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Rossana Passaglia: una vida dedicada a comprender y acompañar a los demás

Fue médica del sistema de atención primaria de la salud al que vio expandirse. Abrazó su profesión desde la convicción de que el trabajo médico debe ser ante todo una tarea humanizada y jamás traicionó esa certeza.

19 de julio de 2026 a las 07:18 a. m.
Rossana Passaglia: una vida dedicada a comprender y acompañar a los demás
Rossana Passaglia, una charla sobre su mirada de la medicina y de la vida.

Hay profesiones que pueden ejercerse de muchas maneras y la medicina no es la excepción a esta regla. Rossana Nora Passaglia siempre tuvo claro cómo quería vivir su profesión, concebía la medicina como una tarea humanizada, respetuosa del otro y la ejerció desde esa convicción.

Trabajó en atención primaria de la salud durante muchísimos años e hizo de ese ámbito el lugar que le permitió desplegar no solo su conocimiento, sino experimentar una forma de entender el cuidado como algo siempre cercano a la realidad del otro.

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Escuchar, comprender, alojar y desde allí cuidar la salud o curar una enfermedad, fueron su consigna. Y, con el paso del tiempo, los pilares que sostuvieron su actividad profesional.

Ya retirada hace algunos años, sigue sintiendo amor por su profesión y una profunda gratitud hacia sus pacientes y compañeros de camino. Hoy disfruta de otra etapa de la vida, ocupando su tiempo con aquellas cosas que algunas veces quedan relegadas en la vorágine de la dinámica laboral.

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“Me jubilé en 2018, es decir que hace varios años que ya no trabajo, sin embargo, siempre hay algo del contacto diario con los pacientes que se extraña, aunque con varios de ellos sigo en contacto”, refiere en el comienzo de la entrevista que se desarrolla en la intimidad de su hogar, allí donde pasa buena parte del tiempo.

Al trazar su Perfil, lo primero que aparece son las referencias a su núcleo familiar primario y su infancia. Cuenta que nació circunstancialmente en Venado Tuerto, ciudad de donde era oriunda su mamá, Nora Leontina "Tita". Sin embargo, toda su vida transcurrió en Pergamino.

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Su padre, Víctor José "Chocho", era escribano de profesión, aunque desarrolló toda su carrera como secretario del Tribunal de Trabajo. “Mi mamá fue maestra rural durante algún tiempo y después ya se abocó a nosotros. Soy la mayor y tengo dos hermanos José Alberto, ‘Beto’, y Mariela”, comenta.

Cursó sus primeros años en el Colegio Normal y luego continuó en el Colegio Nuestra Señora del Huerto. Conserva intactos los recuerdos de aquella etapa, igual que de su niñez y adolescencia. “La vida era muy tranquila, crecí en una familia que me dio mucho cariño, me marcó el camino de la responsabilidad y me brindó las herramientas que me mostraron cuál era el modo correcto de obrar frente a las cosas”, resalta.

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“También de mi adolescencia guardo hermosos recuerdos, tengo amistades que perduran hasta el día de hoy. Hace poco celebramos los 50 años de egresadas y con varias compañeras nos seguimos viendo”, refiere en la calidez de una charla rica en anécdotas.

Al terminar el secundario comenzó sus estudios universitarios. Ya había conocido al que es su esposo: Eduardo Pettinari. “Nos fuimos a estudiar a Rosario, él arquitectura y yo medicina. Cuando nos recibimos, nos casamos y nos establecimos en Pergamino”.

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“Nos conocimos en Capote, a través de una amiga muy querida, Liliana Turco. Estábamos organizando el viaje de egresados, ella era la representante de nuestro colegio y él, del Industrial. Llevamos juntos más de cincuenta años, toda una vida”, expresa y la mirada se le ilumina cuando menciona la hermosa familia que conformaron.

“Tenemos tres hijos, Estefanía, médica gineco- obstetra; Eduardo, es contador y está en pareja con Florencia; y Juan Ignacio es ingeniero en Informática, y está en pareja con Giuliana”, describe y enseguida habla de sus nietos: Juan Martín, Catalina, Fermín y Amelia.

"Los nietos son el amor infinito, una representación de los hijos, sin la carga de responsabilidad de la crianza”, define asegurando que los disfruta mucho.

Una vocación con sentido social

Al hablar de su profesión, cuenta que la decisión de estudiar Medicina apareció durante los últimos años del secundario, gracias a la doctora Laura Guallart, su profesora de Anatomía. Aunque, mirando hacia atrás, encuentra en la figura de su abuelo y de su mamá, una semilla. Ambos eran personas que siempre se mostraron muy inclinadas hacia el cuidado. Lo refiere con cierta ternura cuando relata: “Mi abuelo en Venado Tuerto se decía ‘curandero’, decía que curaba las verrugas y ciertos dolores, nosotros no tomábamos eso demasiado en serio, pero tenía un don para acompañar en el dolor y aliviar. Y mi mamá amaba la medicina, vivía leyendo cosas y daba indicaciones. Creo que escuché hablar de medicina en casa mucho antes de llegar a la facultad. Quizás en ellos tuve mi primera inspiración”.

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Curiosa por el conocimiento, lo que siempre tuvo claro es que quería ser médica en el contexto de lo social, cerca de los más humildes. No era una idea abstracta, de hecho, sus primeros pasos fueron en una concurrencia ad honorem en el Hospital San José; y más tarde, gracias a una propuesta que recibió del doctor Oscar ‘Cacho’ Bustos, se incorporó al sistema de atención primaria de la salud y desplegó allí casi toda su carrera.

“Siempre agradezco ese ofrecimiento. En ese momento había pocas salas que estaban en los barrios, y éramos cinco o seis médicos. Era difícil llegar, yo iba en colectivo. Atendía un día en cada sala, hasta que con el paso del tiempo la red de atención primaria se fue transformando y expandiendo, y me quedé en dos: la sala ‘Sonia Fernández’ del barrio 25 de Mayo; y la del Barrio Kennedy”.

“Cuando empecé, no había especialidades, hacíamos una medicina comunitaria, que era justamente lo que yo amaba”, recuerda destacando el trato con los pacientes y los vínculos con el equipo de salud y con la propia comunidad.

“Hay muchas personas que recuerdo con afecto, seguramente me voy a olvidar de varias que están en mi corazón, pero no puedo dejar de mencionar a Rosa Toro, Alicia Rímoli, María Elena Giubergia, además de Pety Bardón, una vecina del barrio Kennedy”.

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“Me llevé de la profesión muchos vínculos valiosos y tuve en mi familia un sostén indispensable, Eduardo me apoyó muchísimo”, destaca, mencionando además con mucho cariño y gratitud a su suegra, Norma Chamut y a su tía Elba Grossi.

En el recorrido por su biografía profesional, aparecen en todo momento los pacientes: “La medicina me permitió conocer muchas realidades distintas. Durante años trabajé con familias muy humildes, varios de mis pacientes eran analfabetos, sin embargo, me enseñaron de la vida mucho más de lo que yo pude haber dejado en ellos”.

En paralelo a la atención primaria, tuvo consultorio particular en el Sindicato de Luz y Fuerza. “También conservo de ese lugar muchas relaciones de afecto”, agrega esta mujer que, siempre participó activamente de la vida de la Asociación Médica de Pergamino e integró el consejo del grupo de Medicina Interna.

Una nueva etapa

Cuando llegó el tiempo de jubilarse, asumió esa decisión con aceptación. Para entonces muchas cosas en el terreno de lo sanitario y de lo social habían cambiado. “El paso de los años trajo aparejados algunos cambios y esto también se dio en la relación médico paciente. Yo había trabajado siempre con gente que me colmó de satisfacciones y en la última etapa me costaba ver como se agredía al equipo de salud y se había perdido aquella mirada de respeto que había hacia el médico”, describe.

Abrir caminos

De la mano de su profesión y a raíz de un diagnóstico personal de celiaquía, fue precursora de acciones para favorecer el conocimiento sobre esta enfermedad y sus cuidados.  “Me comprometí mucho, impulsé la llegada a Pergamino del grupo Cela, organicé el consultorio específico en atención primaria y comencé una tarea orientada a informar y a acompañar a la gente. Concurríamos a los restaurantes para asesorarlos, daba charlas y hasta el día de hoy, siempre estoy muy atenta a este tema porque, si bien se han logrado muchos avances, falta mucho todavía”, relata.

Su presente

En la actualidad, lejos de las rutinas del consultorio, su energía está enfocada en otro tipo de actividades. “Me gusta hacer macramé, tomo clases con Mónica Saintjulien. También participo de cursos, en la Unnoba hice varios y pienso retomar. También hago actividad física, amo la danza española, aunque ya no la practico, solo de vez en cuando toco las castañuelas”, cuenta.

“Aunque me gusta el contacto con las personas, no tengo una vida social demasiado activa, prefiero estar en mi casa, en familia. Amo el jardín, las plantas y viajar”, añade en un relato que se introduce en ese universo de intimidad en el que aflora lo esencial de la vida.

Amiga de sus amigas, menciona entre ellas a Daniela, Adriana Rizzuti. También Nancy, Alicia, Judith; y Laura (que falleció hace un tiempo, y con quien compartió su vida universitaria). Se siente agradecida y vive sin urgencias. “Viajar es uno de los proyectos más lindos que tenemos con Eduardo para la vejez”, confiesa anhelando que ese tiempo la encuentre acompañada por su familia que es para ella “lo más importante”.

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La sensibilidad intacta

Sobre el final, cuando la pregunta la interroga sobre las enseñanzas que le dejó la medicina, no habla de logros ni reconocimientos. Destaca el trato con los pacientes, la cercanía. En el terreno personal, sucede lo mismo. Sin estridencias, sus apreciaciones resaltan la profundidad y sanidad de sus afectos.

Escucharla en su sencillez es rescatar la certeza de que ningún camino puede recorrerse sin humanidad. “Hay que comprender al otro, ver qué le está pasando y tratar de acompañarlo siempre”, concluye, con la convicción de quien ha hecho de esa premisa, una consigna para la profesión y para la vida.

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