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Enrique “Quique” Marconato: un hacedor del deporte, dueño de una inmensa trayectoria

Fue entrenador de básquet en Douglas Haig y alcanzó logros deportivos importantes. También fue ‘profe’ de educación física en varias instituciones. Aunque la vida lo llevó a seguir escribiendo su historia en otra ciudad, jamás descuidó sus lazos con este lugar.

09 de agosto de 2026 a las 07:18 a. m.
Enrique “Quique” Marconato: un hacedor del deporte, dueño de una inmensa trayectoria
Enrique “Quique” Marconato, una vida dedicada a la formación deportiva. (LA OPINION)

Carlos Enrique Marconato “Quique” tiene 70 años y fue un gran entrenador de básquet y de fútbol. Sus profesiones fueron la Educación Física y el deporte, y más allá de los logros alcanzados, su mayor aporte, quizás fue su concepción de la educación deportiva.

Nació y se desarrolló profesionalmente en Pergamino, hasta que se estableció en Salto. Sin embargo, jamás abandonó su relación con ésta, su ciudad. No solo viene a menudo, sino que mantiene vínculos afectivos que ponen de manifiesto que es de las personas que jamás olvida sus raíces.

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Al trazar su Perfil Pergaminense, el diálogo está colmado de postales de ese Pergamino que añora: “Vivíamos en Pinto y Moreno, a la vuelta del Club Sirio Libanés, junto a mis padres Ricardo y Mercedes; y mis hermanos, Gustavo y Marcela”.

“Mi viejo tenía una empresa de máquinas para construcción que funcionaba en calle Pico 144. Y mi mamá era ama de casa”, describe y cuenta que hizo la primaria en el Colegio Normal y el secundario en el Instituto Comercial Rancagua.

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“Tuve la desgracia de perder a mi mamá cuando yo tenía 11 años”, refiere reconociendo que ese hecho generó en él y en sus hermanos uno de esos dolores que nunca sanan del todo. “Ella enfermó de leucemia y fue fulminante. Murió a los 36 años, así que nos quedamos con mi papá. Gustavo tenía 12, yo, 11 y mi hermana, 7”, recuerda y comenta que su hermana quedó al cuidado de una tía y su abuela; y ellos, los varones, permanecieron en la casa del centro hasta que decidieron mudarse al barrio Acevedo, con su papá.

“Con la mudanza nació mi relación con el Club Douglas”, resalta rescatando el lugar que los clubes siempre tuvieron en su historia. “En Douglas jugué al básquet desde los 14 hasta los 18 años. Era el base de una división en la que jugaban Rolandelli, Rosti, Penares, Lizzi y Vitelli. Quien me entusiasmó para sumarme fue el profesor Rubén Salas’.

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Su paso por Rancagua

Con profunda gratitud relata sus épocas de secundaria. “Yo buscaba una orientación contable y en el Comercial no había cupo, así que me inscribí en Rancagua, pensando que iba a ser algo temporario, pero finalmente me quedé en el Instituto Comercial. Me hizo muy bien ir ahí. Ante la falta de mi madre, encontré en el Colegio una contención que siempre valoro”, destaca y menciona al director, Carlos Comité, a quien define como “un hombre inmenso en todos los sentidos, alguien a quien le gustaba el básquet como a mí”.

“Con él y con su esposa Nora Taylor compartimos hasta campamentos, en ellos siempre encontré buenos ejemplos, además de consejos que jamás olvido”, agrega, señalando que con el paso del tiempo tuvo el honor de ser profesor en ese colegio.

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“Siendo alumnos, construimos la cancha de básquet que tiene actualmente el colegio. En la fábrica de mi viejo se hicieron todos los protectores para las ventanas, para que los pelotazos no pegaran en los vidrios. También las jirafas para colgar los tableros”, recuerda, recordando a cada uno de los 21 compañeros de esa promoción.

Una vocación temprana

Se fue a estudiar el profesorado de Educación Física a La Plata. “Siempre supe que quería ‘ser profe’. En el club Sirio Libanés, el profesor Walter Rauch, un fenómeno, me ponía como monitor de los chicos más chiquitos. Creo que ahí nació mi vocación. También tuve un tío hermano de mi mamá, que era dirigente del Club Juventud y siempre me inculcó ese amor por el deporte y las instituciones”, relata.

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Recibido de profesor de Educación Física regresó a Pergamino y comenzó a trabajar. “Mi papá me había anotado en la Escuela N°17 y en la Escuela N° 42. Mi pretensión era tomar una escuela del centro porque quería empezar a trabajar en Douglas, pero como no me llamaron en ese momento, me incorporé al Instituto Davreux, cuando se inauguró”.

“Estaban Irma Ferramondo, Pascual Médici, la doctora Parmentier, Graciela y Liliana Davreux y el esposo de una de ellas, Guillermo Calcagno. Hasta hoy, cada vez que paso y veo lo que ha crecido ese lugar, me emociono profundamente”, resalta.

El servicio militar

Un capítulo aparte en su biografía es el del servicio militar. Lo hizo en Paso de los Libres. “Empecé como soldado y me ascendieron a subteniente, estuve durante 18 meses. Recibí la baja el 1° de abril y comenzó la Guerra de Malvinas, pero por mí condición sabía que tenía que ir al Grupo Artillería 3 en Paso de los Libres. Ahí tenía una misión tremenda que era recibir a los chicos que fallecían, colocarles la chapita y mandarlos a destino. Fue una experiencia que me marcó. Hace poco, me encontré con Martín Balza y cuando me presenté ante él y le mencioné el Grupo, enseguida me abrazó y compartimos una charla muy conmovedora”.

Douglas, un gran capítulo de su historia

“Quique” comenzó a trabajar en el Club Douglas Haig en 1982, en básquet. “Siempre había sido mi deporte, fui jugador, árbitro, planillero, relojero. Y cuando me incorporé laboralmente a la vida del club lo hice como entrenador, había hecho el curso en el Cenard”, cuenta. Y recrea que, pasada la época de los americanos, el Club afrontaba algunas dificultades: “No había ni chicos, ni ropa, ni tableros, y para tener agua caliente teníamos que buscar leña a la carpintería de Salerno para hacer andar la caldera”.

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En tres años, fruto de mucho esfuerzo, logró que el club tuviera armadas dos categorías de cada división. “Había chicos y grandes, gente de todas las edades, entrenando y jugando. Llegamos a armar todas las divisiones, hasta juveniles, la segunda y la primera, con algunos chicos del Club y con otros jugadores que me vinieron a dar una mano, como Pedro Petro y ‘el gato’ Musso”.

“Fue una etapa hermosa, vivía en el Club. Y en paralelo era profesor de Educación Física en la Escuela N° 4. Llené el Club de chicos que iban a esa escuela”, menciona y precisa que en 1983 pudo ser parte de la inauguración de la pileta del Club. “Era profe de natación, empezamos con muy poquitos chicos, recuerdo que la pileta era inmensa, y los árboles tan pequeños que ni sombra había. En el año 1990, cuando dejé el Club, terminé esa temporada con mil abonos en la pileta”.

“En un momento, Miguel Ignomiriello me propuso asumir como coordinador de fútbol, pero no acepté, siempre sentí que mi aporte había sido y era el básquet”, refiere y recuerda que, gracias a Miguel Morales, presidente de Douglas Haig, pudo acceder al crédito con el que compró su primer departamento. “Como no voy a estar infinitamente agradecido”, destaca. “Durante 10 años, también trabajé en la Escuela de Educación Especial N° 503, una institución que respeto profundamente”, comenta.

Un cambio de vida

En 1985 se casó con Graciela Feo, oriunda de Salto. “Habíamos ido a participar de un intercolegial y nos vimos. Una gran amiga, Lili Cianciarullo, me la presentó y desde entonces, estamos juntos”, relata.  

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Durante seis años vivieron en Pergamino. Ella era vicedirectora de un jardín de infantes y su familia tenía un comercio en Salto, Casa Feo. “Cuando mi suegro se enfermó, me invitaron a mudarme. No fue una decisión fácil, porque sentía que dejaba todo, pero enseguida me incorporé al Club Defensores y eso me ayudó mucho”.

“Comencé como entrenador de fútbol en 1991. Cianciarullo, Testa y mi cuñado, Daniel Feo, me convocaron por un año, y al final me quedé 25”, refiere, recordando que se recibió como técnico de fútbol en la Escuela de Raúl Conti. “Estando en el Club logramos ascender y ganamos dieciséis campeonatos y once de la sub 23”.

“En Salto también trabajé en la Escuela N° 6, hoy estoy jubilado y del Club me retiré en 2017”, señala recordando innumerables anécdotas no solo del fútbol, sino de las colonias que llegaron a tener más de 400 chicos.

El presente y las prioridades

“Cuando dejé el Club, Feliciano Testa me convocó para trabajar en la agencia Gaspari- Testa, mi actividad desde entonces”, refiere. Y confiesa que lo han llamado para volver al deporte: “Pampa me convocó para darles una mano en el básquet y en Defensores siempre me tientan, pero ya no. Quiero un fin de semana para visitar a mi hijo; para ir a Pergamino a ver a mis hermanos; y para estar con mi nieta”.

Enrique es papá de dos hijos: Laura que es contadora, está casada con Ignacio Ciraco y tienen a Sofía de 9 años. E Ignacio, que es abogado y psicólogo y ejerce ambas profesiones en Buenos Aires, además de ser docente universitario.

“Mi familia es la principal recompensa y el motor”, recalca y la mirada se le ilumina. En su universo afectivo también ocupan un lugar vital los amigos. “Hace unos días en Pergamino jugadores a los que entrené y algunos compañeros me organizaron un encuentro. Armaron un grupo y me invitaron a compartir un momento hermoso lleno de recuerdos y anécdotas”, comenta.

Un hacedor de las cosas

En lo deportivo y en lo personal, “Quique” es un verdadero hacedor de las cosas. Formar deportistas ha sido su mayor honor. Más allá de los torneos ganados, lo que queda en su haber es la dicha de haber cosechado reconocimientos genuinos: “El año que me mudé, recibí de manos de ‘Chichino’ Ayestarán el premio al ‘hacedor deportivo’ que otorgaba el Diario LA OPINION”.

“Y, en lo personal, aún conservo la carta que me dedicó el abuelo de uno de los chicos que dirigí”, destaca, y sobre el final, con humildad, muestra ese escrito, que en uno de sus párrafos expresa: “Los niños de hoy- hombres del mañana- llevarán de usted la imagen querida de un profesor probo y cabal. Mi deseo es que siempre lleve por norte lo que usted ha creado. Gracias en nombre de los padres de los niños que dirige, en mi caso, de abuelo. Siga en ese camino, amigo. Los lauros se obtienen y lucen a través de lo que es innegable, la razón del deber cumplido”. Fechada el 16 de junio de 1990, esa carta abierta que “Quique” guarda como un tesoro, es la síntesis de una trayectoria, y por lejos, la mejor recompensa.

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