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Salir de la queja individual a la acción comunitaria

17 de septiembre de 2017 a las 12:00 a. m.

Pergamino nació y creció por el efecto de sus vecinos, de sus ansias de progreso, de su forma asociativa para lograr objetivos, hasta no hace muchas décadas en las cuales el poder municipal comenzó a tener un peso más decisivo en las definiciones de la ciudad.

La realidad es que el fuerte movimiento vecinal que existía, las entidades de fomento que funcionaban, las cooperadoras escolares, hasta los grupos parroquiales, todo se fue paulatinamente extinguiendo, quedando solo algunas expresiones aisladas –y casi vacías de gente – respecto de lo que antes eran sectores movilizados por la sola idea de tener una ciudad mejor, una escuela mejor, un barrio mejor. Hoy persiste la queja pero está ausente la participación, el interés proactivo. 

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Resulta extraño –o no- que las únicas agrupaciones que concitan la participación ciudadana sean los partidos políticos. No está mal que así sea, pero que allí donde la participación es desprovista de ideología y con un fin específico, donde se ejercen las primeras experiencias de gestión hacia la sociedad y con los gobiernos de turnos, habla mal de nosotros como sociedad. Porque es en esos ámbitos donde se pelea cuerpo a cuerpo por las problemáticas cotidianas y pertinentes y todo se hace por el solo propósito de estar mejor, sobre la base de logros que desde su génesis son asequibles, no ideales retóricos o ajenos a la realidad que nos toca como vecinos de un barrio, socios de un club, de una sociedad de fomento o miembros de una asociación de padres de escuela.

Aquellas épocas doradas en que las convocatorias por una causa común eran masivas, que de allí surgían entidades intermedias y experimentados dirigentes que luego saltaban a la arena política, ya no existen y realmente hacen falta.  

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Pareciera que si no hay perspectiva de que en la misión se obtenga “una moneda” para el sostenimiento de la idea (que tristemente algunos se interesan en rapiñar) no nace el interés por pasar de la simple queda de lo que nos pasa a la acción para estar mejor. Ahora, si hay plata (o expectativas de ella) de por medio, la convocatoria es exitosa. Fijarse si no que los partidos políticos (especialmente los grandes) siempre cuentan con gente en su seno, cosa que se diluye hacia los partidos más pequeños y desaparece si se trata de una entidad civil sin fines de lucro, que a duras penas pueden constituir una comisión directiva para dar cumplimiento a sus estatutos. 

Se percibe, además de desinterés, una comodidad en la delegación en otros bajo el concepto de “cliente”, ya sea por ser pagadores de impuestos, de una cuota social de un club, de un arancel al colegio o a la asociación cooperadora. La consideración es que este status de pagadores de servicios nos exime de participar en la búsqueda de soluciones pero nos tiene muy presentes y activos (aunque de un modo negativo) desde el lugar de la queja. 

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Evidentemente los tiempos cambian y a veces no para mejorar el estado de cosas, como es el caso que nos ocupa. Hoy es aceptado que la gente se interese y se congregue con interés visible en espacios donde hay fondos para desarrollar tareas. Y esto dice mucho de cómo somos los pergaminenses, esperando que el poder de turno (gobierno, dirigentes del club, presidente de la comisión de fomento) nos resuelva todas las problemáticas y, obviamente, ejerciendo la crítica impiadosa y a veces desinformada respecto de lo que hacen otros. En definitiva estamos perdiendo aquella capacidad de creer en nosotros mismos, en desarrollar capacidades ciudadanas para ayudar a cambiar nuestro ambiente urbano más cercano, a mejorar la escuela donde van nuestros hijos, a participar siquiera en los organismos de control que ofrece el Estado, que no se ponen en marcha, sencillamente porque los vecinos deciden no concurrir, como es el caso de la Veeduría Ciudadana, pensada para canalizar y buscar soluciones conjuntos a los problemas del transporte urbano. Si de algo se quejan de manera general los pergaminenses es del servicio de La Nueva Perla, sin embargo apenas tres o cuatro personas se acercaron para integrar este espacio que pretende controlar y hacer cumplir los compromisos a la empresa, a partir de plantear los usuarios, de manera directa y formal, sus quejas y sugerencias.

Las iniciativas ciudadanas, en su definición, son procesos informales de práctica comunitaria que modifican de forma resiliente y adaptativa el entorno urbano.  Son prácticas auto-organizadas, colectivas que trabajan por el empoderamiento urbano de la ciudadanía y desarrollan procesos críticos sobre la ciudad actual. Entendemos a las iniciativas ciudadanas como agentes que promueven la innovación social en los entornos donde operan. Y sobre todo si tenemos en cuenta que estas iniciativas se pueden asociar y es muy positivo que así sea, al poder comunal, los resultados pueden ser verdaderamente exitosos. 

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Esta práctica está ausente en la mayoría de los argentinos y de los pergaminenses; hacemos de la queja un deporte pero no destinamos tiempo ni creatividad a la búsqueda de mejoras. Sin esta parte de la historia, pasamos a ser simples detractores de todo, ausentes de los orígenes de los problemas y de la gestión de las soluciones. Y cuando una tentativa de cambio aparece, solemos alzar la voz de queja nuevamente, desde la comodidad del hogar. Sin haber sido parte, siempre somos jueces.

Cuando hablamos de iniciativas ciudadanas no incluimos grupos de protesta o reivindicación, que son otra cuestión, sino formas asociativas naturales que se forman de abajo hacia arriba, que son canales de participación y son claramente proactivas. Porque en general las autoridades comunales trabajan sobre demandas que tienen los vecinos en los distintos sectores donde viven y que se relacionan casi exclusivamente con los servicios, la obra pública, pero hay un espectro del urbanismo que es más cultural que político y necesita de la participación de la comunidad.

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Esto que vemos en los barrios o en el centro de la ciudad, también lo vemos en las escuelas donde la comunidad educativa no parece interesada en involucrarse, porque en el fondo aunque se declame interés por la educación, muchos padres no parecen realmente preocupados por el ámbito donde sus hijos desarrollan sus tareas de instrucción. Solo se ocupan cuando algo les “toca” directamente a su niño, pero no están presentes en las necesidades de la escuela, ya sean sociales o edilicias. Les gana la vida apurada que todos viven y el desinterés como regla general. Lo mismo sucede con los clubes sociales y deportivos, donde las comisiones se renuevan año a año moviendo de un cargo a otro a las mismas personas porque nadie se suma, a pesar de que la masa de socios crece y con ella las necesidades. En nuestro informe central de hoy se muestra la realidad de dos hogares de ancianos de que son denodadamente administrados ad honorem por grupos de señoras que han estado en la tarea por años, y sus cuerpos y mentes necesitarían un descanso y la frescura de nuevas generaciones que se incorporen con su impronta a la labor. Pero estas personas no aparecen, no se comprometen, en este caso por caridad, sin pensar siquiera que tal vez la vida en algunos años las encuentre alojadas allí.    

Las asociaciones de fomento fueron, junto a las administraciones municipales de turno, las responsables de haber transformado muchos barrios de nuestra ciudad. Los vecinos acompañaban estas estructuras para lograr que se urbanizara su sector y así trabajaban codo a codo con las autoridades, vigilaban las obras que se estaban haciendo, advertían sobre problemáticas urbanas y tenían obsesión por el progreso. Es así que cada barrio luchaba por sus espacios verdes, las cloacas, el agua, se anotaban en listados oficiales para ver cuándo les tocaban las obras. De la mano de ellas creció la ciudad, marcando en cierta manera el rumbo a los gobiernos, y de ellas surgieron luego funcionarios que llegaron al Municipio con una mochila cargada de experiencia de gestión y sensibilidad social. 

 

Da la sensación de que los pergaminenses nos quedamos sin sueños, sin impulso, esperando sentados en la Plaza Merced a que la Municipalidad lleve una obra a un barrio, lo que felizmente viene sucediendo, pero sin la participación activa de la iniciativa vecinal. De este modo el urbanismo como concepto cultural se ve acotado a su expresión más pequeña. Y la verdad es que termina siendo una actitud preocupante, porque la ciudad donde vivimos es nuestra casa grande, el ámbito donde socializamos, las calles que recorremos y los espacios públicos que disfrutamos. Del mismo modo que sucede con la escuela de nuestros hijos, de las entidades intermedias que nos ofrecen canales de participación. Volver a participar de aquellos espacios asociativos donde no es el dinero el que convoca sino el ansia de progreso. Quizá podríamos plantearlo en términos de afecto y decir que debemos volver a enamorarnos de la ciudad, sus entidades y sus posibilidades de progreso.

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