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Un eslabón perdido entre los pueblos: Villa San José se debate entre la pertenencia y la pertinencia

22 de mayo de 2016 a las 12:00 a. m.
Un eslabón perdido entre los pueblos: Villa San José se debate entre la pertenencia y la pertinencia
'' Seis manzanas conforman la Villa San José. Allí, viven alrededor de 200 personas en una peculiar situación jursidiccional. (LA OPINION)

Si bien corresponde a la Delegación de Rancagua, y por ende al Partido de Pergamino, el pequeño poblado se encuentra a 17 kilómetros de allí pero solo a uno de “Arroyo”. Esta cercanía los hace sentirse parte de la localidad saltense y es allí donde asisten a la sala de salud y se abastecen. Sin embargo, dependen de la administración pergaminense. Sus reclamos no son pretenciosos: solo piden que se mantengan en buen estado las calles y limpias las alcantarillas. LA OPINION dialogó con los vecinos y con Sergio Martin, delegado de Rancagua.

DE LA REDACCION. Villa San José es parte de las más de las 12 localidades rurales que pertenecen al Partido de Pergamino aunque no está instalada en el imaginario. Es más, apostamos desde esta Redacción a que muchos desconocen su existencia. Es parte de Rancagua pero se localiza a 17 kilómetros del casco de este pueblo, lo que podría calificarla como otro pueblo. Esta gran distancia es compensada en lo cotidiano por una gran cercanía que es, precisamente, lo que le da más peculiaridad: Villa San José está a escasos 1.000 metros de Arroyo Dulce, que ya pertenece al Partido de Salto Argentino.

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El último censo, realizado por el Indec en 2010, arrojó que el pueblo cuenta con 145 habitantes contra los 152 que registró el censo de 2001. Pero en “la Villa”, como cariñosamente le llaman sus convecinos, aseguran que el número de habitantes es cercano a los 200, todos ellos ubicados en un radio de seis manzanas que completan la localidad rural.

Si bien corresponde a la Delegación de Rancagua, Villa San José se encuentra a 17 kilómetros por la ruta Nº 32 y a 14 yendo por el camino de tierra, distancia que da cuenta de que la Villa debería pertenecer, por su cercanía con Arroyo Dulce (ubicado a tan solo un kilómetro de allí), al Partido de Salto. En el camino de acceso a Arroyo Dulce se ve claramente la división: a la izquierda la zona industrial y a la derecha las seis manzanas que conforman la localidad rural.

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No se sabe cómo fue que se decidió que la Villa dependiera exclusivamente de Rancagua. Lo cierto es que sus pobladores se sienten más identificados con Arroyo Dulce que con Rancagua o Pergamino, la ciudad cabecera del Partido del que son parte. Envían a sus hijos a educarse a Arroyo Dulce, asisten a la sala de salud de dicha localidad, incluso hacen las compras y hasta pasean por sus calles, y hay quienes se animaron a decir en la conversación con el Diario: “Pertenecemos a Rancagua pero nuestro corazón está en Arroyo”.

 

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Vida de campo

La vida en el pueblo es tranquila. Recorriendo sus calles entoscadas, LA OPINION pudo apreciar cómo desarrollan su cotidianeidad los habitantes de la localidad. Una pequeña plaza es el espacio de recreación de los niños. Un almacén y un bar son los únicos lugares en los que los pueblerinos adquieren los comestibles y productos de primera necesidad.

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El trabajo agrícola es lo que movilizó a muchas personas a instalarse en la Villa y este no es un detalle menor ya que la labor rural determinó la idiosincrasia del pueblo en el que sus habitantes transcurren sus vidas: son campesinos, desprovistos de todos los servicios, exceptuando la luz que hace algunos años llegó de manos de la Cooperativa de Arroyo Dulce. Gracias a un convenio firmado entre esta localidad y el Municipio de Pergamino, la limpieza de las calles y la recolección de residuos, también es potestad de las cuadrillas de la Delegación de Arroyo Dulce, una lógica que responde al sentido común dado que Rancagua se encuentra a mayor cantidad de kilómetros que Arroyo Dulce y se le dificulta cumplir con determinadas tareas diarias. 

 

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Identidad definida

“Vivimos bien y tranquilos”, afirman los habitantes de Villa San José. La mayor parte de ellos nació allí y esto los motiva a afirmar, sin titubear, que en su pueblo “se vive bien”. El sentido de pertenencia lo demuestran a flor de piel y expresan que no podrían adaptarse a otro lugar. A la hora de los reclamos los vecinos no son pretenciosos, sólo piden por mayor mantenimiento, que arreglen los pozos que se formaron en las calles de tierra y que limpien las alcantarillas por las que drena el agua cuando llueve.

A diferencia de otras comunidades rurales, los pueblerinos no solicitan cloacas, ni gas natural ni la presencia de un club, ni que se organicen actividades de ocio. Su mayor anhelo es no quedar en el olvido y por eso su petición es que los funcionarios, que representan a los pergaminenses pero también a los habitantes de todos los pueblos de campaña, “se den una vuelta” por esas callecitas, y cara a cara, dialoguen con los vecinos para saber sobre sus inquietudes y por fin tenderles una mano en lo que consideren necesario.

 

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Hacer lo que se puede

Villa San José depende de la Delegación de Rancagua. Desde esta se han tendido lazos con Arroyo Dulce a fin de poder brindar asistencia a los habitantes de la Villa San José, quitando del medio las burocracias jurisdiccionales para dar paso al sentido común. Haciendo primar la pertinencia geográfica por sobre la pertenencia legal. Así, por un convenio firmado hace algunos años, se ha establecido que el regado de las calles y la recolección de basura deben ser efectuadas por las cuadrillas de Arroyo Dulce ya que el consorcio rural de Rancagua se encarga del mantenimiento de los caminos rurales de dicha localidad. 

En contacto con el delegado de Rancagua, Sergio Martin, LA OPINION pudo saber acerca de las dificultades que implica asistir a Villa San José que se encuentra a 17 kilómetros del pueblo. “Si bien Villa San José depende de Rancagua, nos queda a trasmano poder ofrecerles un óptimo servicio a los pueblerinos de allí. La situación se nos complica porque contamos el personal y las maquinarias justas para mantener Rancagua y tenemos que buscar días específicos para poder asistir a los vecinos. Hacemos lo que podemos”, aseguró Martin.

El contacto de la autoridad con los vecinos también es dificultoso; muchos de ellos prefieren buscar asistencia en Arroyo Dulce antes que en Rancagua, por una cuestión lógica: no todos tiene un vehículo para movilizarse hasta el pueblo del que dependen mientras que pueden acudir a pie o bicicleta a Arroyo Dulce, que está ubicado a solo un kilómetro.

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En este punto, el delegado explicó: “El contacto que establecemos desde la Delegación se da a través de algunos vecinos que son los referentes del pueblo”. A su vez se plantea una especie de “crisis de representación” porque muchos de los habitantes de la Villa tienen domicilio en Arroyo Dulce por lo que a, la hora de votar, pertenecen y lo hacen en el Partido de Salto cuando en realidad luego deberán interactuar con Rancagua,  pueblo del que son parte. “Por la distribución geográfica, quienes viven en la Villa deberían asistir a Rancagua a hacerse los controles médicos, por ejemplo, pero entiendo que por la distancia que existe acuden a Arroyo Dulce. No podemos juzgarlos en este comportamiento que es lógico”, reconoce el delegado.

 

Mantenimiento

En cuanto a los reclamos, quienes habitan la Villa solicitan el mantenimiento de las calles y la limpieza de alcantarillas, tarea que según Martin se complica llevar adelante ya que “la inestabilidad del tiempo hace que la máquina que se utiliza para el mejorado de calles, está abocada al arreglo de los caminos rurales de la zona, incluso no tenemos tiempo de mantener las propias calles de Rancagua. Estamos esperando que las condiciones del clima sean estables para poder hacer un trabajo más organizado”.

 

Sin agua potable

Los reclamos de las localidades rurales están abocados a solicitar los servicios básicos. Y la situación de los pueblos en este sentido es bastante uniforme, registrando todos alguna carencia: el que tiene cloacas no cuenta con gas natural, hay algunos que tienen más calles con cordones cuneta que otros pero en el caso particular de Villa San José, además de no contar con ningún servicio (salvo el eléctrico), están desprovistos de agua potable por lo que los pueblerinos deben asistir a la boca de expendio que tiene la escuela para llenar sus bidones y botellas para el consumo de este elemento vital. Para las demás acciones que  se realicen con agua, bañarse, limpiar, lavar o cocinar, utilizan el agua de pozo. 

 

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Ayuda

Con el objetivo de lograr un mayor acercamiento y que desde Rancagua se pueda brindar un óptimo servicio a la comunidad de Villa San José, el delegado propuso a Asuntos Rurales “contar con una persona dedicada al  mantenimiento diario, trabajo que se vería reforzado mensualmente por ejemplo con las maquinarias y el personal de Rancagua”. El espíritu de ayudar y asistir a los vecinos de Villa San José está presente en Martin, como seguramente lo estuvo en sus antecesores, pero la falta de recursos aparece como un obstáculo que puede ser atravesado sólo si existe la voluntad política de hacerse responsable de esta comunidad que “nos” pertenece.

 

Las almaceneras de la Villa

 

Griselda y Fernanda, madre e hija, son las almaceneras del pueblo. Griselda es oriunda de Entre Ríos y a los 5 años llegó a Villa San José de la mano de su padre, un campesino que desarrolló trabajos en la zona rural, por lo que hace 40 años que vive en el pueblo. Allí formó su familia, de la que es parte Fernanda, de 29 años. Su testimonio, al igual que el de mucho, pone de manifiesto la satisfacción de vivir en la Villa, y así los expresan: “Particularmente vivimos muy bien en la Villa, es nuestro lugar de origen, donde formamos nuestra vida, un lugar en el que decidimos quedarnos, del que no podemos estar lejos”.

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Trabajo mancomunado

Al igual que sus vecinos, Griselda no tiene mayores reclamos, solo piden lo indispensable para circular y preservar su patrimonio: “Nosotros pedimos que arreglen un poco las calles y que limpien las alcantarillas porque cuando llueve a muchos vecinos se les entra el agua en sus casas pero en líneas generales se vive bien”, afirmó y destacó que para tener buenas condiciones de vida es necesario el compromiso del Estado pero también la buena predisposición de los vecinos. “Los habitantes de este y de todos los pueblos debemos poner nuestra mejor voluntad, debemos trabajar, acompañando al delegado y expresándole nuestras quejas cuando sea necesario pero tampoco podemos pretender que las autoridades nos arreglen la vida. Hay problemáticas, como la limpieza de las alcantarillas o el arreglo de los pozos en la calle que deben arreglarlo la delegación pero existe una parte de la responsabilidad que debemos asumir los vecinos”.

 

Una vida distinta

Fernanda tiene 29 años y es la hija de Griselda, nació y creció en “la Villa”: “Todos los que nacimos o hace mucho tiempo que estamos en la Villa permanecemos acá”, señaló Fernanda y contó que vive tranquila en el pueblo porque ha desarrollado un sentimiento de pertenencia que no encontró en otra localidad. “Hice una experiencia en Salto, me fui a vivir ahí un tiempo pero volví a la Villa porque no me adapté. En la ciudad la vida es distinta, se vive con miedo, encerrados, acá hay libertad absoluta, nadie roba ni hace maldades”.

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Así hablan los vecinos de su lugar

 

En su recorrida por el pueblo, el Diario mantuvo contacto con los habitantes. Nada mejor que sus palabras para reflejar cómo ellos viven. A continuación un compilado de testimonios.

 

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Canaletas limpias

Maribel, desde muy chica, precisamente desde los 9 años, vive en la Villa; su familia es oriunda de Pearson. Al igual que casi todos los habitantes de San José, llegaron allí “arrastrados” por sus progenitores, la mayoría de ellos movilizados por el trabajo rural, labor que aún ocupa a muchos de los habitantes del pueblo.

En sintonía con lo que les sucede a todos, dice que “todo el tiempo vamos a Arroyo Dulce” para realizar tramitaciones, incluso a pasear. Allí educan a sus hijos en los establecimientos que existen y reciben asistencia médica.

Vive en una casa a la que  –asegura- se le entra el agua cuando llueve debido a que las canaletas están tapadas o directamente por la falta de mantenimiento terminan por desaparecer. Motiva esta dificultad que la joven pida simplemente que “mantengan limpias las canaletas para que el agua pueda correr y no se entre a las casas”.

 

Trabajo rural

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Karina llegó a la Villa cuando tenía ocho meses. Su familia arribó al lugar movilizada por el trabajo rural y se instaló en Arroyo Dulce pero ella fue criada por sus abuelos en la Villa. Actualmente tiene 35 años y un hijo pequeño, junto a su marido transcurre sus horas en la tranquilidad del pueblo, criando chanchos y yendo a “Arroyo” cada vez que necesitan algo o, en casos de mayor complejidad, llegando hasta Pergamino. Dice no sentirse identificada con Rancagua y está convencida de que su vida está en la Villa aunque reconoce que no ha progresado. Confiesa: “No somos muy unidos entre los vecinos pero así decidimos vivir, tranquilos”.

Como madre de un niño afirmó que ante un caso de emergencia recurre a la sala de salud de Arroyo Dulce pero por lo general asisten directamente al Hospital San José de nuestra ciudad.

El último censo nacional da cuentas de que en San José viven 145 personas. No obstante Karina cuenta que en los últimos años se han instalado familias cuyos padres se dedican al trabajo rural o en las empresas del agro que están apostadas allí.

En sintonía con el reclamo generalizado, Karina pide mantenimiento y limpieza para su pueblo. “Nos gustaría poder mantener limpio el pueblo, que se corten los pastizales que corresponden al Estado, que arreglen las calles y limpien las cunetas para que el agua pueda drenar bien los días de lluvia”, solicitó la vecina.

Orgullosa Karina expresó a LA OPINION y para que lo sepan todos: “Estoy muy contenta de vivir acá. Muchas veces mi abuela me propuso vender la casa y hacer nuestra vida en otro pueblo o ciudad pero no creo que podamos adaptarnos. Cada vez que visito a mi mamá en Arroyo Dulce, voy por unas horas pero después me siento molesta y necesito volver a mi pueblo, a mi casa”.

 

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La casa propia

Liliana valora la tranquilidad del pueblo al que llegó por sus hijos, todos trabajadores rurales que desde hace 10 años viven en la Villa. “Vivimos tranquilos y eso es lo importante. Cuando necesitamos algo urgente vamos a Arroyo Dulce y si no directamente viajamos a Pergamino o a Salto”, contó Liliana, al tiempo que hizo una petición especial: que el Estado municipal le permita acceder a un lote para hacerse su casa. “No tengo casa, vivimos ‘de prestado’ con mi hijo y necesitaríamos comprar un lote chico para poder hacernos nuestra casa”, agregó la vecina y se sumó al reclamo de los demás habitantes del pueblo al pedir que mantengan en buen estado las calles para que a nadie se le dificulte el tránsito.

 

La necesidad de estar en el pueblo

Juan nació y desarrolló su vida en San José, fue testigo del período en que “mandábamos cartas y en el remitente teníamos que poner ‘Villa San José, Arroyo Dulce’. Después empezamos a pertenecer oficialmente a Rancagua”.

Si bien reconoce que en muchas oportunidades debe concurrir a Arroyo Dulce, se siente vecino del Partido de Pergamino. Su vida laboral la desarrolló en dos firmas dedicadas al agro hasta que se jubiló. Es padre de dos jóvenes que por el momento viven en el pueblo.

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Consultado sobre los cambios que registró en la Villa a lo largo de su vida, Juan afirmó que “hubo muy pocos salvo el servicio eléctrico y algunas alcantarillas que se realizaron”. Y reclamó con expectativa, aprovechando la visita periodística: “Por estos días habría que mejorar las calles porque se formaron algunos pozos. El Municipio se comprometió a trabajar en la Villa pero se ha hecho poco. Nosotros no pretendemos que nos resuelva todos los problemas pero por lo menos que se acerque al pueblo para dialogar con sus habitantes, que nos pregunten qué necesitamos”. Con sus palabras, el vecino da cuentas de un fuerte sentido de pertenencia con su pueblo y esto motiva que no quiera “despegarse” de su lugar de origen. “Me voy de la Villa y puedo estar algunos días en otro lugar pero después me siento molesto y necesito volver al pueblo”, expresó Juan.

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