El arte de haber sabido cultivar una amistad durante más de 70 años
Miguel Angel Lucarelli, Angel "Pelusa" Algañaraz y Gustavo Adolfo Rolando son amigos desde que eran niños. Se conocieron en la Escuela N° 22 y los unió la geografía del barrio "San José", en cercanías de la plaza, donde crecieron. Jamás se separaron. En la Semana de la Amistad compartieron un diálogo con LA OPINION colmado de anécdotas y un mensaje valioso respecto de la importancia de uno de los vínculos más importantes de la vida.

De manera indiscutida la amistad es uno de los vínculos más importantes de la vida de las personas. Y como toda relación humana, su capacidad de perdurar depende del deseo, el respeto y la determinación de cuidar al otro en cualquier circunstancia. Miguel Angel Lucarelli, Angel "Pelusa" Algañaraz y Gustavo Adolfo Rolando son amigos desde hace más de setenta años. Se conocieron en la Escuela N° 22 a la que asistían, pero no eran compañeros de grado. Su lugar común era el barrio "San José", como llaman ellos al sector de la ciudad en el que vivían o en el que confluían para compartir interminables horas de juegos y aventuras. "Ellos vivían en el barrio y yo, en la Avenida y Colón, pero iba a casa de una tía que vivía en calle Pinto y Francia", aclara "Pelusa". En la misma línea, Gustavo agrega: "Yo nací en Pueyrredón y Azcuénaga y después por el Plan Eva Perón mi padre pudo construir la casa a la que nos mudamos, enfrente a la de Miguel". Esa vecindad fortaleció el vínculo que los tres mantuvieron.
En la Semana de la Amistad compartieron un cálido diálogo con LA OPINION en el que abundaron en anécdotas e imborrables recuerdos. "La Plaza San José y el viejo Hospital eran la geografía de encuentro de un grupo más numeroso de chicos", refieren y también mencionan los potreros donde se disputaban los partidos de fútbol. "Podríamos decir que tres generaciones nos dábamos cita en el barrio, había algunos mayores que nosotros y otros varios años más chicos", refieren y mencionan que en aquella época los juegos y cualquier competencia deportiva era de "barra contra barra". Y abundan: "Nuestra barra, la de calle Pinto, era comandada por Omar Zuccarelli, ya fallecido; y la otra, la de calle Echevarría, era liderada por 'Lechuga' González", precisan. Y bromean: "Ya en ese tiempo había grieta, aunque mucho más sana que la de hoy".
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Algo natural
Reunidos en la casa de "Pelusa", donde se desarrolla el diálogo de la entrevista, aseguran que cuando ellos eran chicos las amistades se armaban de manera muy fácil, como algo "natural". "No había tecnología, ni demasiada sofisticación en los juguetes, no teníamos otra cosa más que el barrio, la calle y los amigos", señala Miguel y recuerda que "todo el día jugaban a la pelota".
El gran estadio de esos partidos de fútbol de "barra contra barra" era el predio que hoy ocupa el Colegio Industrial. "También la canchita que había en una de las esquinas del barrio y que usábamos siempre", agrega "Pelusa".
Los tres coinciden que lo que los unía a todos era el barrio. Y ese sentido de pertenencia fue constituyendo la base de la amistad. "La Escuela N° 22, la Plaza San José, el ombú, el Hospital eran nuestros", refieren recordando las innumerables veces en que una gomera terminaba rompiendo los vidrios del viejo Hospital o la ventanilla de algún auto estacionado alrededor de la plaza. "Nos caíamos del ombú de la Plaza San José, que era nuestro centro de juego, o nos pasaba cualquier cosa y nos cruzábamos al Hospital para recibir atención médica. Eramos 'los chicos del barrio' y en una ocasión un médico que nos atendió nos pidió que 'cuidáramos el Hospital', que nos aseguráramos de no romper vidrios ni causar ningún destrozo. Nos tomamos muy en serio su solicitud y desde ese momento nos transformamos en custodios del Hospital", relata Miguel en una anécdota que atesora, como conservan tantas de otras, inolvidables.
Es Gustavo quien destaca que lo más lindo de aquel tiempo era que "para poder ser amigos no hacía falta nada más que el deseo". "En ese tiempo todos éramos iguales, nos reuníamos en cualquier casa y tomábamos mate cocido, con pan o con alguna torta. No había diferencias de clases sociales, lo que teníamos en común era el respeto, algo que nuestras familias nos inculcaban", destaca.
Crecer juntos
A medida que fueron creciendo, lo que fue cambiando fue el escenario de los encuentros. Así apareció el Bar Querede, lugar de refugio indiscutido cuando "nos mandábamos alguna macana" o los bailes del Club Argentino, donde funcionaba "Blue Moon".
"Conocimos el cine en la matiné que se hacía los domingos a las 13:00", menciona "Pelusa" y recuerda que la entrada valía 80 centavos. "Llevábamos un peso y lo que nos sobraba lo usábamos para comprar un 'Candi Suizo' en la Plaza de Ejercicios, el conito salía 20 centavos. Lo comprábamos y nos volvíamos caminando hasta nuestras casas", agrega.
El mismo esfuerzo que hacían para reunir el dinero que cada semana los llevaba al cine cada domingo ponían en vender vidrio, hueso o fierro para contar con recursos para comprar pelotas de fútbol y las camisetas para el equipo de la barra. "Fuimos a 'Casa Casal', habíamos elegido la de Rosario Central pero terminamos con la de Estudiantes de La Plata, ya que eran las únicas de las que había 11 camisetas disponibles", comentan en la charla y la anécdota recrea que la identidad no la definían los colores de una camiseta deportiva sino el amor por el barrio y el culto a esa amistad que habían construido.
Un reencuentro añorado
Junto a otros crecieron juntos, y a medida que la vida les fue proponiendo armar su propio camino y conformar sus propias familias, casi sin proponérselo estos tres amigos se siguieron viendo. "Más lejos o más cerca por distintas circunstancias de la vida, jamás perdimos el contacto", refieren y cuentan que en 2009 decidieron hacer un "reencuentro" que reunió en la sede del Club de Viajantes a "todos los chicos del barrio".
"Convocamos a los de la calle Echevarría y a los de Pinto, teníamos ganas de juntar a todos los que nos habíamos criado en el barrio, en ese pedacito de ciudad comprendido entre Colón, Vicente López, Echevarría y Avenida", dicen y recuerdan que jamás vieron en los ojos de esos "chicos" que ya eran grandes, tanta alegría. En esa oportunidad también hubo un homenaje especial para los que ya no estaban. Fue así que dispusieron siete cubiertos en una mesa que físicamente no se ocupó, pero que simbólicamente les acercó el recuerdo de aquellos que ya se habían ido.
Luego de ese reencuentro numeroso y emotivo hubo otros. Incluso llegaron a contar con la presencia de un viejo amigo español que creció con ellos en el barrio y que años más tarde regresó a su país. "Fue maravilloso, coincidió que lo encontré en la calle sin saber que estaba en Pergamino, al principio no me reconoció, pero cuando le dije quién era, enseguida se entusiasmó con la idea de ser parte del reencuentro", relata "Pelusa", conmovido por el hecho de que ese gran amigo falleció tiempo después a causa de una grave enfermedad. "Tuvimos la dicha de volver a verlo y de que él se reencontrara con personas con las que había compartido buena parte de su infancia y juventud", resaltan.
Una cita irrenunciable
Asumen que el paso del tiempo los confronta con las ausencias, con algunas tristezas y quizás por esa razón es que por el momento no planean otro "gran reencuentro". Se contentan con lo vivido, y siguen honrando el ritual de ser tres viejos amigos sentados a la mesa de una cena que comparten en un restaurante local el primer viernes de cada mes. "Es un día especial, vamos a comer a 'los chinos', luego nos cruzamos a tomar un café", describen.
Le rinden culto a esa cita y están convencidos de que a lo largo de la vida han podido sostener la amistad porque han tenido el ferviente deseo de hacerlo. "Juntarnos es un modo de mantener viva la memoria", refiere "Pelusa" y confiesa que "nunca se acaba la charla porque son infinitas las anécdotas que compartimos cuando nos vemos".
En el sentido de esa reflexión, Miguel afirma que "la amistad es como el amor y reunirnos es un modo de alimentar la nuestra".
"Somos amigos porque nos da placer vernos, estar en la vida del otro y dejar que el otro forme parte de nuestro universo afectivo. Nos conocemos profundamente en la pobreza, en la miseria, en la riqueza, en los sufrimientos, en las alegrías. Compartimos todo. Es como estar un poco con uno mismo" reflexionan.
Un mensaje de amistad
Y sobre el final de la charla afirman con profunda convicción que hay un valor tan importante en la amistad que la gente no debería perder a sus amigos jamás. "A los amigos uno los elige y ellos lo eligen a uno, es un vínculo en el que siempre hay reciprocidad. Eso posee un valor infinito y hay que ser muy cuidadosos de las relaciones de amistad", expresan.
"La amistad es todo y el que la sabe llevar tiene una sana convivencia durante toda la vida. Es el motor que te impulsa", remarcan y vuelven sobre ese pedazo de historia común que comparten, allí donde está el ombú de la Plaza San José o los lugares que frecuentaban. Hay nostalgia, pero también alegría porque saben que son dichosos de haber tenido la fortuna de ser y tener esos amigos imprescindibles que hacen más llevadera la vida.
Ellos, como muchos que han formado parte de ese tiempo, en esa geografía cercana del barrio, saben que la amistad es un resguardo de identidad que estos tres amigos honran a diario con gratitud. Y saben que, si tuvieran la posibilidad de volver a vivir, volverían a elegirse: "Nos faltaría vivir la segunda parte", bromean sobre el final y en la complicidad de esa mirada afloran los recuerdos de tantos años compartidos.













