Messi dijo adiós a la Selección: el final de una historia que nos hizo felices
A los 39 años, Lionel Messi anunció este lunes que no volverá a vestir la camiseta argentina. Lo hizo con una carta que había escrito apenas dos días después de la final del Mundial y que decidió publicar tras la muerte de su padre.

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Hay noticias que se leen. Otras que se sienten. Y algunas, muy pocas, que uno quisiera demorarse en aceptar.
Lionel Andrés Messi anunció este lunes que se retira de la Selección Argentina.
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Esta vez no hubo rumores. No hubo interpretaciones. No hubo que buscar gestos después de un partido, palabras entrecortadas en una entrevista ni señales escondidas detrás de alguna publicación. Lo dijo él.
“Después de este tiempo que pasó desde la final, pensándolo mucho, quiero comunicarles a todos que me retiro de la Selección”.
Y entonces ocurrió aquello que sabíamos que alguna vez iba a suceder pero para lo que, probablemente, nunca íbamos a estar preparados.
Messi dejó de ser jugador de la Selección Argentina.
Seguirá siendo Messi, claro. Seguirá jugando mientras decida hacerlo. Seguirán apareciendo sus goles en alguna pantalla y seguramente todavía quedarán noches para disfrutarlo. Pero aquella camiseta celeste y blanca que llevó durante más de veinte años ya no volverá a tener su número 10 sobre la espalda.
Y cuesta. Porque durante demasiado tiempo creímos que Messi estaría siempre.
Una carta guardada durante 41 días
Hay un detalle en su despedida que vuelve todo todavía más conmovedor.
Messi contó que había escrito esas palabras el 21 de julio, apenas dos días después de aquella final del Mundial 2026 en la que Argentina perdió 1 a 0 ante España.
Las escribió con la herida deportiva todavía abierta. Pero no las publicó. Las guardó.
Tal vez porque todavía necesitaba pensarlo. Tal vez porque una parte suya seguía resistiéndose a cerrar la puerta. Tal vez porque despedirse de la Selección significaba despedirse también de una parte enorme de su propia vida.
Hasta que ocurrió algo mucho más importante que el fútbol: Murió Jorge Messi, su padre.
El hombre que lo acompañó desde aquel chico diminuto que pateaba una pelota en Rosario hasta transformarse en el futbolista más extraordinario de todos los tiempos. Su padre, su representante, su compañero de viaje.
Y entonces Leo volvió sobre aquella carta.
“Hoy después de lo de mi papá, estoy más convencido que antes”, escribió al final.
Hay algo profundamente humano detrás de esa frase.
La muerte suele cambiar las dimensiones de las cosas. Obliga a mirar la vida desde otro lugar. Aquello que parecía imprescindible deja de serlo y aquello que postergábamos comienza a reclamar su tiempo.
Messi eligió cerrar una puerta, quizás la más importante de su carrera.
Veinte años con nosotros
Resulta difícil resumir dos décadas.
Porque Messi no solamente jugó para Argentina. Messi atravesó generaciones enteras de argentinos.
Hubo chicos que nacieron cuando él ya vestía la camiseta nacional y hoy son adultos. Padres que lo vieron debutar y después se sentaron junto a sus hijos para verlo levantar la Copa del Mundo. Abuelos que habían visto campeón a Kempes, después a Maradona y finalmente pudieron ver a Messi.
Su historia con la Selección nunca fue sencilla y quizás por eso terminó siendo tan hermosa.
Durante años le reclamamos que fuera otro: Que cantara el Himno con más fuerza; que gritara; que se enojara; que fuera líder de la manera en que nosotros imaginábamos que debía serlo.
Le pedimos, muchas veces, que fuera Maradona. Y Messi solamente podía ser Messi.
Perdió finales. Lloró. Volvió a intentarlo. Perdió otra vez. Y otra.
Hasta que aquella noche de 2016, después de caer ante Chile en la Copa América Centenario, pronunció una frase que estremeció al fútbol argentino: “Se terminó para mí la Selección”. Tenía 29 años. Parecía el final. Pero volvió. Por suerte volvió.
El hombre que regresó para cambiar la historia
Quizás aquella primera despedida permita entender mejor esta última.
Porque Messi podría haberse quedado con la frustración.
Tenía absolutamente todo en el fútbol europeo. Había ganado Champions League, Balones de Oro, campeonatos y récords. No necesitaba demostrarle nada a nadie.
Pero había algo pendiente, su Argentina y por eso regresó.
Después vendrían años difíciles, eliminaciones, cuestionamientos y reconstrucciones. Hasta que alrededor suyo apareció una generación que entendió algo fundamental: ya no había que esperar que Messi cargara solo con la Selección.
Había que acompañarlo, Lionel Scaloni construyó ese equipo y el 10 volvió a sonreír.
Primero llegó la Copa América 2021, en el Maracaná y frente a Brasil. Aquella noche hubo algo parecido a una liberación colectiva. Cuando terminó el partido, sus compañeros no corrieron hacia la copa, lo hicieron hacia Messi y lo levantaron porque sabían lo que significaba.
Después llegó la Finalissima ante Italia. Y finalmente Qatar.
La noche que nunca olvidaremos
El 18 de diciembre de 2022 quedará para siempre en la memoria argentina: Argentina campeón del mundo y Messi levantando la Copa.
Aquella imagen probablemente haya sido una de las más esperadas de nuestra historia deportiva.
Millones lloraron. En Buenos Aires, Rosario, Córdoba, Mendoza y también acá, en Pergamino.
Las calles se llenaron de camisetas, banderas, bocinazos y abrazos entre desconocidos. Durante algunas horas no hubo diferencias. Éramos argentinos. Y éramos campeones del mundo.
Messi había llegado finalmente hasta esa Copa que parecía perseguirlo desde siempre.
Pero todavía quedaban capítulos. Llegó otra Copa América, llegó un nuevo Mundial y llegó aquella final de 2026 contra España.
Esta vez no pudo ser.
Después supimos que Messi había disputado ese torneo atravesado por algo mucho más doloroso: la enfermedad de su padre. Jorge no pudo acompañarlo como lo había hecho durante toda su carrera.
Leo quería llegar hasta la final para darle tiempo. Soñaba con que pudiera recuperarse y verlo una vez más. Llegó. Pero Jorge no pudo estar. Y pocas semanas después murió. Entonces muchas cosas comenzaron a comprenderse.
“Me vacié”
En su carta de despedida Messi escribió una frase que probablemente explique todo: “Me vacié, ya no tengo más para dar”.
No parece haber reproche. Tampoco bronca. Hay agotamiento y, fundamentalmente, paz.
Messi siente que cumplió. Y tiene derecho.
Durante veinte años llevó sobre sus hombros una camiseta que pesa como pocas en el mundo. Una camiseta en la que conviven la historia de Kempes y Maradona, de Passarella, Fillol, Burruchaga, Batistuta, Riquelme, Di María y tantos otros.
Él escribió su propio capítulo. Uno gigantesco.
Se va sabiendo que detrás aparecen otros chicos y también lo dijo: “Vienen chicos muy grandes atrás que merecen estar”. Quizás esa sea también una de las últimas enseñanzas del capitán, saber cuándo correrse.
Ahora será uno de nosotros
Hay otra frase extraordinaria en la carta: “Ahora voy a ser uno más de ustedes, alentando y bancando siempre desde afuera”. Messi será hincha. Resulta extraño imaginarlo.
Durante veinte años nosotros estuvimos de este lado de la pantalla mientras él estaba allá adentro. Ahora estará de este lado.
Tal vez algún día grite un gol argentino desde un sillón. Tal vez sufra un penal. Tal vez proteste contra un árbitro, como cualquiera de nosotros. Aunque nunca será uno más. Porque cada vez que vuelva a jugar Argentina habrá algo suyo flotando alrededor de esa camiseta.
Gracias, Leo
Quizás no sea necesario buscar demasiadas palabras.
A veces alcanza con una.
Gracias.
Gracias por volver cuando te habías ido.
Gracias por seguir intentando cuando parecía imposible.
Gracias por el Maracaná.
Gracias por Wembley.
Gracias por Qatar.
Gracias por esas corridas con la pelota pegada al pie, por los goles imposibles, por los pases que nadie veía, por los penales que casi no nos animábamos a mirar.
Gracias también por las derrotas.
Porque hicieron que todo lo demás fuera todavía más hermoso.
Gracias por permitir que padres e hijos se abrazaran frente a un televisor.
Gracias por aquellas calles de Pergamino teñidas de celeste y blanco.
Gracias por hacernos sentir durante tantos años que cada vez que Argentina jugaba podía ocurrir algo extraordinario.
Messi terminó su carta de una manera sencilla:
“Gracias Dios por hacerme argentino”.
Tal vez hoy podamos devolverle aquellas palabras.
Gracias, Leo, por haber sido argentino.
Por haber elegido siempre esta camiseta.
Por haber vuelto.
Por haber insistido.
Por habernos hecho felices.
Alguna vez tenía que terminar.
Sabíamos que este día iba a llegar. Solamente que nadie quería que fuera hoy.

































