Día del abogado: entre algoritmos y personas ¿Cuál es el desafío profesional?
La digitalización transformó los expedientes, las audiencias y la manera de ejercer el Derecho. Ahora la inteligencia artificial promete modificar todavía más la profesión. Pero detrás de cada causa siguen existiendo personas.

Alguna vez el escritorio de un abogado fue una enorme superficie ocupada por expedientes, códigos, carpetas, anotaciones y libros. Había bibliotecas que constituían casi una carta de presentación profesional y voluminosos cuerpos que había que trasladar de un lugar a otro para conocer el estado de una causa.
Después llegaron las computadoras. Más tarde, Internet. Los buscadores jurídicos. Las notificaciones electrónicas. Los escritos digitales. Las firmas remotas. Las audiencias virtuales. Y ahora llegó la inteligencia artificial.
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En apenas unas décadas, una profesión con siglos de historia modificó radicalmente muchas de sus herramientas.
Cada 29 de agosto, cuando en Argentina se celebra el Día del Abogado, quienes ejercen la profesión pueden mirar hacia atrás y comprobar la dimensión de esa transformación.
Pero existe una paradoja. Cuanto más capaces son las máquinas de buscar jurisprudencia, resumir documentos, ordenar información o ayudar a redactar un escrito, más importante parece hacerse aquello que todavía pertenece exclusivamente a las personas.
Escuchar. Interpretar. Comprender. Elegir. Asumir una responsabilidad.
Y, fundamentalmente, acompañar a otro ser humano cuando necesita que alguien defienda sus derechos.
Quizás allí esté el verdadero desafío de la abogacía que viene: no competir contra la inteligencia artificial ni ignorarla, sino aprender a utilizarla sin olvidar para quién se ejerce el Derecho.
El legado de Alberdi
La elección del 29 de agosto tiene una de las referencias más significativas de la historia institucional argentina.
Ese día, pero de 1810, nació en Tucumán Juan Bautista Alberdi, jurista, escritor, diplomático y uno de los grandes pensadores argentinos del siglo XIX. En su homenaje se estableció el Día del Abogado.
Alberdi escribió en 1852 sus célebres Bases y puntos de partida para la organización política de la República Argentina, obra que ejercería una influencia fundamental sobre la Constitución Nacional sancionada al año siguiente.
Del expediente de papel a la pantalla
Pergamino conoce de cerca esa transformación. Quienes llevan décadas ejerciendo recuerdan los expedientes de papel, las mesas de entradas, las cédulas, las copias y aquella rutina de recorrer organismos para conocer novedades que hoy pueden aparecer directamente en una computadora.
LA OPINIÓN ya reflejaba años atrás el impacto que comenzaban a tener el expediente digital y las presentaciones electrónicas en el ejercicio profesional local. Aquello que inicialmente parecía una modernización de procedimientos terminó modificando la lógica cotidiana de la profesión.
El estudio jurídico dejó de depender completamente de un lugar físico. El expediente dejó de ser necesariamente un objeto. La biblioteca comenzó a convivir con enormes bases jurídicas digitales y muchas actuaciones dejaron de exigir presencialidad.
Para una ciudad cabecera de un Departamento Judicial como Pergamino, con una actividad que mantiene una estrecha vinculación regional con Colón, la transformación forma parte de la rutina diaria de cientos de profesionales. Aquí funcionan juzgados y tribunales donde cotidianamente se procesan conflictos penales, civiles, comerciales, laborales y familiares.
Y esa actividad recuerda algo elemental: el Derecho no existe únicamente dentro de los códigos. Detrás de prácticamente todas las ramas del Derecho hay algo en común: un conflicto humano que necesita encontrar una respuesta dentro de las reglas de una sociedad.
La inteligencia artificial entró al estudio
Si la digitalización modificó el soporte del trabajo jurídico, la inteligencia artificial comienza a transformar parte del trabajo intelectual. Ya no se trata de ciencia ficción.
Una herramienta de IA puede encontrar antecedentes jurídicos en segundos, comparar documentos, detectar inconsistencias, resumir expedientes extensos, organizar información y colaborar en la elaboración de textos.
Esas capacidades seguramente crecerán durante los próximos años.
Negarlas sería tan inútil como hubiera sido negar décadas atrás la utilidad de una computadora.
El abogado que aprenda a utilizar correctamente estas herramientas podrá destinar menos tiempo a tareas repetitivas y más a aquellas que realmente requieren criterio profesional. Pero existe una frontera que no debería confundirse. La herramienta puede asistir en una decisión. No puede asumir la responsabilidad de esa decisión.
La propia Justicia comenzó a discutir formalmente esta cuestión. En la provincia de Buenos Aires, la Suprema Corte abrió durante este año un proceso relacionado con el uso responsable de inteligencia artificial en la labor judicial, colocando entre sus principios la necesidad de mantener la responsabilidad humana sobre las decisiones. Y allí aparece uno de los grandes desafíos profesionales de esta época.
Una máquina también puede equivocarse
La inteligencia artificial puede producir respuestas extraordinarias. También puede equivocarse. Y algunas veces puede hacerlo de manera extremadamente convincente.
Una cita inexistente, un precedente interpretado incorrectamente, una norma desactualizada o una conclusión aparentemente impecable pueden convertirse en un serio problema si el profesional renuncia a verificar la información.
Por eso, paradójicamente, la llegada de la IA no disminuye la importancia del conocimiento jurídico. Puede aumentarla.
Cuanto más sencillo sea producir una respuesta, más importante será saber si esa respuesta es correcta.
Cuanto más rápido pueda generarse un escrito, mayor será la responsabilidad de quien coloca su firma debajo.
La tecnología puede modificar el modo de trabajar. La ética y la responsabilidad profesional seguirán perteneciendo a una persona.
Nadie llega solamente con un expediente
Pero hay una dimensión todavía más profunda de la profesión.
Una persona rara vez llega a un estudio jurídico diciendo simplemente: “Tengo un expediente”. Llega con miedo. Con bronca. Con incertidumbre. Con una separación que no esperaba. Con una deuda que no puede afrontar. Con una empresa en dificultades. Con un hijo en problemas. Con una herencia que dividió a una familia. Con un accidente que modificó su vida. Con una acusación o con la sensación de haber sufrido una injusticia.
En ese momento el abogado hace algo que ninguna base de datos puede resolver completamente. Escucha una historia. Y debe separar de ella los hechos jurídicamente relevantes sin olvidar que, para quien está sentado enfrente, prácticamente todo es relevante porque se trata de su propia vida.
Allí comienza otra parte del oficio. Explicar que tener razón no siempre significa poder probarla. Advertir que determinado reclamo no tiene sustento. Desaconsejar un litigio aunque resulte más sencillo aceptar el caso. Buscar un acuerdo cuando la persona llega decidida a ir hasta las últimas consecuencias. O sostener una batalla judicial cuando realmente no existe otra alternativa. Ese criterio no surge solamente de conocer leyes. Se construye con experiencia, prudencia y humanidad.
Lo que la tecnología no conoce
Sin embargo, existe un límite que quizá ayude a comprender dónde permanece el núcleo humano de la profesión.
Una máquina puede procesar información. Pero no espera una sentencia.
No pasa una noche sin dormir antes de un juicio. No siente miedo de perder la tenencia de un hijo. No atraviesa una quiebra. No espera una indemnización para reconstruir su vida. No siente vergüenza al contar determinado episodio. No necesita justicia. Las personas sí.
Por eso el futuro del abogado posiblemente dependa menos de competir con aquello que una máquina puede hacer extraordinariamente bien y más de perfeccionar aquello que solamente una persona puede ofrecer.
De Alberdi al abogado de hoy
Resulta tentador imaginar qué habría hecho Juan Bautista Alberdi con las herramientas actuales. Probablemente un hombre que escribió, polemizó, investigó, hizo periodismo, ejerció el Derecho y pensó la organización institucional de un país hubiera encontrado fascinantes muchas de las posibilidades tecnológicas actuales.
Pero su legado sobrevivió a todas las tecnologías que aparecieron después. Y seguramente sobrevivirá a la inteligencia artificial. Porque la importancia de Alberdi nunca estuvo en la herramienta con la que escribió sus Bases. Estuvo en lo que fue capaz de pensar con ella.
Este 29 de agosto encontrará a muchos abogados de Pergamino frente a una computadora. Recibirán notificaciones electrónicas, presentarán escritos digitales, consultarán jurisprudencia en línea y posiblemente algunos utilicen inteligencia artificial para ordenar información o revisar documentos. Es el nuevo paisaje de una profesión antiquísima. Pero en algún momento sonará el teléfono. O se abrirá la puerta del estudio.
Y aparecerá una persona.
Alguien que no llega buscando un algoritmo. Llega buscando a otro ser humano capaz de escuchar su problema, explicarle qué dice la ley, advertirle cuáles son sus posibilidades y asumir profesionalmente la responsabilidad de acompañarlo.
Allí, cuando termina la pantalla, comienza aquello que ninguna revolución tecnológica consiguió todavía reemplazar: El abogado.
Cambiarán los códigos. Cambiarán los expedientes. Cambiarán los tribunales y las herramientas. Incluso cambiará buena parte de la manera de ejercer.
Pero mientras exista una sociedad habrá conflictos. Mientras haya conflictos harán falta reglas. Y mientras existan derechos, habrá personas que necesiten que alguien los defienda. Ese es el hilo invisible que une a Alberdi pensando las bases institucionales de una Nación en el siglo XIX con un abogado que hoy abre su computadora en un estudio de Pergamino.
Entre ambos hay más de dos siglos y una revolución tecnológica difícil de imaginar.
Pero permanece intacta una misma responsabilidad: poner el conocimiento del Derecho al servicio de las personas.





























