Leonardo Burgueño hizo historia en la Liga de Pergamino: jugó en Primera a los 55 años
El reconocido periodista deportivo entró en el final del triunfo de Sports ante El Socorro y se convirtió en el jugador con mayor edad en un partido de Primera en la Liga de Pergamino. Radicado hace 28 años en Chile cumplió una promesa y dejó una huella imborrable.

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El fútbol de Pergamino escribió una página inédita el pasado domingo 13 de septiembre. Por la novena fecha del certamen de Primera División, Sports consiguió en su cancha la primera victoria de la temporada al imponerse 1 a 0 sobre El Socorro. Sin embargo, el festejo tuvo un condimento extraordinario: sobre el final del encuentro, el periodista deportivo Leonardo Burgueño ingresó al campo de juego y se convirtió, a los 55 años, en el futbolista de mayor edad en disputar un partido oficial en la máxima categoría de la Liga de Fútbol de Pergamino.
La marca lograda superó el registro que hasta entonces pertenecía a Juan José "Laucha" Abdala, quien había actuado en Argentino con 50 años. Con el pitazo final y la primera victoria del “Azul” en el torneo, el vestuario local bautizó de inmediato a “Leo” como el “Talismán”.
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Invitado al programa “Fuera de Página”, que se emite por LA OPINION Play y FM 105.1, Burgueño llegó en bicicleta -su medio de transporte predilecto en Pergamino- para relatar cómo se gestó un récord nacido de la amistad y una promesa cumplida.
LA ENTREVISTA COMPLETA A LEONARDO BURGUEÑO
El pacto de la servilleta y el récord
Radicado desde hace 28 años en Chile, Burgueño mantiene un vínculo estrecho con la familia Uthurry: "Tete (Ezequiel -técnico de Sports-) vive en la casa donde vivieron mis viejos. En septiembre del año pasado vine, ellos estaban en la B y fui a entrenar. Les dije: 'Van a ascender'. Me respondieron: 'Si ascendemos, te inscribimos en la lista'. Y ascendieron. En enero vine e hicimos la firma simbólica en una servilleta, como Messi, y me anotaron en el sistema Comet".
Para habilitarlo hubo que rescatar su pase de Douglas Haig, club donde había debutado en Primera División allá por 1986 y militado hasta 1988. Al repasar la nómina del plantel que conduce técnicamente Ezequiel Uthurry (secundado por su padre Germán "El Loro"), la diferencia saltaba a la vista: "Hay chicos 2002, 2004, 2006; el más veterano era clase 81 y después pegaba el salto a 1970. DNI de 45 millones, 50 millones y 21 millones el mío. Pero a mí no me importa la edad, sino cómo llegás a esa edad. Entreno de lunes a viernes y los sábados juego en una liga para mayores de 35 en Chile".

El domingo, tras el gol de Sports a los 45 minutos del primer tiempo, el llamado del DT llegó cerca del epílogo del partido. "Sabía que iba a jugar poco. Entré faltando un minuto, toqué una pelota y terminó el partido. El árbitro me dijo: 'Te podés llevar la pelota de recuerdo a tu casa', pero me la sacaron; si le sacaba una pelota a Sports se iba a complicar", bromeó.

De la mascota de Douglas a "El Milan de Pergamino"
El lazo de “Leo” con la pelota nació a los cinco años en Pergamino. Su tío fue masajista histórico de Lucini y del Douglas Haig que logró el ascenso al Nacional B en 1986. "Yo iba de mascota; de hecho, en la foto de la inauguración de la cancha estoy de mascota. Mi vida era entre el colegio y la cancha", recordó. Siendo adolescente, llegó a entrenar con glorias fogoneras como Daniel Castro -su ídolo indiscutido-, el "Loco" Baillié, el "Cabezón" Salse, De Lucca, Delménico y Lacava Schell.
Ese amor por el “Rojinegro” trascendió fronteras. En 1995, cubriendo torneos internacionales en Colombia y Ecuador junto a Juan Pablo Varsky (entonces en TN y Burgueño en El Gráfico), nació uno de los apodos del “Fogonero”: "Estábamos comiendo y le dije: 'Pará que llamo a mi viejo para ver cómo va el Milan'. Varsky me dijo que el Milan jugaba al otro día. 'No, el Milan de Pergamino', le aclaré. Le gustó la frase, me pidió permiso para usarla y la popularizó con los años".
Boca, Diego y el salto internacional
Su etapa en la emblemática revista El Gráfico entre 1990 y 1998 fue su "Real Madrid periodístico". Entre 1995 y 1997 cubrió la actualidad de Boca Juniors. Durante la concentración en el Hotel Nogaró previa al debut de Juan Sebastián Verón en 1996, Maradona bajó a la antesala y compartieron una charla íntima de la que aún conserva una foto de colección: "Estuvimos conversando un largo rato. Parecía una charla de living de casa, no una nota formal. Diego era un tipo muy cercano dentro de un mundo que ya empezaba a cambiar con las megaestrellas y los celulares".
Incluso recordó otra anécdota singular: en un partido a beneficio donde faltaba un jugador, Guillermo Coppola lo mandó a la cancha como rival de Maradona. "Salió en Crónica; no sé si Diego me tiró un caño porque en la foto voy con las piernas abiertas, regalado", relató entre risas.
En 1998, tras rechazar una propuesta económicamente mayor pero riesgosa en Perú (ligada a personas que luego terminaron prófugas por los escándalos de Vladimiro Montesinos), decidió mudarse a Santiago para abrir la edición chilena de El Gráfico. "Iba por un año y ya llevo 28. Formé mi familia allá, tengo tres hijos (Amanda, estudiante avanzada de Medicina; Matías, de Ingeniería; y la pequeña Isa) y en 2021 recibí el Premio Nacional de Periodismo Deportivo, siendo el único extranjero en ganarlo", destacó sobre su carrera, que hoy en Chile lo tiene como comentarista central en TNT Sports y Radio ADN.
El regreso a las raíces
Pese al paso de las décadas, Burgueño confiesa que el desarraigo no se borra: "Uno se adapta al lugar donde vive, pero yo siento nostalgia de Pergamino, no de Argentina en general. Fernando Pacini siempre me carga porque dice que conozco más de la actualidad de Pergamino que él. Cuanto más pasa el tiempo, más se extraña".
Pese a que descartó una nueva incursión oficial con los pantalones cortos ("ya le puse punto final hace rato y me gusta ponerme nuevas metas; el año que viene quiero correr los 42K de Santiago”), su nombre ya quedó sellado en las estadísticas locales. A los 55 años, Leonardo Burgueño se dio el gusto de saltar a la cancha en su tierra, llevarse los aplausos y recordarle al deporte que la pasión no tiene fecha de vencimiento.




















