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Violencia y juventud: el indicador que marca la amenaza al futuro

10 de enero de 2020 a las 12:00 a. m.

Un estudio de la Organización Panamericana de la Salud reveló que el 50 por ciento de todas las muertes de personas jóvenes en América se deben a causas prevenibles como los homicidios, los suicidios o los accidentes de tránsito. Todas integran el grupo denominado muertes violentas y el indicador alarma por sus implicancias, exigiendo una profunda reflexión sobre las causas que subyacen a una realidad que es necesario abordar con premura.

La agenda diaria no siempre habilita una reflexión comprometida sobre este dato y los números de las estadísticas terminan siendo eso: apenas reportes. Sin atender que detrás de cada uno de ellos hay historias trágicas.

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La sucesión de hechos fatales que reflejan los medios masivos de comunicación, es lamentablemente solo una muestra de la realidad, el grupo de jóvenes de 15 a 35 años, es el sector de la sociedad más propenso a sufrir muerte violenta, sus tasas de homicidios, accidentes viales, suicidios y agresiones, se duplican y hasta triplican cada año.

Como si estos datos se fueran naturalizando, la sociedad parece acostumbrarse a ellos, como si los hechos solo hicieran mella en los allegados de quienes los sufren. Sin generar una conciencia colectiva desde la cual puedan plantearse soluciones radicales a un problema severo y trágico para la vida de cualquier sociedad. El alcohol, el consumo de drogas incrementa la estadística y genera el contexto apropiado para que hechos de violencia que tienen como protagonistas a los más jóvenes se multipliquen; mientras a la sociedad parece formársele una coraza de proyección que no hace sino potenciar la indiferencia. 

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Frente a esto no debiera ninguna comunidad quedarse anestesiada. Por el contrario, esta es una problemática que debe observarse con profundidad, ver qué se puede sumar para que las muertes violentas que se llevan temprano a los más jóvenes no sigan ocurriendo.

Los datos de la Organización Panamericana de la Salud lo señalan con claridad. Se está frente a una emergencia y son los propios jóvenes los que subestiman riesgos; y la propia sociedad la que distrae la mirada hacia cuestiones muchas veces banales.

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Urge ver lo que no se ve y asomarse a los dolores del mundo juvenil que están causando esta tragedia. Muchas veces en ellos está la clave de por qué el 70 por ciento de los jóvenes entre 15 y 24 años muere de manera violenta.  Si frente a ello pudieran mirarse otros indicadores, quedaría de manifiesto cómo se ha construido un mundo sin demasiado lugar para la reflexión. La pobreza, la falta de acceso a la educación, el descuido de los adultos que viven corriendo detrás de otras urgencias han roto la red de contención de un inmenso grupo poblacional y lo ha vuelto vulnerable.

Quizás sea tiempo de reflexionar para que los datos de un estudio no hagan sino alertar sobre datos que no estamos dispuestos a cambiar. Quizás sea hora de pasar de la preocupación a la acción y volver a mirar a los más chicos, que a la luz de estas estadísticas claramente están en riesgo.

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 Tal vez sea tiempo de hacer todo lo posible. Individual y colectivamente para que el sufrimiento de ellos, que subyace a la conducta que los pone permanentemente en riesgo, no caiga en el olvido. Y para que la vida de ningún joven más se convierta en la tapa de los diarios, en la crónica repetida de los canales de televisión y el lamento en las redes sociales. Cada chico que muere en una situación violenta debería motivar la alarma de toda una sociedad, y la acción.

Es hora, por lo menos de instalar la percepción del riesgo, muchas veces dormida, para que aprendan a cuidarse y que podamos cuidarlos. Hay mucha tarea de la comunidad de los adultos para que los jóvenes no siempre estén solos en sus decisiones, para que siempre tengan a sus adultos de referencia ahí, cerca para asumir un rol de contención y de escucha.

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 Frente a las estadísticas de un estudio y frente a la realidad que pega el cachetazo todos los días, hay una sociedad llamada a potenciar la vida de cada joven, aún la más frágil y vulnerable. En esta causa se pone a prueba la capacidad de las sociedades de volver a tejer redes que sostengan y la tarea compromete a todos, a cada uno individualmente, a las familias como institución, a los educadores, a la escuela, a las organizaciones de la comunidad y al Estado. Detrás de cada joven que pierde su vida en una situación violenta hay alguien que se fue temprano, que fue blanco de la indiferencia que le arrebató el futuro.

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