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Andrea García Parra: un recorrido fiel a su mirada sobre la vida

Es socióloga y quizás su formación o su personalidad le han dado herramientas para nutrir de convicciones su historia laboral y personal. Durante 26 años trabajó en la Municipalidad, antes, en el Ministerio de Defensa. Acompañó a su familia en diversos emprendimientos.

12 de julio de 2026 a las 07:18 a. m.
Andrea García Parra: un recorrido fiel a su mirada sobre la vida
Andrea García Parra, en la intimidad de su casa, recibió a LA OPINION.

Casi siempre la profesión que uno elige predetermina un modo de concebir la vida y moldea la manera en que las personas se posicionan frente a la construcción de su realidad. Andrea García Parra es socióloga y aunque no ha ejercido de manera constante, esa formación ha atravesado todo lo que ha hecho en lo laboral y lo personal. “La sociología te da un modo de mirar, te abre la cabeza de manera tal que atraviesa aquello que haces y te ayuda a entender la realidad y tu propia historia desde otra perspectiva. A veces parece que estás en contra de todo, y eso supone dificultades, pero es una formación que te enseña a interpelarte siempre”, señala en el comienzo de una charla en la que traza su Perfil Pergaminense. Tiene 61 años y la excusa de la entrevista es que acaba de jubilarse. Trabajó durante casi 26 años en la Municipalidad de Pergamino y antes, durante 11, en el Ministerio de Defensa de la Nación.

Nació en Rosario, donde vivían sus padres mientras estudiaban, pero estuvo allí apenas tres meses, hasta que ellos se establecieron nuevamente en Pergamino. Es hija de Alberto García Parra y “Felicita” Paterlini; y hermana de Jose (58), casado con Gabriela; y Luis (55), casado con María José; y tía de cuatro sobrinos.

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“Cuando era chica vivíamos en un departamento en calle 11 de Setiembre, al lado de la familia Annan, después nos mudamos a una casa en Moreno, entre Florida y 11 de Setiembre. Guardo hermosos recuerdos de mi infancia, jugábamos en la calle y nuestra segunda casa era el Club Gimnasia”, señala. Y agrega: “Para la gente de mi generación los clubes eran el espacio no solo del deporte sino de la vida social y los amigos”.

“En el club jugaba al tenis, al vóley, hacía destreza y participaba de colonias y campamentos. Vivíamos en el club y de hecho si me portaba mal la penitencia de mis padres era no dejarme ir”, recuerda resaltando la importancia que ese sentido de pertenencia tuvo en su capacidad de estrechar lazos perdurables.

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 Fue al Colegio Normal, desde jardín hasta quinto año. “Tuve docentes que me enseñaron mucho y compañeras que son mis amigas de toda la vida”, refiere.

Al hablar de su adolescencia, recuerda su paso por Interact, un grupo juvenil del Rotary, que le permitió desplegar una tarea social, cuando para muchos jóvenes de su generación era imposible participar en política, debido a los tiempos que habían alejado al país de la democracia.

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También recrea las primeras salidas a Corcho´s, Old Pub, el Café de la Esquina y las tardes en la Plaza Merced. “Para ir a bailar tenías que tener 18 años, y el lugar más emblemático era Fedra”, menciona.

Su vida universitaria

Siempre pensó que iba a estudiar Educación Física, sin embargo, su paso por el colegio secundario, la inspiración de docentes como Graciela Soto Santi, Raquel Viglierchio o Morita Fiorito, fueron despertando en ella otros intereses. “Comenzó a interesarme la psicología, la filosofía y la política. Fue entonces que me incliné por el Derecho, carrera que inicié a comienzos de 1983. Las asignaturas básicas me encantaron, pero cuando comenzaron a aparecer los contenidos propios de la carrera, descubrí que no era lo mío y dejé. En 1985 me inscribí al CBC y comencé Sociología”, relata.

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Su paso por la universidad pública se dio en la transición del proceso militar a la democracia. “Mis profesores de Derecho eran docentes del proceso, enquistados en el sistema; y los de Sociología, profesionales venidos del exilio. Fue una experiencia transformadora que me abrió la cabeza para siempre”.

Estudiar, trabajar y armar su familia

Estudiando, comenzó a trabajar en el Ministerio de Defensa. “Estaba en la sala de Prensa, fue una experiencia hermosa, de contacto diario con periodistas de distintos medios de comunicación”, cuenta.

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En paralelo conformó su familia. Conocía a Bernardo Draghi desde siempre, habían sido novios en la adolescencia y se habían reencontrado a los 21 años, un fin de semana en Pergamino. El estudiaba Economía en La Plata. “Retomamos nuestra relación, nos casamos y llegaron los chicos: Agustín (35) y Facundo (31)”, señala recreando tiempos en los que trabajo, estudio y maternidad convivían.

“En un momento Bernardo dejó de viajar a La Plata, rendir libre se hacía dificultoso, así que se inscribió en la Universidad de El Salvador donde terminó su carrera y además incursionó en la docencia universitaria”, cuenta y refiere que en el presente su esposo es docente de la Unnoba.

“En el año 2000 decidimos regresar a Pergamino. Siempre habíamos dicho que cuando nos recibiéramos nos íbamos a ir de Buenos Aires. Mar del Plata estaba entre nuestras opciones, pero privilegiamos nuestro pago, porque acá estaba nuestra gente, mis viejos y también mi suegra, Teresa Petinari, un ejemplo de mujer, pura nobleza y sencillez, a quien hasta el día de hoy extraño”.

La Municipalidad

Ya establecidos, Andrea comenzó a trabajar en la Municipalidad. “La primera experiencia fue en la secretaría Privada, durante la gestión de ‘Cachi’ Gutiérrez, desde ese lugar conocí todo el Municipio. Después trabajé en la Secretaría de Gobierno, otro espacio que me enseño mucho. Más tarde me aboqué al armado del tema de capacitación para empleados municipales, trabajábamos con el Instituto Provincial de Administración Pública, me nutrí de conocimientos valiosos”.

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“Luego estuve en el edificio Azul, en el Instituto de Formación Municipal y durante los últimos tres años en el Museo. Cuando llegué, me dije ‘cómo no vine antes’. El Museo es un espacio que sentí mío desde el primer momento y lo compartí con un equipo de trabajo excelente”, destaca sintetizando su historia laboral.

Una familia emprendedora

A la par de su trabajo, Andrea siempre acompañó a los suyos en sus proyectos y los hizo propios. “Cuando llegamos, Bernardo armó la fábrica de helados, que hoy sigue funcionando. Luego vino la fábrica de cerveza artesanal que armamos cuando Agustín ya se había se había recibido de ingeniero químico. Montamos la fábrica y una cervecería que funcionó en avenida de Mayo. Era como un hijo más para nosotros y llevamos adelante ese emprendimiento hasta que las condiciones económicas del país cambiaron y tomamos la decisión de cerrar, meses antes de la pandemia”, comenta.

Los hijos lejos

En el plano familiar, primero fue su hijo mayor el que tomó la decisión de irse al exterior. “Agustín se fue a Londres y más tarde a Escocia y otros lugares, y hoy, en pareja con Victoria, que es venezolana, está en el sur de Francia”.

“Facundo se recibió de licenciado en Kinesiología en Rosario, y se fue a Barcelona para especializarse en Osteopatía. La carrera ese año no se abrió y comenzó a viajar y a trabajar mucho, estuvo en Dinamarca, en Nueva Zelanda y hoy vive en Amsterdam y está de novio con Vivi, que es holandesa”, prosigue, cuando el relato se introduce en su universo más íntimo.

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Con profunda sinceridad reconoce que jamás se imaginó que sus hijos se iban a ir lejos, pero admite que con el paso del tiempo fue aceptando la idea como parte de la experiencia que cada uno de ellos debe vivir y se alegra de saberlos encaminados. “Se te va achicando el mundo cuando tenés a los chicos lejos. Al principio sentí que me arrancaban algo, después comprendí y acepté y hoy, aunque es duro no tener la cotidianeidad, soy feliz de saber que están muy bien, que tienen amigos en todas partes del mundo y que han crecido muchísimo”.

Un tiempo más libre

Acostumbrándose a rutinas que ya no están sujetas a la obligación del trabajo, Andrea admite que la jubilación llegó para cerrar una etapa.

“Tengo ganas de viajar sin fechas tan establecidas para disfrutar de mis hijos, compartir más tiempo con mis padres, y estar con mi familia”, refiere.

“Tengo a mi amiga ‘hermana´ María del Carmen Zamora viviendo en Bolivia, asi que espero poder visitarla más y pasar tiempo con mis amigas de acá que son las del jardín de infantes, y tantas otras que he cosechado a lo largo de la vida”.

“Participo de un taller literario, un espacio que comparto con personas de distintos países y que me ha conectado con la discusión filosófica y la literatura. Me gusta mucho leer y escribir y seguro podré abocarme a eso”, agrega.

En el terreno de las asignaturas pendientes no aparecen demasiadas cosas, quizás haberse dedicado a la política o a la docencia. “Pero reconozco que mi fobia a sentirme expuesta, me ha condicionado en ese aspecto. A veces me critico por eso, pero tampoco me arrepiento. Tuve un buen camino laboral, supe sortear las adversidades y ayudé a cada persona desde mi lugar”, reflexiona, definiéndose como “una mujer agradecida que ama la sencillez”.

“Vivo agradeciendo y en los tiempos que corren me siento afortunada.  Con Bernardo somos muy compañeros, él ha sido y es mi cable a tierra, y siempre hemos estado en armonía”, resalta.

Y cuando la reflexión la lleva a fantasear con el paso del tiempo, imagina su vejez con autonomía, viajando, cerca de los suyos, sabiéndolos felices. “Solo espero que me acompañe la salud. Soy de las personas que creen que nunca hay que perder la fortaleza mental, el espíritu joven y cierta rebeldía, eso siempre te impulsa a ir por nuevos proyectos”, concluye en una apreciación que simplemente la retrata en su esencia.

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