Bayer y la agricultura regenerativa: del concepto al lote, el desafío de producir más y cuidar el suelo
Bayer lleva seis campañas evaluando sistemas productivos en distintas regiones de Argentina, con una red que actualmente alcanza unos 22 ensayos realizados a escala de lote. Martín Parco, referente de la compañía en agricultura regenerativa, explicó a LA OPINIÓN por qué el maíz resulta estratégico.

La agricultura regenerativa comenzó a ganar espacio en la agenda del agro, pero detrás de un concepto cada vez más utilizado aparece un desafío decisivo: evitar que quede reducido a un conjunto de buenas prácticas y convertirlo en un verdadero sistema de producción, capaz de integrar productividad, rentabilidad y sustentabilidad.
Ese es uno de los ejes sobre los que trabaja Bayer en Argentina. La compañía lleva seis campañas desarrollando experiencias en diferentes ambientes productivos y buscando generar información que permita determinar qué prácticas funcionan, cómo interactúan entre sí y cuáles son sus efectos sobre variables como rendimiento, carbono, materia orgánica y emisiones.
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En diálogo con LA OPINIÓN, en el marco del Congreso Nacional de Maíz que se desarrolla en Pergamino, Martín Parco, referente de Bayer para agricultura regenerativa, planteó que el primer cambio necesario es justamente conceptual.
“Nosotros enfocamos la agricultura regenerativa primero viendo la agricultura como un sistema. No cultivo a cultivo, sino tratando de ver cómo interactúan los distintos cultivos durante la campaña”, explicó.
La diferencia no es menor. Incorporar un cultivo de servicio, modificar una rotación o realizar determinado manejo puede ser positivo, pero sus resultados no deberían analizarse independientemente del resto de las decisiones agronómicas.
La agricultura regenerativa, desde esta perspectiva, observa simultáneamente lo que sucede sobre la superficie y debajo de ella, especialmente en relación con la fertilidad y la evolución de las propiedades del suelo.
“La parte regenerativa viene de cómo primero medimos qué es lo que estamos haciendo, cómo podemos ir mejorando y cómo podemos ir regenerando la cuestión edáfica, que es muy importante para seguir elevando los rendimientos”, señaló Parco.
Seis campañas generando información
Pasar de los conceptos a resultados comprobables requiere tiempo, ambientes diferentes y una cantidad considerable de información.
Bayer desarrolla actualmente una red de alrededor de 22 ensayos distribuidos en distintas regiones productivas del país. No se trata solamente de pequeñas parcelas experimentales: las experiencias se realizan a escala de lote y las unidades utilizadas tienen una superficie mínima de unas 50 hectáreas.
Dentro de esos lotes se comparan diferentes técnicas e intervenciones, buscando determinar cómo responde el sistema completo.
“Dependiendo de los ciclos y de las rotaciones de cada zona, empezamos a ajustar y adaptar ciertas intervenciones para potenciar o mantener el rendimiento y, al mismo tiempo, empezar a ver cuestiones edáficas”, explicó Parco.
El análisis incluye qué ocurre con el suelo, cómo evoluciona el carbono y la materia orgánica y cuál es la huella de carbono asociada a cada sistema.
La intención es generar evidencia que permita relacionar decisiones agronómicas con resultados concretos: determinada práctica produjo cierto efecto sobre el suelo, determinado comportamiento del carbono y determinada respuesta productiva.
Sobre esa información también se integran las diferentes herramientas disponibles, desde genética y semillas hasta protección de cultivos y tecnologías digitales como FieldView.
La digitalización adquiere en ese esquema un papel relevante porque llevar la agricultura regenerativa a escala requiere medir, registrar y comparar. Sin datos resulta difícil determinar si un sistema verdaderamente está mejorando o simplemente incorporó prácticas consideradas ambientalmente positivas.
El maíz, una pieza estratégica
El escenario elegido para la entrevista tuvo además una relación directa con uno de los cultivos que mayor importancia adquiere dentro de los planteos regenerativos: el maíz.
Parco fue contundente al explicar su relevancia.
“El maíz como cultivo es el más importante porque es el que más biomasa genera, es el que más biomasa aporta al suelo. Eso es potencialmente más carbono en el suelo”, sostuvo.
Su papel, entonces, excede ampliamente el resultado económico de una campaña individual. El volumen de rastrojo, el aporte de carbono y su integración dentro de las rotaciones convierten al cereal en una herramienta fundamental para construir sistemas más equilibrados.
Pero nuevamente aparece la mirada integral. No alcanza con sembrar maíz: también importa qué ocurrió antes de su implantación.
Un cultivo de servicio previo puede ofrecer múltiples beneficios, pero cuestiones como el momento de secado pueden terminar condicionando la disponibilidad de agua y nutrientes y, en consecuencia, la expresión del cultivo posterior.
Parco utilizó precisamente ese ejemplo para explicar por qué resulta necesario comprender las interacciones.
“¿Qué pasa con un cultivo de servicio previo al maíz? ¿Cuándo lo seco? ¿Cuándo no? Todas esas interacciones, si uno no hace bien las cosas, pueden impactar en el maíz”, señaló.
Por eso, genética, manejo agronómico, protección de cultivos, rotaciones y herramientas digitales dejan de analizarse como compartimentos independientes y pasan a formar parte de una misma estrategia.
Conocimiento, una primera barrera
La expansión de estos sistemas enfrenta todavía diferentes obstáculos. Uno de ellos es el conocimiento.
Según Parco, existe la necesidad de brindar al productor información que le permita interpretar las relaciones entre las diferentes decisiones que adopta dentro del establecimiento.
El productor argentino posee un elevado nivel tecnológico y conoce profundamente su actividad, pero muchos de los indicadores asociados a la agricultura regenerativa todavía resultan relativamente nuevos.
Conceptos como huella de carbono, carbono almacenado en el suelo o determinadas métricas ambientales comenzaron a incorporarse con mayor intensidad durante los últimos años.
“Hay muchos conceptos dando vueltas y es bueno transmitirle al productor qué significa cada cosa: la huella de carbono significa esto, el carbono en el suelo significa aquello. Son cuestiones a las que hasta ahora el productor no estaba acostumbrado”, sostuvo.
La generación de información local aparece entonces como una condición fundamental. Los modelos regenerativos no pueden trasladarse automáticamente de un ambiente a otro porque las rotaciones, los suelos, el clima y las limitantes productivas son diferentes.
Precisamente por eso la red de ensayos busca adaptar las intervenciones a las características de cada región.
El otro gran desafío: que cierre económicamente
Sin embargo, existe una segunda barrera que probablemente sea todavía más determinante: la económica.
La agricultura es una actividad productiva y cualquier transformación que pretenda alcanzar escala deberá demostrar que, además de mejorar determinados indicadores ambientales, puede sostener la rentabilidad.
Parco lo resumió desde una pregunta que escucha frecuentemente entre productores: “Yo hago todo bien, mejoro el suelo, tengo mis rindes estabilizados, ¿qué plus tengo económicamente?”.
Allí aparece uno de los principales desafíos que todavía enfrenta Argentina: desarrollar mercados capaces de reconocer económicamente esas mejoras.
“Hoy en día ese mercado dentro de Argentina no está; sí está en otras partes del mundo”, explicó.
En Europa, por ejemplo, determinados segmentos vinculados con producciones hortícolas y frutícolas comenzaron a generar mercados relacionados con carbono y agricultura regenerativa.
La expectativa es que progresivamente estos mecanismos puedan extenderse a otros productos y regiones.
La cuestión resulta central porque la sustentabilidad difícilmente pueda masificarse si representa únicamente un costo adicional para quien produce. Para convertirse en una práctica habitual deberá generar eficiencia, preservar recursos y, al mismo tiempo, encontrar mecanismos que recompensen económicamente los resultados obtenidos.
Una experiencia con soja que ya busca capturar valor
En ese camino, Bayer comenzó a trabajar junto con Bunge en una experiencia que permite incorporar productores argentinos a un esquema orientado al mercado europeo.
“Tenemos un convenio donde se pueden sumar hectáreas, en este caso de soja, para una exportación a Europa a través de Bunge”, detalló Parco.
Los productores pueden inscribir superficie de soja y, cumpliendo determinados requisitos, las actividades realizadas son trazadas y se calcula la huella de carbono asociada a esa producción.
A partir de allí existe la posibilidad de acceder a un diferencial en el precio final del grano destinado a exportación.
La experiencia introduce uno de los componentes considerados indispensables para llevar estos sistemas a mayor escala: vincular la mejora ambiental con un incentivo económico concreto.
Porque el productor puede adoptar tecnologías, medir emisiones, aumentar el carbono del suelo o mejorar las rotaciones, pero la adopción masiva será mucho más rápida si esos atributos encuentran reconocimiento dentro de la cadena comercial.
Medir para saber hacia dónde ir
Otra característica central del enfoque regenerativo es que obliga a medir.
No alcanza con considerar que determinada práctica “es sustentable”. Es necesario observar qué ocurrió realmente después de implementarla.
La evolución del carbono en el suelo, la materia orgánica, la huella de carbono y el rendimiento forman parte de los indicadores que permiten comparar sistemas. A ellos pueden incorporarse otras variables relacionadas con la eficiencia en el uso de los recursos y la evolución general del ambiente productivo.
El objetivo final es construir sistemas capaces de producir y simultáneamente preservar o mejorar el capital natural sobre el cual se sostiene esa producción.
En ese proceso, la tecnología digital y los datos permiten registrar lo realizado y generar evidencia durante varias campañas. La genética aporta potencial productivo; el manejo agronómico busca que ese potencial pueda expresarse; las rotaciones permiten diversificar el sistema; y la medición ayuda a determinar si el camino elegido efectivamente está produciendo mejoras.
De allí que la agricultura regenerativa no pueda resumirse en una receta universal ni en una práctica puntual.
Del ensayo a una nueva manera de producir
Después de seis campañas de trabajo, el gran desafío pasa por trasladar los aprendizajes obtenidos en los lotes experimentales hacia superficies cada vez mayores.
Los ensayos de Bayer ya se realizan en condiciones productivas reales y sobre superficies importantes. El siguiente paso será ampliar la cantidad de productores que incorporen estos criterios y, paralelamente, desarrollar cadenas comerciales que valoren sus resultados.
Para Parco, el mercado puede transformarse en el principal “driver” de esa expansión, acompañado necesariamente por una mayor difusión del conocimiento.
La agricultura regenerativa deberá demostrar, en definitiva, que mejorar el suelo y reducir determinados impactos ambientales no está enfrentado con producir más ni con obtener rentabilidad.
Y allí probablemente radique uno de los cambios más importantes que propone este enfoque: dejar de observar sustentabilidad y productividad como objetivos separados.
Consultado sobre si considera que inevitablemente la agricultura avanzará en esta dirección, Parco no dudó.
“Sí, porque el diagnóstico es el camino para mejorar. Con estas herramientas, sobre todo con la huella de carbono y con el carbono en el suelo, nos damos cuenta de cómo venimos y hacia dónde tenemos que ir”.
La mirada, además, supera la campaña agrícola inmediata.
“Hay que cambiar varias cosas para poder continuar a futuro, para lo que hacemos ahora, pero para las generaciones futuras también”, concluyó.
La agricultura regenerativa todavía tiene por delante el desafío de demostrar resultados, construir conocimiento, generar incentivos económicos y adaptarse a realidades productivas muy diferentes. Pero el camino comienza a trasladarse desde los conceptos hacia los lotes.
Y en una agricultura argentina acostumbrada a incorporar innovación, el próximo salto podría consistir justamente en eso: medir no solamente cuánto produce cada cultivo, sino qué deja cada campaña en el sistema que deberá volver a producir al año siguiente.































