Una visión tangible lo hizo posible pero, ¿será viable?
La mayoría de los argentinos cree que los partidos políticos han fracasado como vehículo para canalizar visiones y planes de cambio. Un estudio publicado por el laboratorio de políticas públicas "Pulsar" de la Universidad de Buenos Aires decía a principios de agosto que el 57 por ciento de los encuestados giraba en torno a preferencias de cambio profundo en lo laboral, el régimen previsional y la economía. También, que el ajuste del Estado era necesario siempre y cuando no toque ni la salud ni la educación. En las Paso, el votante que quería un cambio profundo fue a las urnas y votó por La Libertad Avanza.
Las reflexiones políticas del lunes post-Paso repitieron que el enigma era explicado por la bronca, el hartazgo y la falta de respuestas del sistema político tradicional -o el establishment- ante fracasos que duran décadas. Pero más allá de la bronca, ¿hay otras explicaciones posibles? Sí.
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La comunicación política si no atrae una idea a una imagen, entonces se queda en el slogan del marketing. La Libertad Avanza encaminó su dispositivo discursivo con la novedad de lo palpable, una técnica que también fue empleada por el Frente de Todos en 2019 mostrando la campaña como alegoría al asado de todos los domingos. La Libertad Avanza justamente puso en el imaginario del votante lo que más ansía y más le falta: dólares. Capítulo aparte es el análisis sociológico (y hasta patológico) de la relación de la Argentina con la divisa extranjera, pero sí decir que cumple con dos condiciones nítidas para una campaña electoral. La primera es que evoca al pasado nostálgico de buen pasar menemista para algunos sectores de la sociedad, y la segunda que significa un vehículo para extinguir la imposibilidad de acceso al consumo o bienes tangibles escasos.
Dolarizar la economía es una visión tangible, palpable y nítida de un futuro prometedor. Con dólares se es más feliz porque con pesos ni a fin de mes se puede llegar, sería el impacto marketinero. La novedad de lo palpable enfoca en una sola idea toda la construcción narrativa de por qué es necesario el voto. Si se puede demostrar en algo tangible lo que significaría un futuro posible, entonces no hace falta ni siquiera hablar de libertad, que es justamente lo que se pierde al destronar la moneda soberana. Puesto a la inversa, el poder de lo palpable también puede forzar el error, como la propuesta de venta de órganos que rápidamente dio lugar a una merma de apoyo transitorio y que fue corregido con la potencialidad del discurso político económico. ¿Cuál fue la imagen del cambio de nuestras vidas o el todo o nada? ¿El índice de inflación fue la imagen del oficialismo o la impericia donde un presidente no habla con su vice, y viceversa?
La segunda variable fue la capacidad de conquistar el voto a fuego lento. La agenda libertaria no vende como discurso, pero sí aflora la necesidad de explicar qué significa una idea libertaria en etapas. Primero en contra del confinamiento y a favor de la actividad económica, segundo sobre la decadencia de la clase política, tercero sobre los efectos de una economía dolarizada y por último sobre la inflexibilidad de negociar políticamente con ningún sector mayoritario.
El cuadro se completa en la etapa actual sobre la capacidad de desmantelar estructuras solidarias del Estado a favor del laissez-faire in extremis. O, dicho de otra manera: el valor de la coherencia en el tiempo. La Libertad Avanza nunca cambió de ideas, discursos o limitaciones. Plantó bandera en etapas, con dispositivos tangibles y sin negociar el grado de implementación drástica de sus ideas. Aun en momentos de opinión negativa -como la compra y venta de órganos- no hubo cambio de rumbo. Hubo profundización, esquematización del mensaje con temas clave como la economía y la seguridad, y el encuadre perfecto salvador, anticasta y altisonante de una persona que entiende la dinámica del show y la performance individual. A grosso modo, Javier Milei aprovecha de antecesores como Trump, Bolsonaro, Abascal, Salvini y Orban para encarnar un personaje que no convalida el statu quo al mismo tiempo que es garantía de quiebre, escándalo y curiosidad. La coherencia del mensaje en el tiempo da dividendos importantes a los que creen en la disciplina y la constancia de su mensaje. Más cuando el mensaje vende eso que todos y todas necesitamos: un escape hacia otro lado, otro futuro.
El tercer punto de análisis es la transversalidad de la oferta electoral. La Libertad Avanza le habla a muchos públicos altisonantes: el joven, el jubilado, el apolítico, el ultra político, el liberal, el conservador, el que vive de changas, el que vive de rentas no declaradas, el que produce, el que consume, a las mujeres, a los hombres y hasta a los amantes de los perros. El entorno transversal de sus propuestas está pensado para definir lo que el espacio representa: un canal para vengarse de la inercia política de los últimos 20 años. No hay segmentación de las propuestas al estilo, por ejemplo, utilizado por Larreta o Bullrich, proclives a los consensos y al tema de la seguridad. Mucho menos a Massa, que apuntó su campaña a los terratenientes peronistas clásicos, al empresarial y filoperonista. El extremo fue Grabois, individualizando su voto a un universo marcado y geográficamente claro dentro del estrato social con necesidades básicas insatisfechas. Javier Milei, utilizando la transversalidad del canal único para visualizar la inconformidad con la realidad, logró instalar su temario y dar munición discursiva a sus seguidores en todas las áreas de impacto social: la economía, los impuestos, la salud, la educación, la clase política, los planes sociales, la inflación y el rol del Estado bancando la improductividad visualizada en el Conicet, por ejemplo. Tres tácticas que explican un triunfo político novedoso en la Argentina.
Ahora bien, en lo discursivo funcionó. Pero ¿es viable Milei? Es justo preguntar sobre el rigor técnico y la evidencia de cada una de las propuestas de La Libertad Avanza. Es más, si la gran razón del triunfo es castigar la traición al pueblo del establishment político, Javier Milei tiene como incentivo mayor mostrar que sus ideas son definitivamente superadoras y que no es parte de la casta. Eso solo se hace demostrando que sus ideas, por más dañinas que sean, tienen como resultado el bienestar generalizado del país y en tiempo récord. Al 30 por ciento de sus votantes no les interesa el medio, siempre y cuando el fin sea real y palpable. Por eso, la amenaza de desilusión es un riesgo para La Libertad Avanza. Si le ganan a la casta y después no hay resultados, ¿a quién se culpa? En un país con problemas de todo tipo, el votante en octubre debe realmente preguntarse si la decepción vale un giro tan brusco como el que plantea La Libertad Avanza. A modo informativo, se sugiere conocer cómo le fue al Reino Unido después del Brexit, a Estados Unidos después de Trump y a Turquía con Erdogan. Y otro apunte: los debates presidenciales en octubre deberían ser escuchados por la mayor cantidad de votantes posible.












