El misterioso "algo" que nos hace emprendedores
Cada año, cuando recibo a la nueva camada de emprendedores en la universidad, me encuentro con la misma mezcla de sensaciones: entusiasmo, miedo, ambición, dudas, hambre. Nadie llega con las respuestas, pero todos llegan con una chispa. Y esa chispa, más que cualquier plan de negocios o canvas prolijamente llenado,...

Cada año, cuando recibo a la nueva camada de emprendedores en la universidad, me encuentro con la misma mezcla de sensaciones: entusiasmo, miedo, ambición, dudas, hambre. Nadie llega con las respuestas, pero todos llegan con una chispa. Y esa chispa, más que cualquier plan de negocios o canvas prolijamente llenado, es lo que me recuerda por qué hacemos lo que hacemos.
Ser emprendedor no es —nunca fue— una profesión. Es, en todo caso, una manera de estar en el mundo. Es esa incomodidad que aparece cuando algo podría ser mejor. Ese cosquilleo interno que nos dice ¿y si lo intentás vos? Es una mezcla de inconformismo y esperanza. Un pequeño fuego que algunos traen desde chicos y otros descubren de golpe, casi por accidente, pero que una vez encendido, es difícil apagar.
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Desde el marketing solemos hablar de “propuestas de valor”, “segmentos”, “oportunidades”. Pero detrás de cada concepto hay personas. Historias. Cicatrices. Ganas de transformar. Y es ahí donde el lenguaje técnico se queda corto. Porque emprender no es solamente aprender herramientas: es animarse a romper la inercia. Es decidir que el futuro no está escrito y que uno puede ensayarlo, corregirlo, desafiarlo.
Yo suelo decir que emprender tiene algo de genético, sí… pero no porque esté grabado en el ADN, sino porque todos nacemos con esa capacidad de imaginar mundos posibles. Lo que marca la diferencia es quién se atreve a sostener esa imaginación en la adultez. Quién se permite seguir jugando, probando, equivocándose. Quién no deja que el miedo —propio o ajeno— apague esa primera chispa.
Trabajando junto a los emprendedores (y ojo yo soy una de esas, casi compulsiva jajaja) lo veo una y otra vez: las herramientas se enseñan, la creatividad se provoca, la estrategia se aprende. Pero ese “no sé qué”, ese pulso interior que hace que alguien se levante un lunes con más preguntas que respuestas y aun así decida avanzar, eso… eso es profundamente humano. Y, aunque suene paradójico, profundamente frágil.
Porque emprender es hermoso, pero también duele. Duele cuando el plan no sale. Cuando la idea que uno defendió con el alma no convence a nadie. Cuando la paciencia del mundo se acaba antes que nuestra necesidad de insistir. Y, sin embargo, ahí es donde aparecen los verdaderos emprendedores: en esa resistencia emocional que no se enseña en ningún manual.
Tal vez por eso, cada vez que acompaño a un emprendedor o una emprendedora en sus primeros pasos, me siento privilegiada. Porque estoy mirando de cerca a alguien que eligió creer. Alguien que, aun sin garantías, decide moverse. Alguien que entiende que emprender no es tener certezas, sino tener convicciones.
Si estás leyendo esto y sentís que tenés ese “algo” que no sabés nombrar, cuidalo. Trabajalo. Rodeate de quienes lo alimenten y no de quienes lo apaguen. Emprender no es para todos, y no pasa nada con eso. Pero si es para vos, entonces merece que le des la oportunidad.
Porque el mundo no cambia cuando alguien tiene una idea. Cambia cuando alguien se anima a hacerla realidad.














