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Murió Miguel Ignomiriello: el maestro del fútbol que eligió estar para siempre en Douglas

Tenía 99 años y fue uno de los grandes formadores de la historia del fútbol argentino. En Pergamino dejó una huella imborrable en Douglas Haig. Su último deseo resume como pocas cosas aquel vínculo: pidió que una parte de sus cenizas sean depositadas en la cancha de Douglas Haig.

07 de agosto de 2026 a las 05:15 p. m.
Murió Miguel Ignomiriello: el maestro del fútbol que eligió estar para siempre en Douglas
Don Miguel Ignomiriello falleció este viernes en La Plata a la edad de 99 años.

Hay personas que pasan por los clubes. Y hay otras que, aun habiendo llegado desde lejos, terminan perteneciendo a ellos.

Miguel Ubaldo Ignomiriello fue una de esas personas para Douglas Haig.

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Este viernes, a los 99 años, murió uno de los grandes maestros que tuvo el fútbol argentino. Se fue un entrenador, un formador, un adelantado y, fundamentalmente, un hombre que entendió el fútbol como una extraordinaria herramienta para construir jugadores, pero sobre todo personas.

Su historia podría contarse desde Estudiantes de La Plata, desde Rosario Central, desde la Selección Argentina, desde Nacional de Uruguay o desde cualquiera de los numerosos clubes y seleccionados que tuvieron el privilegio de recibir sus conocimientos.

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Pero en Pergamino su historia tiene otro significado.

Aquí fue, sencillamente, Don Miguel.

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Y quizá ninguna estadística, ningún resultado y ninguna campaña pueda explicar mejor lo que Douglas Haig significó para él que la última voluntad que dejó expresada a su familia: pidió que, después de su muerte, su cuerpo fuera cremado y que una parte de sus cenizas fuera depositada en la cancha de Douglas.

Allí donde alguna vez caminó pensando equipos. Allí donde dio indicaciones, corrigió movimientos, discutió de fútbol, enseñó, sufrió derrotas y celebró victorias. Allí donde una tribuna entera aprendió a respetarlo.

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Allí quiso quedarse.

Un maestro antes que un entrenador

Ignomiriello había nacido en La Plata el 11 de junio de 1927. Su relación con la formación comenzó cuando apenas tenía 16 años, trabajando con juveniles de Gimnasia y Esgrima La Plata.

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Su vida fue, desde entonces, una interminable escuela de fútbol.

En Estudiantes protagonizó una de las revoluciones formativas más importantes que recuerde el fútbol argentino. Construyó aquella célebre “Tercera que Mata”, campeona en 1965, de la que surgieron siete futbolistas que pocos años después integrarían el equipo que conquistó el mundo frente al Manchester United en Old Trafford.

Por sus manos pasaron generaciones de jugadores. Su método combinaba disciplina, preparación física, conocimiento, observación y una obsesión casi artesanal por mejorar al futbolista.

Rosario Central lo convocó en 1967 y allí también dejó una estructura que sería determinante en los éxitos posteriores del club. Dirigió a San Lorenzo, Nacional de Uruguay, Independiente, Atlético Tucumán, Bolívar y trabajó en numerosos proyectos futbolísticos dentro y fuera del país.

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También dejó su marca en la Selección Argentina.

En 1973 integró el cuerpo técnico nacional y estuvo detrás de una de las experiencias más singulares de la historia albiceleste: la llamada “Selección Fantasma”, preparada durante semanas en la altura para enfrentar a Bolivia en La Paz por las Eliminatorias para el Mundial de 1974. Argentina ganó 1 a 0 y aquel trabajo quedó incorporado definitivamente a la historia del seleccionado.

Pero para comprender verdaderamente a Ignomiriello no alcanza con enumerar clubes.

Era un formador.

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Un hombre convencido de que el talento debía acompañarse con trabajo, disciplina, conocimiento y carácter.

 Pergamino y Douglas

El fútbol hizo que los caminos de Ignomiriello y Pergamino se cruzaran mucho antes de que él se sentara en el banco rojinegro.

Uno de los integrantes de aquella legendaria “Tercera que Mata” había sido precisamente un pergaminense: Juan Miguel Echecopar, quien luego sería campeón de América y del mundo con Estudiantes y una de las figuras más queridas de la historia de Douglas.

Los años volverían a reunirlos.

Ignomiriello llegó a Douglas Haig cuando el Rojinegro transitaba aquellos inolvidables primeros años en el Nacional B y Pergamino comenzaba a acostumbrarse a recibir cada fin de semana a algunos de los clubes más importantes del fútbol del interior y del país.

Su ciclo dejó una marca profunda.

En la temporada 1989/90, Douglas conformó bajo su conducción uno de los planteles más recordados de aquella época. Por decisión de Ignomiriello llegó al club Omar Roberto Jorge, el extraordinario defensor pergaminense que venía de jugar en Vélez, México y San Lorenzo y que terminaría transformándose en otro símbolo rojinegro.

Aquel Douglas estuvo muy cerca de alcanzar la Primera División.

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Era un equipo de enorme personalidad, especialmente fuerte en Pergamino, donde el estadio se convertía en un territorio incómodo para cualquiera. Omar Jorge lo recordaría muchos años después en una entrevista con LA OPINION como “un equipo de hombres”, capaz de enfrentar de igual a igual a instituciones con estructuras muy superiores.

Ignomiriello había construido eso.

Un equipo con carácter.

Pero también dejó discípulos.

Walter Dimattia trabajó a su lado como ayudante de campo. Roberto Cittadini fue parte de aquella estructura. Juan Echecopar continuó posteriormente el trabajo. Jugadores y colaboradores que compartieron aquellos años siguieron ligados durante décadas al fútbol pergaminense.

Porque los grandes maestros tienen esa particularidad: su obra continúa cuando ellos ya no están.

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 Una relación que nunca terminó

El paso del tiempo no borró aquel vínculo.

Ignomiriello siguió sintiendo a Douglas y a Pergamino como parte de su historia.

Una demostración conmovedora ocurrió en octubre del año pasado, cuando el Senado de la provincia de Buenos Aires lo declaró Personalidad Destacada del Deporte.

Tenía 98 años.

Hasta La Plata viajaron representantes de aquella familia futbolística construida tantos años antes en Pergamino: Jorge Cuartango, Roberto Cittadini, Walter Dimattia y Fernando Ayestarán estuvieron allí para acompañarlo.

Don Miguel los vio.

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Y cuando tomó la palabra para agradecer uno de los últimos grandes homenajes que recibió en vida, entre campeones del mundo, dirigentes, familiares, amigos y personalidades de Estudiantes, se acordó especialmente de ellos.

“A la gente de Pergamino…”, dijo.

Habían pasado décadas.

Pero Pergamino seguía estando ahí.

 Último homenaje en Pergamino

Ese vínculo tuvo una expresión especialmente emotiva en diciembre de 2025, cuando Miguel Ignomiriello fue invitado especialmente a participar de la tradicional Fiesta del Deporte del Círculo de Periodistas Deportivos de Pergamino. Allí recibió un reconocimiento a su extraordinaria trayectoria y, fundamentalmente, el afecto de una ciudad que nunca olvidó lo que había significado para Douglas Haig.

Fue uno de esos homenajes que adquieren todavía mayor dimensión con el paso del tiempo. Don Miguel pudo recibirlo en vida, rodeado por hombres y mujeres del deporte pergaminense y nuevamente cerca de aquella comunidad rojinegra con la que había construido una relación que excedió largamente su trabajo como entrenador.

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 El último regreso

La muerte suele obligar a buscar palabras para explicar aquello que resulta difícil explicar.

En este caso quizás no hagan falta demasiadas.

Miguel Ignomiriello recorrió el fútbol argentino durante más de ocho décadas. Trabajó con campeones del mundo, descubrió talentos, dirigió grandes clubes, integró cuerpos técnicos de la Selección Argentina y fue reconocido como uno de los mayores formadores que produjo nuestro fútbol.

Fue declarado Ciudadano Ilustre de La Plata y recibió innumerables homenajes. En 2025, la Provincia de Buenos Aires lo distinguió por una trayectoria que hacía tiempo había trascendido cualquier camiseta.

Podía elegir muchos lugares para que permaneciera su memoria.

Eligió Douglas.

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Pidió a su familia que cuando llegara este momento fuera cremado y que parte de sus cenizas quedaran para siempre en la cancha rojinegra.

Tal vez porque algunas pertenencias no necesitan documentos.

Tal vez porque Pergamino dejó de ser para él aquella ciudad a la que alguna vez había llegado contratado como director técnico y terminó convirtiéndose en uno de los lugares de su vida.

Pronto, cuando se cumpla su voluntad, Don Miguel volverá por última vez a Douglas.

No habrá una práctica esperándolo.

No tendrá que armar el equipo.

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No habrá pizarrón, concentración ni charla técnica.

Tampoco habrá un próximo partido.

Esta vez llegará para quedarse.

Y entonces, en algún rincón de esa cancha que tantas veces recorrió, una pequeña parte de Miguel Ubaldo Ignomiriello quedará definitivamente mezclada con la tierra rojinegra.

Será su último regreso a Pergamino.

Aunque, en verdad, Don Miguel nunca se había ido del todo.

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