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Se descorre el telón del sindicalismo mafioso

28 de septiembre de 2017 a las 12:00 a. m.

Mirábamos por televisión ayer la confirmación de nuestras peores sospechas: el patoterismo, la corrupción y la violencia enquistada en una estructura gremial, escudada detrás de la bandera de apoyo a los trabajadores. El secretario general de la Uocra de La Plata, Juan Pablo “Pata” Medina, un personaje que habíamos conocido invariablemente por escándalos con golpes, tiros y supuestos pedidos de coimas, se mostró en toda su dimensión anunciando que si lo llevaban preso iba a “incendiar la provincia”. A los gritos desde el balcón del gremio y rodeado de trabajadores del sector que juraban lealtad hasta morir. Una imagen que aun siendo bizarra generaba miedo, por lo primitivo de la reacción de los acólitos de este dirigente temido por empresarios e idolatrado por gran parte de los obreros de la construcción de la capital bonaerense. 

Finalmente el dirigente se entregó a la Justicia y también quedaron detenidos otros miembros del gremio y parte de su familia, a raíz de un pedido de la fiscal federal de Quilmes, Silvia Cavallo, aprobado por el juez Luis Armella, que lo investigan por lavado y asociación ilícita, además de cargos varios por extorsión.

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La historia de Medina, ampliamente difundida por estas horas en los medios, sirve de ejemplo para comprender cómo, tendiendo como ardid la defensa de los derechos de los trabajadores, se logra generar una estructura de poder mafioso de alto impacto. Los que viven en La Plata saben que se debía pagar al “Pata” para poder levantar edificios en el casco urbano, incluso con la entrega de alguno de los departamentos que construían, o de la cantidad de obreros afiliados al sindicato que se deben contratar para poder desarrollar un proyecto privado; incluso el Estado fue presa de las maniobras mediante el estiramiento de los plazos de construcción adrede para cobrar más. De lo contrario las obras se paraba, corrían las amenazas y si hacía falta la intimidación directa a golpes de puño o con una balacera. Lo curioso es que hace 20 años que se construye este poder mafioso y sin embargo, hasta ahora, la Justicia no había podido avanzar en esas investigaciones.  Y no porque no hubiese denuncias de empresarios ni escándalos violentos. El tema de ser los “defensores” de los sagrados derechos de los trabajadores siempre, de algún modo los amparó. Y su poder de movilización política, también, para qué negarlo. En fin que nadie se atrevió a enfrentarlos, ni desde lo judicial ni desde lo político.

“Pata” Medina, cuyo ámbito de acción se circunscribe a La Plata, cobró notoriedad nacional el 17 de octubre de 2006. Ese día, una facción de la Uocra platense que él lideraba se enfrentó a los tiros con un sector del gremio de Camioneros, que conducía Hugo Moyano. Fue durante el traslado del cuerpo de Juan Domingo Perón a la quinta de San Vicente. Poco tiempo después, el 29 de marzo de 2008, el dirigente gremial, su hijo, su cuñado y 300 obreros de la Uocra se movilizaron hasta Ensenada para protestar por la decisión del municipio de realizar una obra de desagües pluviales contratando trabajadores de una cooperativa de desocupados. Medina pretendía que los obreros fueran tomados de los listados que manejaba el gremio y el incidente derivó en la toma del predio de la destilería de YPF. En la inundación de 2013, grupos de obreros de la Uocra golpearon y corrieron a militantes kirchneristas de La Cámpora que pretendían monopolizar la asistencia social a los damnificados por el temporal. En el verano siguiente, resolvió a los golpes una detención por una infracción de tránsito en la ruta Nº 11. Su hijo se sumó a la paliza contra el agente de tránsito.

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Una relación fuerte con la política que dejaba hacer y una Justicia acobardada y con escasas convicciones permitió que este personaje, como sucedió con otros como el “Caballo” Suárez que coimeaba a todos los que pretendían hacer negocios sobre el agua, vivieron décadas en una impunidad absoluta. Y no solo nos referimos al kirchnerismo, seamos serios: la mayoría de la dirigencia gremial fue afincando su reinado entre hace 20 y 30 años y algunos más. De modo que los gobiernos pasaban y los sindicalistas seguían acumulando dinero personal y poder. 

Son dirigentes que, por otra parte, no descuidan su “quintita”,  porque para tener contentos a los afiliados les organizan festejos para ellos y su familia, promueven medidas de asistencia social, cuidan sus campings y los hoteles para las vacaciones. El problema es que no lo hacen por los trabajadores sino porque esos beneficios son tapaderas de sus negocios personales, por los cuales la mayoría de los jerarcas sindicales se han convertido en millonarios. Y es así como con el clientelismo del afiliado y con algunas mañas bien estudiadas ganan eternamente las elecciones sindicales y se mantienen en sus sillones. Precisamente con estas acciones, el “Pata” Medina logró armar un ejército de seguidores que lo han apoyado durante los últimos años, como sucede en muchos sindicatos.

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En el caso particular de la construcción, los recursos económicos para este tipo de eventos y para lo que se quedan en sus bolsillos ni siquiera es genuino, es decir, no proviene del rol de administradores de los aportes y contribuciones que estipula la ley sino todo lo contrario. Amén de los negocios interconectados como los que montó Medina, buena parte de la recaudación tenía que ver con inspeccionar las condiciones en que estaban trabajando los obreros y en caso de encontrar gente en negro, no proceder como es debido exigiendo a la patronal su inscripción sino solicitando una suma para no “joder” más. No solo no cumplían su rol sino que operaban totalmente en contrario.

Queremos creer y creemos que no todo el sindicalismo es igual. También entendemos y valoramos la labor gremial. Por la gente honesta que hace esta labor y por la reivindicación de la actividad de cara a la sociedad y a los propios afiliados, ha llegado la hora de que el sindicalismo comience su sinceramiento y depuración, porque al fin la dirigencia corrupta que es apoyada, por acción o complaciente silencio, por el resto, en una suerte de omertá incurable, corre el riesgo de que al final se los lleve a todos la misma tormenta. A través de estos ejemplos mafiosos la sociedad termina cuestionando al sindicalismo en general y más temprano que tarde la actividad caerá en un descrédito mayor al que ahora ya tiene. Esta, más que la judicial, es la tarea principal por venir, porque los gremios históricamente se han acostumbrado a protegerse unos a otros como un sistema aceitado de supervivencia. Sin embargo en los últimos tiempos, además del acoso judicial que sufren algunos, otros vienen padeciendo la rebeldía de las mismas bases, producto de jerarcas sindicales que a la par de hacerse millonarios han descuidado la defensa de los derechos de sus afiliados. 

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El sindicalismo, como una actividad noble y necesaria para la defensa de los derechos laborales de los trabajadores, debe retomar un cauce distinto en función de la realidad que vivimos, a la situación de los afiliados y, sobre todo, a exhibir una situación de vida acorde a la tarea que se desarrolla. De lo contrario con estos jefes de sindicatos que se hicieron millonarios, se corre a estas horas el riesgo de tener que aceptar que no puede defender a sus adherentes porque es tanto lo que tiene que esconder que debe traicionar a su propio gremio para no terminar judicializado o detenido.

No se trata de prescindir de los gremios, de lo que se trata es de tener sindicatos serios, sin mafiosos, sin corrupción y sin colegas que los encubran. Porque es un ámbito el de la CGT en el que cada secretario le cuenta las costillas al otro. 

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Que sean organizaciones que se dediquen a defender a los trabajadores y no a hacer ricos a algunos “capos” a costa de ellos. Solo eso. Para ello, es elemental que se revean los estatutos y se establezcan plazos a los mandatos. Para que la posibilidad de renovación sea, al mismo tiempo, la posibilidad de nuevos bríos a la conducción y un aliento en la nuca para quienes detentan el poder de turno.

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