Eduardo Fondato, una vida de trabajo y compromiso con la comunidad
Más de cinco décadas de trayectoria en la Asociación de Cooperativas Argentinas, lo nutrieron de experiencias. Nacido en General Gelly, luego de vivir en varios lugares, se estableció en Pergamino junto a su familia. Hoy es vicepresidente de la Fundación “Julio Maiztegui” .

Eduardo Fondato es el vicepresidente de la Fundación “Julio Maiztegui”, un espacio desde el cual abraza una causa que sigue siendo de todos: la prevención de la Fiebre Hemorrágica Argentina. Llegó a esa institución a raíz de su pertenencia a la Asociación de Cooperativas Argentinas (ACA),el lugar en el que trabajó durante más de cinco décadas. Es una persona amable y predispuesta a la conversación franca.
Aunque no es pergaminense, vive en la ciudad hace ya varios años, y en este lugar es donde sigue escribiendo una historia de vida rica en experiencias. Aquí están sus hijos y nietos y gracias a su capacidad de trabajo y a su vocación de intervenir en las cuestiones colectivas, es uno más en la dinámica de la vida de esta comunidad que lo recibió.
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Nació en General Gelly, donde aún conserva la que fue su casa. Tiene un fuerte arraigo a sus raíces, aunque no es de aquellos que recuerde el pasado con nostalgia. Ama el momento presente, proyecta el porvenir y lo construye apoyado en atributos de un modo de ser siempre dispuesto a aprender y tomar desafíos.
Al hablar de sus orígenes, menciona a sus padres, Eneo Fondato y Delia Agostini; y sus hermanos Jorge (ya fallecido) y María Delia. También refiere sus raíces italianas y acerca anécdotas de la vida en el campo. “Fui a la Escuela Fiscal N° 722, vivíamos en el campo a cinco kilómetros, así que íbamos en bicicleta junto a otros seis chicos de campos vecinos y cuando llovía, llegábamos a caballo. Más que una obligación, ir a clase era una diversión, con el frío crudo del invierno o el sol de la primavera”, cuenta. Y continúa: “Cuando no estábamos en la escuela, nuestros padres nos encomendaban tareas domésticas o rurales, a mí me tocaba ordeñar una vaca, que era la que cada mañana nos proveía la leche para el consumo familiar. Las primeras veces renegaba porque la vaca, ‘canchera’, me pateaba el balde y volcaba la leche, pero después le fui agarrando la mano y me divertía”, comenta en un relato que parece una postal de un tiempo lejano.
Una rica trayectoria laboral
Aunque sabe que hubiera podido hacer el secundario, la lejanía con el colegio más próximo y las dificultades que la distancia imponía en las rutinas familiares, hicieron que desalentara esa opción y fuera tomando otro rumbo. “Tenía mucha conciencia del esfuerzo que el traslado podía significar para mis padres, así que no seguí. Estudié teneduría de libros en la Academia Mayo, y después la vida me fue llevando por caminos por los cuales tuve que aprender un poco de todo”, señala, y enseguida se introduce en su historia laboral: “A los 16 años comencé a trabajar en la Cooperativa Agrícola de General Gelly, viajaba en moto 13 kilómetros para llegar, los primeros tres meses eran a prueba sin cobrar sueldo, en tiempos en que no había computadora, ni calculadora eléctrica, solo las de suma a manija. No había teléfono fijo en las oficinas ni en los domicilios y en el pueblo, solo había una oficina pública con una operadora que funcionaba hasta determinada hora”.
“Con el paso del tiempo la Cooperativa se integró a la de Conesa y yo recibí el ofrecimiento de incorporarme a la Asociación de Cooperativas Argentinas. Fue un desafío salir del pueblo, asumir otras responsabilidades, esa oportunidad laboral me dio mucha experiencia. Durante un tiempo viajé a Venado Tuerto, también hice una auditoría en un pueblo de Tucumán”, cuenta y destaca que de la mano de su trabajo empezó a entender que “existía un mundo más allá de la geografía que yo conocía”.
“Cuando se crearon los Centros de Desarrollo Cooperativo estuve en Luján y también en Bragado, donde me fui a vivir con la familia”, continúa.
“En una de las tantas etapas, me asignaron ir a ACA en Iriarte, para abarcar la zona Iriarte, Alberdi, Germania, sobre el corredor de la ruta 7. Nos mudamos con mi familia a Alberdi, donde vivimos durante catorce años. Llegamos en un momento durísimo, ya que el lugar había sufrido la peor inundación de su historia, pero eso pasó y nos adaptamos muy bien, fue una muy buena etapa de mi vida laboral y personal”.
La llegada a Pergamino
Fue para desempeñarse como gerente de la planta de acopio de Pergamino, que Eduardo llegó a la ciudad en el año 2015. Para entonces, sus hijas ya vivían acá y su hijo estaba en el exterior, donde jugaba al fútbol. “Llegué como gerente de la planta de acopio, función que desempeñé hasta que me jubilé en 2022”, señala recreando vivencias de años de mucha actividad y participación en la vida de la entidad y de la comunidad pergaminense.
“Estábamos muy bien donde vivíamos, pero mis hijas estaban acá y eso inclinó nuestra balanza, porque empezábamos a transitar una etapa de la vida en la que queríamos estar cerca de los afectos y no perdernos esas cosas de las que hoy disfrutamos”, resalta.
Su familia, incondicional
Está casado con Sonia Pettinari, a quien conoce desde siempre. “Eramos vecinos en el campo y ya en nuestra adolescencia temprana nos mirábamos de una manera diferente. Nos pusimos de novios, al principio nos veíamos los domingos y después los jueves y domingos, y nunca salimos solos, siempre andábamos acompañados, construimos una relación muy genuina. Ocho años después nos casamos y acá estamos juntos”.
“Tenemos tres hijos: Matías (44), Julieta (42) y Micaela (32). Y somos abuelos de Teo (14 años), Juan Martin (Juani) (10) y Felipe (6).
“Matías está de novio con Gladys, fue jugador de fútbol aquí y en el exterior y actualmente se dedica a su pasión que es la pintura, ha tenido la posibilidad no solo de exponer sino de vender sus obras en un circuito importante; Julieta es la jefa de la filial de Avalian, está casada con Elio ‘Paty’ Acosta; y Micaela es contadora, trabaja en una empresa multinacional que hace consultoría y capacitación, y está en pareja con Ignacio’ Nacho’ Castro”, cuenta Eduardo en el transcurrir de una charla en la que deja ver que su familia ha sido y es su apoyo más incondicional.
“Mi familia ha sido un pilar, siempre se acomodó a las mudanzas y a los cambios de vida que iba imponiendo mi trabajo”, sostiene agradecido.
La jubilación y después
Para Eduardo la jubilación llegó en 2022, pero eso para nada significó el descanso. Por el contrario, se abocó a otros proyectos personales e institucionales, “Me convocaron a escribir un libro sobre la historia de los Centros de Desarrollo Cooperativo. Me lo tomé con mucho entusiasmo y ese proyecto terminó transformándose en 276 páginas que publicadas tuvieron una repercusión importante”, comenta y agrega: “Me honra haber podido llevar adelante esa tarea consciente de que lo que estaba contando era una historia viva”.
Volver al ruedo
Reconociendo que no sabe estar “sin hacer nada”, a principios de año volvió al ruedo de la actividad para integrarse al equipo de la Cooperativa Agrícola de Conesa. “Viajo todos los días y me siento muy a gusto. Hago una especie de asesoramiento comercial y fundamentalmente transmito mi experiencia, colaboro con la gerencia y me siento muy activo y muy a gusto con compañeros que son mucho más jóvenes que yo”, describe. Y enseguida acota: “A mis jóvenes 70 años, es como seguir disfrutando de una pasión”.
La Fundación
“También en estos años me he abocado mucho a la Fundación Maiztegui que funciona desde 1991. Es una tarea comprometida que hacemos absolutamente ad honorem y que comparto con Ariel Torti, que es el presidente; y Daniel Arambarri, secretario”, refiere, comentando que la entidad brinda charlas en escuelas y participa de eventos en los cuales promueven la vacunación contra la Fiebre Hemorrágica Argentina.
“Mi generación vivió las epidemias de Mal de los Rastrojos. Yo incluso perdí amigos. Y lo que compromete a la Fundación es seguir trabajando para que la gente tenga presente que la enfermedad sigue existiendo y que la vacuna es una manera eficaz de prevenirla”, destaca recordando la charla que alguna vez tuvo la posibilidad de compartir con Julio Maiztegui, a quien define como “una eminencia científica, además de un tipo sencillo”.
Un apasionado de las cosas
Inquieto, siempre dispuesto a brindarse a los demás para abrazar causas colectivas, Eduardo atraviesa su presente sintiéndose pleno. “Soy un apasionado de cada cosa que hago y siempre estoy trabajando. Con mi esposa somos muy compañeros, ella vende diarios y revistas, nos gusta salir y cuando podemos viajar”, menciona.
“Somos de una clase media que se ha esforzado mucho. Nuestro primer auto cero kilómetro lo tuvimos recién el año pasado y aún lo estamos pagando. Tenemos nuestra casa y a nuestros hijos encaminados”, señala. Y sin grandilocuencias, acota: “Somos de una generación de trabajo, fui un apasionado del trabajo y lo sigo siendo”, reflexiona en una apreciación que habla de su modo de concebir la tarea y la vida.
Sin grandes anhelos por cumplir, Eduardo se planta frente al presente sabiendo que la vida es un territorio desafiante. “En los lugares en los que estuve siempre fui el mayor, pero me sé mezclar con los jóvenes y aprendo de ellos. Soy de los que pienso que mi generación más que recordar el pasado con nostalgia, debe mirar hacia adelante, sabiendo que no hay etapas mejores que otras, cada una es distinta, ni mejor ni peor”.
“Uno crece cuando asume que los años son, también, la posibilidad de seguir aprendiendo apasionadamente, y eso hago, o por lo menos, eso intento”, concluye.


















