Publicidad
Pergamino
La Opinión Online
LO SportsLO Campo
Fúnebres
Perfiles

Diego “Lalo” Pereyra: la pasión por su oficio y el apego a su amado barrio

De la mano de su padre hizo de la zinguería su actividad y la abrazó con dedicación y sapiencia. Hoy, aún en actividad, es de los pocos que quedan en esa tarea que tiene mucho de precisión y de arte. Nació, creció y aún vive en el barrio “San José”, hoy con otra denominación.

23 de agosto de 2026 a las 07:30 a. m.
Diego “Lalo” Pereyra: la pasión por su oficio y el apego a su amado barrio
“Lalo” Pereyra, en la intimidad de su hogar, recibió a LA OPINION para hablar de su oficio y de la vida.

Diego Eduardo Pereyra nació el 9 de julio de 1952 en Pergamino. Creció y vive en el barrio San José, lugar por el que siente un profundo amor, quizás porque esa geografía en su simpleza fue la que configuró su identidad y moldeó su modo de plantarse frente a la vida defendiendo ese sentido de pertenencia.

Ama el barrio y honra esas raíces asociadas a la vecindad y a la cercanía: los amigos, los lugares compartidos, los espacios en torno a los cuales se van constituyendo las historias que perduran. “En este barrio viví toda mi vida”, resalta con orgullo en el inicio de la entrevista en la que delinea su Perfil.

Publicidad

“Todos me conocen por mi apodo, ‘Lalo’, me lo pusieron de chico, y mi nombre, desapareció”, refiere. Enseguida habla de sus padres: Diego y Silvana y de sus hermanas: Susana y Carmen. “Yo fui el único varón y el del medio”, afirma y describe la simpleza de su hogar y las costumbres de su tiempo. “Mi madre fue ama de casa y mi papá tuvo un comercio dedicado a la venta de sanitarios hasta que luego instaló su propio taller y ejerció su oficio de metalúrgico”. Al hablar de su infancia comenta que fue a la Escuela N°22. “Era una casa veja que funcionaba en calle Estrada y después se mudó al actual edificio de la avenida”, menciona.

“Ingresé de 5 años, era el más chico del curso. Recuerdo a mis maestras, aunque no tengo presente sus apellidos. Guardo buenos recuerdos de mi paso por la escuela, y uno no tan agradable que seguramente fue la consecuencia de alguna travesura: hasta el día de hoy tengo grabado el día en que me mandaron a pararme debajo de la campana que estaba al lado de la dirección. La penitencia era esa, estar quieto y callado ahí, donde cuando todos volvían a clase y se cerraban las puertas de los salones no se escuchaba nada, me pegué un susto grande”, relata.

Publicidad

Al terminar la primaria hizo un test vocacional que le señaló cierta inclinación a la actividad contable y por esa razón se inscribió en el Colegio Comercial. “Pero no era lo mío, así que abandoné y me inscribí en el Industrial, y allí estudié en el turno vespertino, y en paralelo a los 13 años comencé a trabajar en el taller con mi viejo. Y después que terminé la escuela hice varios cursos más, siempre vinculados a lo mío”.

Huella y camino

Fue de su padre de quien tomó el oficio: la zinguería y el trabajo metalúrgico fueron su camino desde que comenzó a trabajar. Abonó esa huella que había marcado su padre, para trazar su propio camino con dedicación y sapiencia. “Hasta los 18 años trabajé con mi viejo y recién a esa edad, siempre en el taller, comencé a tener mis propios clientes. Fue mi papá quien me enseñó el oficio, el saber hacer, lo aprendí con él”, sostiene agradecido.

Publicidad

“En esa época estaban de moda los tinglados, había un fabricante en Rafael Obligado, nos contrató para hacer canaletas de grandes estructuras. Miles de canaletas hicimos en el taller”, abunda recreando distintos momentos de su vida laboral que siempre fue de manera independiente. “Después fue el tiempo de los calefactores a kerosene, hacíamos tanques, fabricábamos para Pergamino y para otros lugares, a través de Otegui”.

“También trabajamos para Antonio Chamena, que era contemporáneo de mi papá. El trabajaba en INTA y aparecían las primeras clasificadoras de granos, traía las ideas y mi papá las plasmaba en chapa. De ahí salieron las clasificadoras, hacíamos todo el chaperío”, describe, señalando que con la familia Chamena, con Dora, Gerardo y Gabriel, su vínculo se mantuvo hasta hace unos años.

Publicidad

Marcando otras etapas de la especificidad de su tarea, menciona la realización de conductos de ventilación no solo para viviendas particulares, sino para grandes establecimientos. “El ingeniero Laitano nos encargaba estos trabajos. Hicimos los conductos de ventilación del Hospital de San Pedro y los del Instituto Maiztegui. Estas fueron, quizás las obras más grandes que hice”, resalta. Y agrega: “También hicimos gabinetes para máquinas eléctricas para Amadeo Carballo”.

Asegura que es de la generación que encontraba en el oficio y en el trabajo sostenido, las herramientas del progreso. “La verdad es que no me puedo quejar, trabajé mucho, pero valió la pena, porque además me dediqué, y me dedico, a lo que siempre me gustó”.

Publicidad

“Obviamente que con el paso de los años el oficio fue cambiando. Ahora ya casi no existe la zinguería, pero yo la sigo haciendo, y hay demanda”, describe este “zinguero” que siempre supo reinventarse sin perder la esencia de aquellas tareas que aprendió a realizar cuando tenía apenas 13 años. “Hoy me dedico a hacer pequeños trabajos, estoy jubilado, pero sigo en el taller”, señala.

Entre el trabajo y la pasión

 Hincha de River Plate y amante del automovilismo, su oficio también le permitió estar cerca de “los fierros”. “En una época en el taller preparábamos los chasis para los kartings con ‘Paco’ Darder; y con mi primo Oscar Pereyra, armábamos los chasis para los autos de carrera”. “Tanto el fútbol como el automovilismo me han gustado mucho”, afirma.

La vida familiar

A la par del trabajo, “Lalo” conformó su familia junto a Emilce Roncoli, oriunda de Las Flores, a quien conoció en un baile. “Nos pusimos de novios, nos casamos y armamos nuestra familia. Ella trabajaba en el Diario LA OPINION cuando funcionaba en calle Merced”, cuenta.

Tienen dos hijos: Diego (42) que está en pareja con Leticia y trabaja en Bayer; y Cecilia (41), que está en pareja con Mauro y trabaja en una empresa dedicada a la venta de camionetas. También es abuelo de tres nietos:  Sofía (11), Alfonso (4) y Emily (11). “Ellos representan lo que te cambia la mirada de la vida, no es lo mismo cuando era padre, que cuando fui abuelo. Ambos roles son hermosos, pero ser abuelo es hermoso, pasamos mucho tiempo con los nietos, te alegran la vida”, expresa, sintiéndose orgulloso de esa construcción que ha significado su familia.

Publicidad

“Realmente me deja muy tranquilo saber que los chicos están encaminados, que tenemos buenos hijos, honestos, de buen corazón, responsables y muy solidarios. Siempre están dispuestos a tenderle una mano a los demás y tienen buenos amigos”, remarca y la mirada se le ilumina.

El presente

Promediando la charla, cuando la pregunta lo lleva a hablar de su presente, en lo laboral, aparecen rutinas tranquilas. “Ya no tomo grandes trabajos, así que me organizo bien el tiempo y me mantengo en actividad”, insiste. El resto del día se lo dedica a los nietos que siempre andan por la casa. “Vienen y los llevamos a la plaza, los disfrutamos mucho”, añade.

Postales de otro tiempo

De la mano de esa apreciación que hace sobre el tiempo compartido con sus nietos, llegan a la charla los recuerdos de la que fue su infancia. Entonces, la conversación vuelve sobre el barrio. “El tiempo de la infancia fue el barrio. Había pocas casas y mucho descampado, cuatro canchitas de fútbol, así que nuestro entretenimiento era jugar a la pelota todo el día”.

“La niñez fue hermosa muy sana, muy de barrio. Estaba el Club San José, allí se hacían torneos de fútbol, kermeses, y había una banda que se llamaba ‘La Sonora San José’, a la que seguíamos por todos lados. Había mucha vida, los carnavales eran a balde. Y en la festividad de San Juan y San Pedro, salíamos por las gomerías a recolectar gomas, hacíamos el muñeco y la quema era en un predio detrás del Club Argentino”, detalla en una evocación que aparece como una postal de Pergamino de su tiempo.

Publicidad

Lo mismo sucede cuando habla de su juventud y recuerda los emblemáticos bailes del Club Argentino, o los espectáculos que venían allí: “Tuve la posibilidad de ver a Sandro, a Julio Iglesias con las Trillizas de Oro, y a tantos otros referentes del espectáculo”.

“De joven salía mucho, andábamos por todos lados, pero era una juventud muy sana. Siendo pibes, el plan de los domingos era ir a la matiné en el cine. Funcionaban el Monumental, el Ideal y más tarde el San Martín, así que con los fideos en la boca, después de comer, salíamos para el centro con los chicos del barrio y veíamos el episodio de ese día. Al domingo siguiente volvíamos”, relata.

Siempre San José

“Lalo” se define como un defensor de su barrio y fundamentalmente de los orígenes y de la identidad de ese lugar. “Nunca me voy a olvidar el día que vinieron foráneos y con la política que metió la cola, de la noche a la mañana, le cambiaron el nombre y pasó a llamarse ‘Martín Illia’. Fue un despropósito, una reunión en un galpón y le cambiaron el nombre. Para los que éramos de San José, eso fue terrible e inadmisible. Para mí siempre fue y seguirá siendo San José, el nombre que tomaba de tener el Hospital y la Plaza, además de otras instituciones que se identificaban con San José”, menciona. Y recuerda que una de ellas es la capilla que con pico y pala teniendo 32 años ayudó a construir. “Después le pusieron Virgen Desatanudos y San José”, menciona y recuerda que con sus propias manos construyó la capillita que entroniza la imagen de la virgen y que también en su taller restauró a mano una imagen de San José que habían donado a la Iglesia.

“Todo se llamaba San José como el barrio, y se sigue llamando así, incluso una peña de la que participo, aunque hoy ya no con tanta frecuencia”, agrega en un relato que muestra claramente su sentido de pertenencia.

El futuro

Sobre el final, cuando las reflexiones giran en torno al futuro, ‘Lalo’ anhela pequeñas grandes cosas: tener cerca a su familia y a los amigos. “No tengo cosas pendientes, me hubiera gustado ser arquitecto o maestro mayor de obras, pero amé y amo mi oficio. Me llevo bien con el paso del tiempo, he tenido algunos problemas, pero salí adelante y espero que Dios me siga brindando salud para disfrutar de la vejez rodeado de los afectos, que es lo más importante de la vida”, concluye, con la calma de aquellos que imaginan el porvenir como esa promesa de disfrute y descanso, abrazados por esa esencia que en ‘Lalo’ es la de ser “un tipo de barrio”.

WhatsAppXFacebook

Comentarios

🔓

Desbloqueá los comentarios

Hacete socio LO365 y sumate a la conversación.

Cargando comentarios...