Publicidad
Pergamino
La Opinión Online
LO SportsLO Campo
Fúnebres
Perfiles

Juan Carlos Plencovich: el tambo y una vida sencilla dedicada al trabajo

Aprendió a ordeñar cuando tenía 7 años. A los 12 ya trabajaba en el tambo y desde entonces ha hecho de ese oficio, su actividad.. Vive una vida plena, conectado con el trabajo y la familia.

06 de septiembre de 2026 a las 07:15 a. m.
Juan Carlos Plencovich: el tambo y una vida sencilla dedicada al trabajo
Juan Carlos Plencovich, en un alto de su actividad diaria, dialogó con LA OPINION.

Juan Carlos Plencovich aprendió a ordeñar a los 7 años, cuando por primera vez se animó a tocar a una vaca buena que se llamaba “Porteña” en el campo de su padre. Hoy tiene 73 años y el tambo sigue siendo su actividad y su pasión.

Quienes lo conocen lo llaman “Coco”, el apodo que le puso su hermano cuando eran chicos. “Veía en una propaganda una marca de pimienta en la que aparecían un bebé desnudito y como me veía así, comenzó a llamarme de esa manera”, relata y admite que se reconoce con mucha familiaridad en ese sobrenombre que lo acompaña desde entonces.

Publicidad

Nació en Pergamino y se crio en la colonia “La Lucila” de Urquiza, en el seno de una familia que estaba conformada por su mamá Bernardina Giamé; su papá, Jorge Domingo; y un hermano Mariano Alejandro (ya fallecido). “Tuve una hermanita que falleció, pero no la conocí. Yo nací después”, refiere.

Habla de sus raíces inmigrantes: “Mi padre era descendiente de yugoslavos y mi mamá tenía descendencia italiana, aunque su apellido era francés porque su abuelo era de esa nacionalidad, pero se había criado en la provincia de Cuneo, Italia”.

Publicidad

Como su papá era arrendatario de la estancia, tenía una chacra, vivían en esa comunidad en Urquiza, donde había alrededor de veinte vecinos. “Esa colonia era de Eloisa Urquiza Anchorena”, menciona y cuenta que vivió ahí hasta los 10 años.

“La señora Eloisa vendió los campos, hizo cuadrar la estancia y vendió los alrededores, en todos lotes de 40 hectáreas. Mi padre ya tenía un campo muy cerca de Pergamino y ya había comprado el terreno en el que luego construimos esta casa en la que vivo, sobre la ruta nacional N°8, en cercanías de la cancha del Club Provincial. Nos establecimos en Pergamino y vivo acá desde ese momento, aunque voy al campo a diario porque esa siempre fue mi actividad laboral”, señala.

Publicidad

Comenta que hizo hasta tercer grado en la Escuela N° 15 de Urquiza, y precisa que diariamente debía transitar una legua y media para llegar al colegio. “Ibamos en petiso”, recuerda y evoca los tiempos de una vida de sacrificio y placer. “Siempre me gustó la vida rural, de chico disfrutaba mucho y aprendía lo que después fue mi oficio, ordeñar a las vacas”.

“Me crié entre animales y sin que nadie me mandara a hacerlo, aprendí a ordeñar solo, cuando tenía 7 años. Había una vaca mansa, uno iba y la ordeñaba sin ninguna dificultad. ‘Porteña’ se llamaba, era una vaca negra”, relata.

Publicidad

Ya en Pergamino, terminó la primaria en la Escuela N°50, del barrio General San Martín y en paralelo ya iba al campo: “Cuando iba a la escuela a la mañana, ordeñaba a la tarde; y si me tocaba hacer algo del colegio a la tarde, iba al campo a la mañana”.

“La primera maestra que tuve se llamaba Nélida Montero, era muy buena y muy recta. Lo trataba de usted a uno: ‘Usted niñito’ me decía, pero era excelente”, recuerda. Y agrega: “Ella era de Urquiza, las demás venían de Pergamino, y como el colectivo las dejaba en la ruta y tenían que caminar unas cuadras hasta llegar a la Escuela, los chicos se peleaban para llevarle la cartera. Era otro tiempo y otra educación”, relata.

Publicidad

El tambo

Cuando llegaron a Pergamino, su papá instaló un tambo para que lo manejara su hermano, pero como él no siguió con esa actividad “Coco” tomó la posta y se dedicó de lleno al trabajo en esa tarea.

“Viviendo en Pergamino, yo siempre iba con mi mamá al campo, donde teníamos vacas lecheras, así que ordeñaba, y me gustaba ver cómo se elaboraban quesos, manteca y todo tipo de productos que la gente elaboraba en aquel tiempo de un modo muy artesanal. En función de eso, cuando tomé a mi cargo el tambo, no me resultaba una actividad desconocida, al contrario, me gustaba y sabía hacerlo”, destaca, recreando las vicisitudes de un rubro de la actividad productiva siempre sujeta a los vaivenes de la economía del país, porque la industria lechera a esa escala “nunca estuvo bien paga”.

“Yo arranqué teniendo apenas 12 años y jamás dejé la actividad”, resalta, con 77 años. Se emociona cuando observa en retrospectiva ese camino recorrido. “Llevo diría más de 65 de tambero”, expresa con satisfacción y gratitud. “Hasta la actualidad sigo manejando el tambo, me ayuda mi esposa, nos gusta lo que hacemos y pensamos seguir hasta que el cuerpo aguante”, agrega.

“Es una tarea que requiere dedicación, pero además tiene que gustarle a uno, si no, es imposible”, reflexiona. Y continúa: “Hay que ordeñar con frío, con calor, con lluvias, hay que cuidar a los animales, además de conocer cada detalle de esta actividad que está sometida a rigurosos controles sanitarios”. Aunque la actividad lechera se ha tecnificado mucho y cambiado con los años, Juan Carlos, señala que en su caso “siempre siguió trabajando como cuando empezó”.

Publicidad

“Mantuvimos lo artesanal de la tarea, pero en materia de sanidad, aplicamos toda la tecnología, las vacas están todas numeradas, controladas por Senasa, se le hacen análisis específicos, y se tienen en cuenta todos los requerimientos que exige esta actividad”, aclara, señalando que en la cadena productiva la comercialización se da a través de la cooperativa de tamberos.

“El tambo nuestro no es grande, el campo tampoco, así que producimos a una escala pequeña, soy un pequeño productor”, refiere. Y menciona que además del tambo, su actividad productiva se diversificó y en parte de la superficie también se dedicó al cultivo de cereales.

Su familia

Juan Carlos se casó con Juana Gabarain, de Manuel Ocampo. “Nos conocimos en los bailes de campo que se hacían en el pueblo”. Hace cincuenta años que están juntos y tienen una hija, Valeria (44), que es médica fisiatra. “Coco” se emociona profundamente cuando habla de su núcleo familiar y recorre con anécdotas el sacrificio que hicieron para forjar un porvenir que le permitiera a su hija recibirse y construir su camino.

“Ella estudió en Rosario, trabajamos mucho con mi esposa para que pudiera recibirse y tener siempre todo lo que necesitaba. Es un orgullo verla hoy, ejercer su profesión. Trabaja en el Hospital y también en un instituto de Arrecifes. Va al campo cuando se quiere despejar y es la que nos alienta a que ya no nos exijamos tanto y es la que nos alienta a viajar”.

Publicidad

Una buena vida

Siempre le gustó el campo y reconoce que no hubiera podido dedicarse a otra cosa, aunque fue aplicado para el colegio. “Quizás me hubiera gustado estudiar. Siempre fui aplicado, al extremo de haberme vuelto una vez la legua y media que me separaba de la escuela a mi casa, solo porque me había olvidado una escarapela. Me acuerdo que cortaba campo y me seguían las vacas. Me encontró mi papá, me puso arriba del disco y me acercó hasta la chacra y mi mamá, luego, en un vehículo que teníamos y que usábamos solo para alguna emergencia, me llevó de nuevo a la escuela. No me gustaba que me retaran y siempre me tomaba todo con mucha responsabilidad”.

“Siempre fui así. Y de grande también, siempre me gustó cumplir y en la medida de mis posibilidades hacer las cosas bien sin fallarle a nadie”, resalta en una apreciación que lo describe. En este punto menciona que a la par de la actividad productiva, es directivo de la Filial Pergamino de Federación Agraria. “Mi abuelo estuvo en ‘El grito de Alcorta’ así que vengo de tradición y de cuna en la dirigencia. Mi padre también fue dirigente de la Federación Agraria Argentina”.

En lo social, ha participado de la vida de la comunidad, ha cosechado en cada lugar en el que estuvo buenas amistades. “Amigos y conocidos tengo por todos lados”, afirma. También, le ha dedicado tiempo a una de sus pasiones: los viajes. “He paseado bastante y me gusta mucho”.

“Hoy es mi hija la que nos incentiva a que viajemos”, señala y se entusiasma con la posibilidad de seguir conociendo nuevos destinos. Así imagina la vejez, gozando de buena salud, rodeado de sus afectos, honrando sus raíces de sacrificio y aprendizajes.

Seguir trabajando

En el presente, once kilómetros por camino de tierra o quince por ruta es la distancia que lo separa del campo. Va a diario, dos veces por día y disfruta como el primer día de poder hacerlo. “Voy con mi esposa, y ocupo a un chico que me ayuda con algunas tareas; y para la actividad agropecuaria, contrato los servicios de siembra y cosecha, vivo tranquilo, sin deberle nada a nadie”, precisa este hombre que ama trabajar tanto como ama disfrutar de rutinas sencillas. Su casa es testimonio de ello: cuida sus rosales, ordena cada espacio, comparte el tiempo con los suyos y proyecta el porvenir desde ese hogar que es el que alberga su historia desde el año 1959 en que se mudó con sus padres a esa casa que sigue siendo su casa.

Cuando la entrevista termina, con su mirada Juan Carlos recorre ese lugar, sentado en el comedor, recuerda cuando colocaron la losa del techo, y acerca el recuerdo de su padre que “en aquel tiempo no quiso construir un chalet porque decía: ‘Cómo un chacarero iba a vivir en un chalet’ y con la misma simpleza de aquel hombre, se siente agradecido a la vida por esos valores, por ese modo de vivir en la sencillez, sin ostentar, simplemente, conectado con aquellas cosas que en el esfuerzo rinden verdaderos frutos: a que dan fruto: el trabajo y los afectos genuinos. Sin pretender nada más de la vida.

WhatsAppXFacebook

Comentarios

🔓

Desbloqueá los comentarios

Hacete socio LO365 y sumate a la conversación.

Cargando comentarios...