Las balizas no habilitan a estacionar en cualquier lugar: una costumbre que complica el tránsito en Pergamino
Uno de los ejemplos más frecuentes se observa en las inmediaciones de escuelas, comercios y establecimientos públicos, especialmente en los horarios de mayor movimiento.

En el tránsito cotidiano de Pergamino existe una práctica que se repite prácticamente a diario y que, pese a estar naturalizada entre muchos conductores, puede generar inconvenientes y situaciones de riesgo: el uso de las balizas para detener o estacionar los vehículos en lugares donde esa maniobra no está permitida.
La escena es habitual en distintos sectores de la ciudad. Un automóvil se detiene en doble fila, ocupa momentáneamente una parada de colectivos, bloquea una entrada de vehículos o se ubica en una zona destinada a carga y descarga. En muchos casos, el conductor enciende las balizas y continúa con la actividad que motivó la detención, como si esa señal lumínica transformara automáticamente el lugar en un espacio habilitado para estacionar.
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Sin embargo, las balizas tienen otra función. Su utilización está destinada a advertir a los demás usuarios de la vía sobre una situación que requiere especial atención, pero no constituye una autorización para detenerse o estacionar donde las normas de tránsito lo prohíben. La diferencia puede parecer menor, aunque en la circulación diaria de Pergamino termina teniendo consecuencias concretas.
En todos lados
Uno de los ejemplos más frecuentes se observa en las inmediaciones de escuelas, comercios y establecimientos públicos, especialmente en los horarios de mayor movimiento. Vehículos que se detienen en doble fila para dejar o retirar personas suelen mantener las balizas encendidas durante varios minutos. La maniobra puede comenzar como una detención breve, pero cuando se prolonga termina ocupando parte de la calzada y obliga a quienes circulan detrás a reducir la velocidad, cambiar de carril o avanzar por espacios que no estaban destinados a esa circulación.
El problema se vuelve todavía más evidente en calles de alto tránsito, donde una segunda fila de vehículos reduce considerablemente el espacio disponible. Si además coinciden varios automóviles detenidos en el mismo sector, la circulación comienza a resentirse y pueden producirse demoras, embotellamientos y maniobras imprevistas.
La situación también se repite frente a las paradas de colectivos. En esos casos, un vehículo particular detenido con las balizas encendidas puede impedir que el transporte público se acerque correctamente al cordón, obligando a los pasajeros a subir o bajar sobre la calzada. Una práctica que para el conductor puede representar apenas unos minutos de espera termina afectando a un conjunto mucho mayor de usuarios.
Algo similar ocurre en los sectores reservados para carga y descarga. La presencia de vehículos particulares que ocupan esos espacios, aunque sea durante un período breve y con las balizas activadas, dificulta las tareas de los comercios y puede provocar que los vehículos autorizados deban detenerse en lugares que tampoco resultan adecuados.
Uno de los casos que mayor atención requiere es el de los espacios reservados para personas con discapacidad. Allí no existe una excepción basada en la supuesta brevedad de la detención ni en el encendido de las balizas. Son lugares específicamente destinados a garantizar el acceso y la movilidad de quienes necesitan esas plazas, por lo que su ocupación indebida representa un problema que excede la cuestión de la circulación.
Una mala costumbre
En Pergamino, como ocurre en muchas otras ciudades, la costumbre de utilizar las balizas como una suerte de permiso informal para detenerse en cualquier lugar forma parte de determinadas conductas que se incorporaron al tránsito cotidiano. El argumento suele ser conocido: “son solo unos minutos”. Pero esos minutos, multiplicados por cientos de situaciones similares a lo largo de una jornada, terminan teniendo impacto sobre la circulación general.
La confusión también puede estar vinculada con la propia interpretación de las balizas. Al encenderlas, algunos conductores consideran que están avisando a los demás que su presencia será momentánea y que, por lo tanto, la maniobra queda justificada. En realidad, la señal no modifica las condiciones del lugar ni convierte una prohibición en una autorización.
La cuestión adquiere mayor relevancia en una ciudad donde el parque automotor y el movimiento diario generan una presión cada vez mayor sobre las calles céntricas y sobre las principales avenidas. En determinados horarios, unos pocos vehículos detenidos de manera irregular pueden ser suficientes para alterar el ritmo de circulación de toda una cuadra.
Por eso, más allá de los controles y de las eventuales sanciones que puedan aplicarse, el cumplimiento de las normas también depende de modificar determinadas costumbres incorporadas por los propios conductores. El uso correcto de las balizas forma parte de esa responsabilidad.
Detenerse para dejar a una persona, retirar un pedido, realizar una compra o esperar a alguien no transforma automáticamente el lugar en un espacio permitido para estacionar. Y encender las balizas tampoco funciona como una excepción a las reglas de tránsito.
En una ciudad como Pergamino, donde buena parte de los desplazamientos cotidianos se realizan en automóvil, respetar los espacios de estacionamiento, las paradas de colectivos, las zonas de carga y descarga, los accesos vehiculares y los lugares reservados para personas con discapacidad contribuye directamente a mantener una circulación más ordenada.
La cuestión, en definitiva, no pasa solamente por evitar una infracción. También se trata de entender que una detención aparentemente inofensiva puede afectar a quienes circulan detrás, al transporte público, a peatones y a otros conductores. Las balizas pueden advertir una situación, pero no convierten una maniobra prohibida en una maniobra permitida.



















