De 50.000 hectáreas a más de dos millones en dos años: el salto de los drones en el campo argentino
Hay cerca de 2.000 equipos operativos y unas 300 startups del sector. La adopción crece, pero la brecha entre la tecnología disponible y su uso real sigue abierta.

La incorporación de tecnología en la producción agropecuaria argentina dejó de ser una promesa para convertirse en una práctica medible. El caso de los drones lo resume: la superficie trabajada con esos equipos pasó de 50.000 hectáreas en 2024 a un millón en julio de 2025, y las proyecciones presentadas en Expoagro estimaban más de dos millones al cierre de la campaña gruesa 2025/26.
Según datos del INTA, la cantidad de equipos operativos en el país también se duplicó, hasta ubicarse en torno a los 2.000 drones en actividad.
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Del cultivo intensivo al lote extensivo
El recorrido de esta tecnología tiene una lógica que explica su expansión. Los primeros desarrollos se concentraron en economías regionales —cítricos, viñedos y arándanos—, donde la precisión en la aplicación resultaba más valiosa y los lotes, más manejables.
Desde allí el salto a la agricultura extensiva fue consecuencia de una mejora de capacidad: los primeros equipos trabajaban unas 10 hectáreas por día, mientras que los modelos actuales llegan a 35 hectáreas por hora, según el equipo y el tipo de aplicación.
Los especialistas del sector insisten en un punto conceptual. “El dron no hay que pensarlo como maquinaria, sino como tecnología”, plantean, para diferenciarlo de un equipo que reemplaza a otro. En la práctica funciona como complemento de la maquinaria tradicional, con ventajas específicas en terrenos irregulares, lotes de difícil acceso o situaciones donde el suelo no admite el paso de un equipo pesado.
Qué hace la inteligencia artificial en el campo
El otro eje de la transformación pasa por el procesamiento de datos.
La visión por computadora permite que cámaras montadas en pulverizadoras y drones identifiquen malezas y plagas en tiempo real, de modo que el agroquímico se aplique solo donde hace falta. El resultado combina menor uso de insumos, menor costo y menor impacto ambiental.
Los modelos predictivos procesan imágenes satelitales, historiales de rendimiento y variables climáticas para generar recomendaciones de manejo agronómico y anticipar rindes.
La gestión administrativa es un terreno menos visible pero de adopción creciente. El movimiento CREA documentó casos de productores que automatizan con inteligencia artificial la carga de liquidaciones, el seguimiento comercial y la generación de informes tributarios.
Sobre ese punto hay una advertencia que conviene registrar. Pedro Meriggiola, asesor del grupo CREA Barranca Yaco, señaló que la clave está en mapear los procesos antes de automatizarlos, porque la inteligencia artificial amplifica lo que ya existe: si el proceso es confuso, el resultado será más confusión.

El ecosistema local
La Argentina cuenta con alrededor de 300 startups del sector tecnológico agropecuario, según un relevamiento de Endeavor Rosario, una densidad que la ubica como referencia regional.
Dos factores explican esa posición. El primero es la alta proporción de ingenieros agrónomos por hectárea, una de las mayores entre los países productores y exportadores de alimentos. El segundo es la edad promedio de los productores argentinos, que se ubica entre las más bajas del mundo y favorece la incorporación de herramientas digitales.
En el plano institucional, el INTA conduce un programa nacional específico y una Red de Drones que articula con el sector privado. La Secretaría de Agricultura, por su parte, presentó el Mapa de Cultivos, una plataforma digital que combina imágenes satelitales, aprendizaje automático y relevamientos de campo para mapear la producción del país en cada campaña.
La brecha que no se cierra
Pese al crecimiento, distintos análisis del sector coinciden en que la adopción real no avanza al ritmo que permitiría la tecnología disponible. Los obstáculos identificados son tres.
El primero es la maquinaria. Buena parte de la digitalización depende de la tecnología incorporada en los equipos, de modo que la renovación del parque de maquinaria condiciona todo lo demás.
El segundo es el financiamiento, un factor que pesa especialmente en productores medianos y pequeños, donde la inversión inicial resulta difícil de justificar frente a la escala de la explotación.
El tercero es la capacitación. Incluso cuando la tecnología está disponible, persisten dificultades en la gestión de datos, la estandarización de criterios y la coordinación entre operarios, asesores y productores. La brecha de talento aparece señalada por el INTA y por empresas del sector como uno de los principales frenos.
Lo que viene: maquinaria autónoma
El próximo escalón ya está definido: equipos que combinen inteligencia artificial, sensores avanzados y sistemas de geolocalización para operar sin conductor.
Esa tecnología empezó a integrarse comercialmente en la región pampeana, aunque todavía en escala acotada. Su expansión dependerá menos de la disponibilidad de los equipos que de la capacidad de los productores para incorporarlos y operarlos con criterio.
En un sector que representa una porción sustancial de la economía argentina, la diferencia entre tener la tecnología y usarla bien no es un detalle técnico: es lo que define si la inversión se traduce o no en resultados.



















