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Uso de redes en los más chicos: sin posturas radicales, nutrirse de saber para acompañarlos

02 de febrero de 2023 a las 12:00 a. m.

El uso de la tecnología forma parte de la vida y con sus beneficios y sus contras constituye parte esencial de las rutinas de todos los días. Sin caer en posturas contrarias a lo que el avance tecnológico aporta en términos de potencialidad, el espíritu de este comentario tiene más que ver con prestar atención a lo que está sucediendo en el mundo en torno a los abusos y poner la mirada sobre aquellos mecanismos que se van ideando para establecer ciertas reglas que posibiliten un empleo más consciente de los recursos que proporciona. Hace unos días, los apuntes volcados en este mismo espacio editorial sobre el posicionamiento y las advertencias de la organización Grooming Argentina, fueron en la misma dirección de esta reflexión que debe reiterarse y sostenerse para no perder de vista el bien supremo que subyace a esto: el bienestar y la seguridad de los más chicos.

Hablando puntualmente de las redes sociales, tan instaladas fundamentalmente en las poblaciones juveniles, hace apenas unas semanas las crónicas periodísticas internacionales daban cuenta que el ministro de Educación de Italia prohibía el uso de celulares en las aulas por considerar que los dispositivos representaban un elemento de distracción, además de una falta de respeto al profesorado. Así se abría un debate en torno a qué permitir y qué limitar en términos educativos. También a principios de este año, escuelas públicas de Seattle, Estados Unidos, iniciaban una demanda a grandes empresas tecnológicas, alegando que "sus redes sociales han creado una crisis sin precedentes, siendo responsables de empeorar la salud mental de los alumnos e impidiendo que sus centros lleven a cabo su misión educativa".

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Estos hechos mostraban una realidad que genera debates y controversias entre los defensores y detractores de la tecnología. Este diálogo social encontró su punto máximo cuando comenzaron a conocerse noticias del fallecimiento de adolescentes a causa de un desafío viral- algo de lo que nuestro país no fue la excepción-. Ahí se abrieron discusiones profundas que fueron más allá del uso de un determinado dispositivo tecnológico y se pusieron sobre la mesa reflexiones sobre la salud mental, las conductas adictivas que generan ciertas plataformas. También se puso en debate la actitud desaprensiva de los adultos que dejan el accionar diario de niños y adolescentes a la deriva del uso indiscriminado de las pantallas.

Hace días circularon interesantes producciones periodísticas y audiovisuales que convocaron a destacados expertos que describieron realidades y aportaron argumentos explicando muy bien las razones por las cuales es conveniente evitar el uso de pantallas en los niños. Mostraron evidencias científicas contundentes que refieren que "las pantallas son un impedimento para el buen desarrollo del cerebro de los niños, interfieren con su aprendizaje, las habilidades sociales y la regulación de las emociones.

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Siempre hablando de la sobreexposición, se pusieron sobre la mesa de discusión pública conceptos vinculados a los límites coherentes y se propuso un planteo profundo respecto de lo que la tecnología representa para la vida moderna y lo que genera en generaciones conocidas como "nativos digitales" que a esta altura de la historia no pueden prescindir de su existencia.

Como toda discusión en torno a cuestiones controversiales, aparecieron posturas radicales. Sin caer en ellas, el fallecimiento de adolescentes en distintos lugares del mundo, posibles víctimas de un "juego de moda" conocido como Blackout Challenge, debe convocar a una reflexión profunda sobre la realidad y sobre los vínculos humanos. Esto va mucho más allá de la tecnología y sus aplicaciones y apela a que cada uno desde su lugar sincere su postura y revise su rol. Esto compromete a familias, educadores, desarrolladores tecnológicos, medios de comunicación y al conjunto de una sociedad que deposita en la tecnología el uso de su tiempo y lo hace sin atender otras dimensiones de la vida que se juegan en torno a estas herramientas.

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Es indudable que el desarrollo tecnológico de los últimos años ha potenciado muchísimas actividades, trabajos, formas de relacionarnos y estilos de vida que no se nos ocurrían hasta hace poco tiempo. Sus muchísimas sus ventajas. Pero debemos saber que el uso de las pantallas y sus aplicaciones, sin la prudencia del caso, sin la concientización que los mayores tenemos el deber de brindar a los menores en la familia, se torna muy peligrosa. 

En este sentido, es necesario habilitar un diálogo genuino que socialmente considere un concepto fundamental: la concientización, algo que tiene relación con la conciencia, que tiene que ser formada, educada, cuidada y protegida. En el medio están nuestros propios usos de la tecnología y fundamentalmente el empleo que dejamos hacer en ellos, los más chicos, aquellos a los que sin prohibir debemos resguardar dotándolos de los mejores recursos subjetivos para que hagan del transitar por las redes, una experiencia saludable y nutritiva que nada tenga que ver con la exposición a riesgos que, con la mirada atenta de adultos responsables y conscientes, pueden prevenirse. Para ello es tarea sustantiva de los adultos, nutrirse de saber para poder acompañarlos.

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