Juan José “Manzana” Loreto, el viajante que hizo de los buenos vínculos la mayor recompensa de su camino
Durante muchos años fue vendedor para empresas semilleras. Esa actividad lo llevó a recorrer distintas geografías. En cada una de ellas con su amabilidad, cosechó relaciones valiosas y se nutrió de muchas experiencias.

Juan José Loreto nació en Pergamino y vivió su infancia en el barrio Trocha. Hijo de ferroviarios, creció en el seno de una familia integrada por su papá, Hugo, ferroviario del Ferrocarril Belgrano, su mamá, Santa, ama de casa y su hermano Hugo Héctor (ya fallecido).
“Todo el mundo me conoce por mi apodo ‘Manzana’ y cuando las personas me preguntan el motivo de ese sobrenombre, yo bromeo diciendo que me llaman así porque ‘soy la gran tentación’”, afirma y sonríe con una expresión de picardía que lo vuelve un poco niño. Es desde la niñez que conserva su apodo y se identifica con él. “Surgió de chicos, en el barrio. Los vecinos se sentaban en la vereda a conversar. Un día Osvaldo Ricci salió de su casa comiendo una manzana, yo le dije ‘qué manzana’ y me respondió: ‘si, manzana como vos’ y ahí me quedó el sobrenombre grabado para siempre”, relata y comenta que de adulto incluso en su vida laboral varios de sus clientes pensaban que ese era su apellido.
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El trabajo bancario como pilar para la construcción de su destino

“Cosas que pasaban antes en el vínculo entre las personas, siempre cercano, amable, como era nuestra vida de chicos y de barrio”, resalta. “Yo tenía muy buena relación con mi hermano, él era mayor que yo cuatro años, y era un referente para mí. Nunca me aburría con él, a la gente le llamaba la atención el modo en que nos llevábamos, siempre andábamos juntos”, destaca.
Conserva hermosos recuerdos de su infancia y de su juventud. Fue a la Escuela N°6. “Vivía a una cuadra, vivíamos en Rocha y San Juan. Hice hasta sexto grado allí. Y al terminar, la decisión era estudiar o trabajar y yo elegí salir a ganar mi propio dinero trabajando”, refiere.
Su vida laboral se inició tempranamente. “Fui cadete en la sedería Pieles Domingo, ahí estuve dos o tres años, me dedicaba a hacer mandados, limpiaba los vidrios. Era chico, y me gustaba, la figura del cadete era muy común en ese tiempo”, relata.
Luego ingresó a Delmas Pergamino, una concesionaria de autos, cuyo propietario era de Salto. “La empresa tuvo algunos problemas, así que cuando cerró yo me fui al servicio militar”, precisa. Y cuenta que le tocó “Infantería de Marina”, razón por la cual estuvo bajo bandera durante catorce meses. “Nos incorporamos en La Plata y de ahí nos mandaban a distintos lugares, mi destino fue en el Edificio Libertad, Comando en Jefe de la Armada”, detalla y recrea aquella vivencia, cuando corría el año 1972. “Yo tenía 20 años, el Servicio Militar en ese momento se hacía a esa edad”.
Al salir de “la colimba” estuve un tiempo sin trabajar hasta que mi padre me consiguió un empleo en una empresa que se llamaba Praderas Argentinas, donde yo desplegué buena parte de mi historia laboral. “Estuve trabajando un año haciendo papeles y después pasé al área de ventas como viajante. Comencé a recorrer toda la región”, menciona. Y continúa: “Con el paso del tiempo abrieron una sucursal en Chaco, y durante tres meses estuve establecido allá”.
Su propia familia
Ya trabajando en Praderas Argentinas, Juan José formó su propia familia con Adriana Cittadini, de quien está divorciado hace mucho tiempo, pero con quién mantiene una excelente relación que les permite acompañar a sus hijos. Tienen dos: Nicolás (36), que vive en Rosario, es programador de sistemas y cantante- tiene un conjunto que se llama ‘Caramba’-. Y Marcos (34), que durante un largo tiempo estuvo viajando, escribió un libro con esa experiencia, es periodista deportivo, y vive en Pergamino”.
“Tengo muy buena relación con Adriana y con los chicos. Nosotros nos separamos, pero nunca dejamos de funcionar como una familia. Jamás ella le habló mal de mi a los chicos, ni yo le hablé a ellos mal de ella. Nos queremos y nos respetamos mucho y de hecho compartimos muchas cosas juntos y es importante eso para mí”, destaca y refiere que su universo afectivo se completa con sus sobrinos: Luciano, María Rita y Lucía.
Su tiempo en Bahía Blanca
Estaba de novio con Adriana cuando la empresa abrió una sucursal en Bahía Blanca. “Nos casamos y nos mudamos para allá. A ella le dieron el traslado en su trabajo que era la Uocra”, menciona, recreando seis años y medio de una vida intensa que los llevó no solo a trabajar lejos de casa, sino a constituirse como familia y a insertarse en una sociedad que gracias a algunas amistades que cultivaron les abrió las puertas.
“Estando en Bahía Blanca participé de la vida del Club Bahiense del Norte, donde se inició Manu Ginóbili. Estando en la comisión directiva, tuve ese privilegio de conocer a sus padres, hemos compartido mucho con ellos, siempre recuerdo como lloraba su mamá cuando ‘Manu’ se fue a jugar al exterior”, recuerda.
El regreso a Pergamino
Ya de vuelta en la ciudad, la empresa comenzó a tener dificultades serias y terminó cerrando. Cuando eso sucedió, Juan José fue convocado por otra firma para la cual Praderas Argentinas comercializaba semillas. “Praderas tenía la distribución de Buck Semillas S.A. ellos me vienen a buscar para que yo siguiera trabajando en esta zona, estuve treinta y seis años desempeñándome como vendedor, viajando mucho, hasta el año pasado que ya me retiré”.
“Yo hacía varios años que estaba jubilado, pero seguí viajando. Es un agradecido a su trabajo: “Gracias a mi actividad conozco pueblo por pueblo cada lugar de distintas provincias como La Pampa, Entre Ríos, Santa Fe”, destaca y señala que sus clientes eran cooperativas y semilleros que compraban las semillas originales para multiplicar.
Una nueva etapa
Dejar la actividad laboral significó para “Manzana” un cambio en las rutinas cotidianas. Admite que con el paso de los años comenzó a resultarle un poco más dificultoso el viajar tanto y sintió que era tiempo de iniciar una nueva etapa. “Tengo 73 años y ya era tiempo de parar un poco. Ir hasta Reconquista, estar allá, participar de eventos, charlas, era un ritmo bastante intenso. Ya no estaba para eso, ni para seguir viajando tanto”, refiere.
“Hoy sinceramente estoy jubilado”, destaca y reconoce que ese tiempo libre que se habilita en las personas cuando dejan la actividad que les ocupó buena parte de la vida, le propone otras posibilidades con las que se lleva muy bien. “Voy a nadar a la pileta del Parque Municipal, vengo a ‘Isabella’, el café donde paso algunas de mis mañanas, veo a amigos, voy a ‘Las Bambinas’ donde comparto también una mesa de café. Estoy cerca de mis hijos y disfruto. Vivo solo, me llevo bien con mi soledad, tengo una vida tranquila y ordenada”, sostiene.
De Comunicaciones
Por fuera de la vida laboral Juan José siempre fue parte de la vida del Club Comunicaciones. “Empecé a ir a la pileta en el trencito de la alegría. El club era nuestra segunda casa y nuestro segundo padre era el profesor Basilio González, y esa pertenencia la mantuve siempre”.
“Empecé a ir al Club, no me separé más. Jugué al básquet, primero en la categoría Cebollitas, después en Cadetes y más tarde en la Segunda que participaba en los equipos de Primera, en un club de larga tradición de básquet. Tengo la dicha de poder decir que mis hijos también son de ‘Comunicaciones’ y que también jugaron al básquet en esa institución que llevo en mi corazón”.
Aunque hoy ya no participa de la vida del Club tan activamente, asume que “decir Loreto, es decir Club Comunicaciones”. “Hoy no voy tan a menudo, pero de vez en cuando paso para ver cómo está el Club, sigue siendo como mi segunda casa”, afirma.
Lo esencial
Tanto de su vida profesional como de su universo personal, Juan José rescata sus relaciones, la calidad de los vínculos que supo construir y de lo que le dejó su paso por cada lugar. “Cuando trabajaba mi gran pasatiempo era llegar a un pueblo y acercarme a la estación de cada pueblo, debe ser por mi condición de hijo de ferroviario, pero era como encontrar lo esencial del lugar y ver con agrado que parte de la historia estaba allí”, describe.
“La mayor recompensa que me dejó mi trabajo fueron las relaciones que coseché. La vida del viajante de antes era distinta, las personas eran clientes, pero también, amigos. Te sentías alojado en el lugar al que llegabas, me invitaban a comer a sus casas, era un honor que te abrieran las puertas. Conservo vínculos y disfruté mucho mi trabajo gracias a ese trato que siempre recibí”.
Tengo muchos amigos, en su momento participaba de varias peñas. “El tiempo hoy lo recupero con mi gente. Sé disfrutar, me gusta compartir con amigos”, afirma y reconoce que como no le gusta la discordia en las charlas cotidianas no le gusta hablar de ni de política, ni de religión ni de fútbol. “Eso asegura la sanidad de los vínculos”, marca.
A mano con la vida
Se siente a mano con la vida. Me gusta la vida que tengo y la que tuve. No me quedan cosas pendientes y siento una profunda gratitud por lo que me han legado mis padres: “Gracias a ellos soy la persona que soy hoy, una persona respetable, sana, que tiene amigos. Sinceramente estoy conforme de la vida, y contento de la familia que tengo, de quienes me rodean. No puedo pedirle a la vida nada más”, concluye.






















