Once amigas pergaminenses de toda la vida volvieron a Bariloche cuando cumplieron 50 años
Se conocen desde el jardín en Pergamino. Pasaron juntas por boliches, maternidades, mudanzas y duelos. A los 50 se prometieron un viaje y lo pagaron regalándose plata en cada cumpleaños durante años. Cinco nunca habían volado.

Antes del despegue, Jimena sintió una mano que la tomaba con fuerza. Tenía 50 años y nunca había subido a un avión. Iba nerviosa, tan nerviosa que en todo el viaje de ida no pudo relajarse. Su compañera de asiento, Susana, la agarró fuerte, como sosteniéndola de una caída, y mientras tanto le fue contando lo que pasaba: ahora carretea, ahora acelera, ahora subimos, para que no se asustara. Que supiera bien que ahí estaba ella para cuidarla.
Esa mano tenía historia. Era la de la chica que vivía enfrente de la casa de su mamá cuando Jime llegó a Pergamino y empezó cuarto grado. La vecina que se volvió amiga entrañable fue con la que caminaba a la primaria. Mientras Jimena cruzaba la calle a su encuentro de forma atolondrada, sin mirar a los costados, ella le decía: “¡Cuidado al cruzar!”, “Jimena, fijate el auto”. Jimena era, en sus propias palabras, “un desbole”, y su amiga estaba siempre atenta. Durante el viaje, en un camino de ripio, Jimena caminaba adelante y la amiga atrás. “Jimena, cuidado que viene un auto”, le dijo cuarenta años después, con la misma frase. A Jimena se le cayeron las lágrimas. Una semana más tarde, cuando lo cuenta, le vuelven a caer. “Esas cosas, decís: está todo dicho”, dice.
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Son once: Maira, Fernanda, Cecilia, Susana, Melina, Carla, Lidia, Paola, Débora, Silvina y Jimena. Se conocen desde el jardín o la primaria, en un mismo barrio de Pergamino. A fines de septiembre, con 50 años, viajaron juntas a Bariloche para cumplir una promesa que se habían hecho un año antes y festejar la amistad, el paso del tiempo y el amor de las amigas. Cinco nunca habían volado. Jimena era una de ellas.
Hay amistades que pertenecen a una época y se quedan ahí: la del colegio, la de la facultad, la del trabajo. Este grupo no. Carla escribió en una publicación de Instagram: “Las amigas no son una etapa de la vida, sino el hilo que conduce todas las etapas”. Esta nota es sobre ese hilo.
Cinco manzanas, un barrio, y una ciudad de la provincia de Buenos Aires
Al principio, todo pasaba en un radio de cinco o seis manzanas. Ahí estaban las casas de las chicas, o las de sus abuelos, en el barrio Centenario de Pergamino, a unos doscientos kilómetros de Buenos Aires. Ahí quedaban el jardín, la primaria y la catequesis. Del barrio no salían para nada importante.
Algunas se conocieron en la sala de tres, otras en la de cuatro, otras recién en primer grado. Cursaron la primaria en turnos distintos, unas a la mañana y otras a la tarde, hasta que en sexto pasaron todas a la mañana. Se iban a buscar para ir a la escuela y volvían juntas. Una manada de amigas caminando las calles de Pergamino. Andaban mucho, durante horas, callejeando, haciendo propio el barrio y creando, tal vez sin saberlo, una historia que las acompañaría toda la vida.

Las Hechiceras del Nacio
Para el secundario salieron por primera vez del barrio. Fueron todas al Colegio Nacional de Pergamino, en divisiones distintas pero en el mismo edificio. Ahí les apareció el nombre.
A la noche había un programa de radio, “muy de pueblo”, recuerda Silvina, en el que se mandaban saludos y se pedían temas. Los grupos de cada escuela llamaban y se presentaban, y ellas eran Las Hechiceras del Nacio. No había Spotify ni celulares: para escuchar una canción había que llamar a la radio, pedirla y esperar pacientemente a que el operador la pasara. Momentos simples, llenos de magia.
Antes del boliche vinieron los asaltos, al final de la primaria: las chicas llevaban algo para picar, los varones las bebidas, y algún patio de alguna casa de la zona se convertía en pista para bailar los temas del momento. Después llegaron las tertulias, hasta que, a los catorce o quince años, apareció Spectra, una discoteca enorme a la que llegaban colectivos de toda la zona. Eran fines de los 80, principios de los 90.
La previa la hacían entre ellas. Cada una llegaba con un bolso, se maquillaban juntas y se prestaban la ropa: “¿Qué me pongo? ¿De quién es? No importa”. Esa cuestión de la juventud y de las amigas: nada es de nadie y todo es de todas. En el boliche tenían un rincón propio, donde sabían que las iban a encontrar. Todavía hoy algún pergaminense se las cruza y les dice: “Ah, ustedes eran las que estaban en tal lado”. “A veces no sabemos si reírnos o llorar”, dice Jimena.
A los 18, casi todas hicieron el viaje de egresados a Bariloche. Jimena no pudo ir. “Por una cuestión particular”, dice, y no agrega más.
Treinta y dos años después, cuando tuvieron que elegir adónde viajar, Bariloche apareció casi sin buscarlo. Muchas no habían vuelto desde entonces. “Nos pareció el lugar para volver”, dice Silvina. Carla lo dice de otra manera: volver “al lugar donde el viaje de egresados selló de alguna manera esto”.

Las que se fueron, las que volvieron
Después del secundario, algunas cosas de la dinámica del grupo tuvieron que cambiar para adaptarse a esa nueva realidad que era la vida adulta. Algunas se fueron a estudiar a Buenos Aires y otras a Rosario, como Silvina. Otras fueron mamás muy jóvenes. Carla fue la primera: su hijo mayor tiene hoy 31 años. Durante esos años, algunas se veían y otras no.
Con varias metas cumplidas, trabajos, hijos, novios y todo lo que viene con el tiempo, alrededor de los 37 años casi todas fueron volviendo de a poco a la ciudad que las vio crecer. De vuelta en Pergamino, la ciudad las fue juntando otra vez. Cuando Jimena, la más grande del grupo, cumplió 40, sus amigas y su hermana le organizaron una fiesta sorpresa. “Te estoy hablando de como si fuera una fiesta de 15, porque tuvo de todo”, dice. Desde esa fiesta, el grupo volvió a ser el centro de todo. El imán que las une.
Ese año se regalaron pulseras de plata con el nombre del grupo, una frase y la fecha. Más o menos en esa época armaron el grupo de WhatsApp. ¿Qué nombre le iban a poner? Las Hechiceras, por supuesto.
Mientras tanto fueron criando hijos. “Desde el primero al último nos hemos ido acompañando todas en esto que es maternar”, dice Carla, “de la manera que cada una pudo, de la manera que sale”. El último en llegar fue Tomi, el hijo de Jimena, que hoy tiene 8 años. Cuando el grupo se juntaba, Jimena lo llevaba con ella. Las amigas le dicen el Hechicerito.

Si no está una, está la otra
Hoy son una psicóloga, una abogada, una directora de jardín, una licenciada en agronegocios, una secretaria, una jubilada de la policía, una ama de casa, una instructora de yoga, una emprendedora y dos comerciantes. Lidia, Silvina, Paola, Débora, Fernanda, Cecilia, Melina, Carla, Jimena, Maira y Susana. Todas unidas por el mismo hilo. Algunas son más tranquilas y otras más intensas; una es más activa y otra más administrativa. “Depende lo que va sucediendo, vamos encontrando el espacio y nos vamos encajando entre todas”, dice Jimena, mientras hace con las manos la seña de un engranaje perfecto. “Y la que encaja un cachito más tarde, la acompañamos a que se acomode”.
No se ven todos los días. Hay meses en que se juntan un viernes, otros en que se juntan dos. Cuando alguien propone una cena, va la que puede, y no pasa nada. “Pero cuando la vida aprieta”, dice Carla, “cuando sentimos la necesidad de ser abrazadas, de abrazar, de contener, estamos”.
Jimena enumera lo que atravesaron juntas sin detenerse en nada: “Cosas buenas, cosas malas, nacimientos, pérdidas, situaciones económicas, separaciones. Y acá estamos. Y si no está una, está la otra“.
Contener también es decir lo que la otra no quiere escuchar. “A veces hay opiniones que no querés escuchar, y las amigas te las dan”, dice Jimena. “Y en otros momentos te abrazan aunque no estén con vos. Te abrazan con el alma“. Lo dice con los ojos temblorosos y una emoción que ni la pantalla puede contener.
Jimena tiene una hija de 19 años. Hace tiempo que le habla de esto. Los vínculos de los jóvenes le parecen “tan livianitos” que tiene un deseo, y lo dice con modestia: “Ojalá mis hijos puedan tener un cuarto de los vínculos que yo tengo”.
Un sobre como punto de partida
La idea del viaje apareció cuando empezaron a cumplir 50. A los 40 casi todas habían hecho fiesta; a los 50, muchas menos. “Nos merecemos un viaje”, dijeron. No fue un buen año para la economía de todas, así que lo pensaron de una manera que estuviera al alcance de cada una.
En julio de 2025 le tocó a Jimena, la primera en cumplir. Las demás habían armado un grupo de WhatsApp paralelo, sin ella. “Yo, que soy la más grande, soy la última que me entero”, dice. Le dieron un sobre con plata y una consigna escrita: era “el puntapié inicial para un viaje entre todas”. Ese día se lo prometieron. Todavía no sabían adónde ir, pero sabían que irían todas. “Y no había opción de bajarse”, dice Jimena. Desde entonces, en cada cumpleaños, de enero a diciembre, se fueron regalando dinero. Esa plata se convirtió en pasajes.
Primero hablaron de Río, después de la playa. Algunas no podían pedir muchos días en el trabajo, y otras no llegaban con la plata. “Paren”, dijo alguien. “Si es solo por lo económico, cambiemos de lugar”. Cuando alguna decía que no le alcanzaba, las demás respondían lo mismo: “Pongamos un cachito más entre todas, pero el viaje lo hacemos si o si”.

Silvina, la más chica, puso una sola condición: no viajar con 49. Cumplía los 50 en junio de 2026, así que el viaje tenía que ser después de esa fecha y antes de que las primeras empezaran a cumplir 51.
En enero se juntaron con Carla en la oficina de Silvina y sacaron los pasajes. Fueron dos reservas, una de seis y otra de cinco, con el miedo de no entrar todas en el mismo vuelo. “Adrenalina total”, dice Silvina. Después, mes a mes, fueron comprando el resto: la casa y las valijas, que no estaban incluidas en el pasaje. “Lo organizamos como si nos fuéramos un mes a Europa”, cuenta Silvina, un poco entre risas.
Una de ellas pagó la casa en dólares, y las demás se la fueron devolviendo en cuotas. En el viaje, otra anotaba los gastos en una aplicación y al volver les pasaba a cada una lo que debía. Nadie revisó las cuentas. “Viste que cuando hay cosas económicas en el medio, a veces es difícil”, dice Jimena. “Y confiamos. Eso también es lo importante”.
La combi donde comenzó el viaje
Eligieron el fin de semana largo del 24 de septiembre, día de la patrona de Pergamino, para que las que trabajan en relación de dependencia tuvieran que pedir un solo día.
La noche de la salida, una combi las fue buscando casa por casa. Carla estaba lista una hora antes, con la valija en la puerta, y en su casa se reían de ella. La emoción era total. Silvina fue la última en subir, y su marido la filmó cuando la combi arrancaba. “Cuando nos subimos ahí ya fue una locura”, dice Silvina. “Yo creo que estábamos más excitadas que cuando nos fuimos de egresadas a los 18”. Carla dice algo parecido: en esos días volvieron a ser las adolescentes que alguna vez fueron.

Para cinco de ellas, el primer vuelo de su vida fue de la mano de sus amigas
De las once, cinco nunca habían subido a un avión. Melina lo había dicho siempre, cada vez que el grupo hablaba de viajar: “Si es en avión, no voy”. Finalmente la convencieron, pero al subir tuvo una crisis, y las demás se quedaron pendientes de ella. En las buenas, y en las malas mucho más.
Para muchas de ellas, en el aeropuerto todo era nuevo: el check-in, los documentos, los pasajes en el celular, que Silvina les había mandado a cada una. Las que ya habían viajado guiaban a las demás.
Silvina había pensado en algo más. Al hacer el check-in, armó las filas para que ninguna de las que volaban por primera vez quedara sola: cada una iba al lado de alguna que ya conocía el miedo y sabía que se pasa. “Vos fijate”, dice Jimena. “Nos cuidamos entre todas”. Susana eligió un asiento en particular: el de al lado de Jimena. La que le decía “cuidado al cruzar” no iba a dejarla cruzar sola.

Once mujeres en una casa: “Hablar con los ojos. Eso no tiene precio”
No querían un hotel. Tampoco cabañas separadas, con un espacio común compartido con otros turistas. Silvina insistió: querían “convivencia full”, “despertarnos todas juntas, acostarnos”. Encontraron una casa sobre la avenida Bustillo, con un parque que bajaba al lago, con lugar para las once y a un precio que podían pagar. Después se enteraron de que la casa había pertenecido a una marquesa. Un lujo total para acompañar unos días que serían inolvidables.
Como la vida muchas veces va en contra de lo planificado, en Bariloche llovió los cuatro días. Les dijeron que en tres días había llovido lo que llueve en un mes. No vieron nieve ni esquiaron. En cambio, el viaje se convirtió en una especie de pijamada constante, todas en el living, jugando como cuando eran chicas. Una llevó vasos de colores e inventaron un juego. Otra escribió nombres de animales en papelitos, de a pares: con los ojos tapados, cada una tenía que imitar el sonido de su animal hasta encontrar a su pareja. “La granja de Zenón era un poroto al lado nuestro”, dice Jimena. Se prestaron pantalones para la nieve que nunca vieron: “Yo tengo dos más”, “yo te doy, yo te presto”. “Como si tuviésemos 15 años otra vez”, dice Jimena. Cuando una se descompuso, las demás estuvieron encima: “¿Necesitás esto? ¿Necesitás lo otro? ¿Estás bien?”.
No todo fue armonía. Once mujeres en una casa durante cuatro días es mucho. Hubo roces y momentos en que, dice Jimena, “nos desconocíamos”. En un juego “casi nos agarramos a las piñas, entre comillas”. Carla lo cuenta con cariño: “Somos las mismas nenas que jugaban, que competíamos”. Una de ellas cumplió 50 allá, el 25.
Lo que más recuerda Jimena son los desayunos. Aunque alguna se hubiera quedado un rato más en la cama, a la mañana se juntaban todas a darse los buenos días. Nunca prendieron la tele y usaron poco el celular. “Nos podíamos mirar todas a los ojos”, dice. “Hablar con los ojos. Eso no tiene precio”. Silvina recuerda las noches: “Gloriosas. De reírnos hasta cualquier hora”.

El escalón que sigue
Esta amistad atravesó todas las etapas de la vida, y cada etapa tuvo sus propias conversaciones. A los 20 o 30 hablaban de maternidad, de trabajo, de estudiar. A los 50 hablan de otras cosas. Hablan de la menopausia, de la que por suerte ahora se habla más, así que “una no se siente un sapo de otro pozo”. Hablan de los hijos que se van a estudiar a Córdoba o que viajan a Europa y vuelven, o no. Eso, dice Jimena, “también significa una parte de duelo”.
Y hablan de los padres. “Los papás se nos están yendo”, dice Jimena. “Se te va el techo. Y ojo, ya somos el escalón que sigue”.
Carla tiene cuatro hijos de 31, 26, 19 y 16 años. Uno vive entre Argentina y España. Lo dice con humor: “Cada vez nos volvemos, por suerte, más innecesarias. Y es todo un trabajo”. Por eso el viaje tuvo otro valor: “Después de habernos organizado, de haber criado hijos, nos damos este permiso”.
Dejaron maridos, parejas, hijos, trabajos. Algunas dejaron padres que dependen de ellas. Y en Bariloche se soltaron: “Nos olvidamos de la dieta, de lo que está permitido, de la nutricionista”, dice Carla. “Fuimos libres. Y en esa libertad creo que se basa nuestra amistad”.
Tres palabras frente al lago que las marcaron para siempre
El último día fueron a Colonia Suiza. En un puesto, una vio unas pulseras: “Che, esto del hilo rojo y el tercer ojo“, el símbolo de la intuición. Compraron una para cada una. No lo habían planeado.
Esa tarde, antes de volver, dos de las chicas bajaron al lago. Levantaron la vista y vieron un arcoíris enorme, después de cuatro días de lluvia. “Yo no te puedo explicar lo que era esa imagen”, dice Jimena, con la mirada emocionada.
Le pidieron a Carla que hablara: es instructora de yoga y meditación, y “te habrás dado cuenta por qué me eligieron a mí”, dice. A la orilla del lago, cada una con una copa, propuso que todas dijeran tres palabras. Las suyas fueron conciencia, agradecimiento y privilegio. Conciencia de haber compartido toda una vida y de estar todas ahí. Agradecimiento por ese momento. Y privilegio, porque “es un privilegio tenernos”.
Brindaron y se pusieron las pulseras unas a otras. “Fue el cierre”, dice Jimena, “como si fuera el último fogón de un campamento”. El hilo rojo, explica, “se va a estirar, pero nunca se va a cortar. Como el vínculo”.
A los 40 se habían regalado pulseras de plata. A los 50, un hilo rojo.
Tal vez la amistad sea eso: no un lugar donde quedarse, sino un lugar al que volver. Volvieron a Pergamino después de estudiar afuera. Volvieron a Bariloche treinta y dos años después del viaje de egresadas. Volvieron, durante cuatro días de lluvia, a ser las chicas que jugaban en pijama.
En el medio hubo partos, mudanzas, separaciones, padres que se fueron e hijos que se están yendo. La vida llevó a cada una por su lado, y cada vez que alguna necesitó volver, el grupo seguía ahí. Es la amiga que te dice que mires antes de cruzar. Es poner un cachito más para que no se quede afuera la que no llega. Es una mano en el avión.
Frente al lago, Carla eligió una idea para resumirlo: “Darnos el permiso de volver a ser quienes fuimos”.

El lunes, de vuelta a la rutina
El vuelo de vuelta estaba programado para las nueve y cuarto del domingo y salió pasada la una de la mañana. Mientras esperaban, jugaron al Tutti Frutti.
Silvina llegó a su casa a las seis de la mañana. A las ocho tenía una reunión y a las nueve, la primera audiencia del día. Se bañó, se tomó “un litro de café” y se fue a trabajar. “Llegué con una sonrisa de oreja a oreja y no se me borró en toda la mañana”, cuenta. “Sarna con gusto no pica”. Otra de las chicas tuvo que viajar a Rojas, donde trabaja.
Ese lunes volvieron a ser lo que son el resto del año: Lidia, psicóloga. Paola, directora de jardín. Fernanda, secretaria. Cecilia, jubilada de la policía. Melina, ama de casa. Maira y Susana, comerciantes. Débora, licenciada en agronegocios. Silvina, abogada. Carla, instructora de yoga. Jimena, emprendedora: hace bolsos, tote bags y sets materos.

Mientras esperaban el embarque en Bariloche, ya estaban buscando el próximo destino: Córdoba, la playa, algún lugar con menos frío. “Agradezco haber encontrado, habiendo venido de afuera, un grupo de contención que pudimos mantener en el tiempo”, dice Jimena. “Si bien vas encontrando nuevas amigas, ese grupo que viene de toda la vida, en donde nos conocemos tanto, es al que te aferras para poder seguir adelante”.
En su mano izquierda tiene puesto el hilo rojo. “Cambiamos de pareja, de trabajo, de casa, de barrio”, había dicho Carla. “Ninguna cambió de grupo de amigas”.
Nota escrita por Candela Incutti y publicada en LA REDACCION



























