemente con el deseo de estar cerca del santo al que confían sus anhelos.
El viernes, el templo ubicado sobre calle Falucho al 800, en el barrio 12 de Octubre, volvió a ser este viernes el epicentro de una jornada marcada por la fe. Desde las primeras horas de la mañana, las puertas permanecieron abiertas y fueron numerosos los fieles que se acercaron a rezar frente a la imagen de San Cayetano, patrono del trabajo, el pan, la paz y la providencia.
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Llegaron familias, adultos mayores, jóvenes y vecinos de distintos sectores de la ciudad. También hubo quienes viajaron desde localidades cercanas para participar de una celebración que, año tras año, trasciende las paredes del templo y se transforma en una expresión colectiva de fe.
Cada uno llegó con su propia historia. Algunos para agradecer aquello que pudieron alcanzar durante el último año; otros para pedir trabajo, salud, tranquilidad o por algún ser querido. Y muchos, simplemente, para poner en manos de San Cayetano aquello que no encuentran cómo resolver por sí mismos. Porque frente a la imagen del santo, las necesidades personales se vuelven también parte de una historia comunitaria. La búsqueda de trabajo, la preocupación por llegar a fin de mes, el deseo de que no falte el pan en ninguna mesa y la esperanza de atravesar momentos difíciles encontraron, una vez más, un lugar donde ser expresados.

Caminar juntos detrás de la fe
La actividad central de la jornada tuvo lugar durante las primeras horas de la tarde, cuando la imagen de San Cayetano salió del templo para recorrer las calles del barrio.
A su lado estuvo también la imagen de la Virgen de Luján, acompañando una procesión que reunió a cientos de personas. El caminar detrás de las imágenes volvió a ser una de las expresiones más profundas de la jornada: avanzar juntos, detenerse, rezar, cantar y compartir una misma esperanza.
La procesión no fue solamente un recorrido por las calles. Para muchos de los presentes fue una manera de poner el cuerpo a la fe, de salir al encuentro y de hacer visible una devoción que se transmite de generación en generación.
Después de recorrer el barrio, los fieles se dirigieron hacia el SUM del Jardín San Cayetano, donde se celebró la misa central. La jornada religiosa tuvo además una última celebración a las 20.30, cerrando un día en el que el templo volvió a ser lugar de encuentro para la comunidad.
Ser providencia para los demás
La homilía del padre Aníbal Tabares estuvo atravesada por un fuerte mensaje social. El sacerdote tomó como punto de partida los diez años de camino de la comunidad de San Cayetano y recordó aquel 2016 en que la Iglesia celebraba el Jubileo de la Misericordia.
Evocó las palabras que entonces le transmitiera el obispo Héctor Cardelli: “No te ocupes del templo, ocupate de hacer la Iglesia en el corazón de las personas”.
Una frase que, diez años después, volvió a cobrar sentido. Porque para Tabares, la comunidad no se define solamente por un edificio o por la cantidad de personas que participan de una celebración, sino por la capacidad de abrir las puertas, recibir al otro y comprometerse con las realidades que atraviesan a la sociedad.
En ese recorrido, el sacerdote vinculó la figura de San Cayetano con una Iglesia atenta a las necesidades espirituales, pero también materiales de las personas.
“San Cayetano no se ocupó solo de lo espiritual, que es peligroso ocuparse solo de lo espiritual en la Iglesia, sino también de lo material, porque así lo hizo Jesús también”, expresó durante su homilía.
La frase sintetizó buena parte del mensaje de la celebración: la fe no como refugio para permanecer al margen de lo que sucede, sino como impulso para involucrarse.
Romper las cadenas que lastiman
El sacerdote habló de las “cadenas” que todavía atraviesan a la sociedad y enumeró situaciones que afectan especialmente a quienes se encuentran en condiciones de mayor vulnerabilidad.
Habló del descarte social, del desempleo, del trabajo informal y de la falta de oportunidades. También se refirió a la violencia familiar, a las mujeres vulneradas, a la niñez desprotegida, a las adicciones, al suicidio, a la violencia institucional y al abuso de poder.
Su mensaje también incluyó una mirada crítica sobre quienes tienen responsabilidades públicas y llamó a trabajar por políticas que den respuestas integrales a las necesidades de la población. “Queremos seguir liberando y rompiendo cadenas como aquel primer día”, expresó Tabares, recuperando aquella imagen del Jubileo de la Misericordia.
El llamado interpeló a cada miembro de la comunidad, invitándolo a abandonar la indiferencia y el “no te metás”. “Las cadenas del no te metás, el mirar para otro lado, que nos llevan a desconocer como hermanos”, sostuvo.
En tiempos donde las dificultades pueden generar aislamiento, la invitación fue precisamente a recuperar la mirada sobre el otro.
Un pacto con la providencia
Hacia el final de su homilía, Tabares propuso una imagen que se convirtió en uno de los momentos más significativos de la celebración: hacer un pacto con la providencia.
No se trataba solamente de pedirle a San Cayetano que acompañara las necesidades de cada persona. El desafío era algo más profundo: reconocer aquello que cada uno recibió y transformarlo en una oportunidad para ayudar a los demás. “Si fuimos alcanzados por la providencia, tenemos que convertirnos en providencia para los demás”, afirmó.
La frase resumió el sentido que el sacerdote quiso darle a la celebración. La providencia, entendida como ese amor de Dios que sale al encuentro de quien necesita, no debería terminar en quien la recibe. Como símbolo de ese compromiso, los fieles recibieron una pulsera que representó el pacto propuesto durante la misa. El gesto buscó convertir una celebración religiosa en una decisión concreta: llevar la fe más allá del templo y traducirla en acciones.

















