Ramón Lozano: un nombre que junto al de su socio, fue símbolo en el mundo de los repuestos
Ramón Omar Lozano, “el negro” o “el cabezón” como lo llaman tiene 80 años. Vive solo en su casa y extraña a su esposa y compañera de vida que falleció hace apenas tres meses. La nostalgia convive en el relato de su perfil pergaminense con su sentido del humor, siempre presente, aún en las lágrimas. Fue uno de los responsables de la firma Darder y Lozano, una empresa emblemática de Pergamino, que hoy producto de dificultades financieras y contingencias comerciales forma parte de la historia.
“A mí me fue muy bien durante mucho tiempo, pero a la par de ello también tuve mucha mala suerte”, refiere Ramón en el inicio de la charla. Tiene dificultades para caminar, así que permanece siempre sentado y lo esperan sobre la mesa del living sus lentes de leer y un reloj como si no le importara ya el transcurso del tiempo.
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Lo primero que trae a la conversación son los recuerdos de su infancia. “Nací en Alberti y Saavedra, siempre viví en la zona del Centro, mi mamá alquilaba casas grandes y las hacía conventillos, éramos muy pobres”, señala y entre las anécdotas de su infancia aparecen los tres años de escuela primaria hechos gracias a la generosidad de los Hermanos Maristas que constituyeron su única escolaridad. Lo demás que sabe se lo dio la vida y el andar incansable tras sus metas.
“Fui hasta tercer grado, vivía cerca de donde funcionaba en ese tiempo el Colegio Maristas y una vez iba a la Cámara de Comercio, el hermano León me preguntó por qué no iba a la escuela, le dije que no sabía, entonces le propuso a mi madre que me mandara, no nos cobraban a cambio de que yo ayudara a un tal Di Fedi en la cocina. Así fue como comencé la escuela.
“Esos tres años fui el primer promedio, salíamos a las 12:00 y volvíamos a la tarde, me gustaba estar allí, pero hice sólo esos tres años, después fue tiempo de trabajar”, agrega.
“Tuve suerte, a los 8 años estaba trabajando, un día pasé por Tienda Neira y necesitaban un cadete, recuerdo que el padre de las profesoras cuando llegué me dio un trapo y un balde porque tenía que limpiar el piso, a mí no me gustaba y además no sabía hacerlo. A la tarde cuando vuelvo, me encontré con un muchacho de apellido López al que me atreví a decirle que no sabía lavar los pisos ni ocuparme de la limpieza, enseguida me dijo que él trabajaba a la vuelta y que se iba, gracias a él y por esas cosas del destino comencé a trabajar allí con Jorge Zimerman en una casa de repuestos que era distribuidora de Pirelli”.
Ramón recuerda que ese trabajo en el que estuvo diez años lo fue consolidando en su pasión por los repuestos.
Se salvó del Servicio Militar cuando tenía 17 años por ser “sostén de familia”. “Eramos mi mamá, mi papá que era colectivero en La Paz y mis hermanos, todos éramos muy pobres así que con lo que yo ganaba tenía que ayudar, siempre me acuerdo que cobraba el sueldo y me iba al almacén a comprarle cosas a mi mamá”.
“Cuando me toca el Servicio me salvé por sostén de familia. Tenía papá y éramos cinco hermanos conmigo, se me murió un hermano de 17 años mayor que yo. Mi papá, Ramón Lozano, era colectivero de La Paz. Pero yo tenía que ayudar, iba con el sueldo al almacén de la esquina y compraba las cosas para mi mamá, María Luisa”.
Armar lo propio
Como un apasionado por los repuestos, desde muy joven Ramón albergó el sueño de tener su propia empresa. “Mi patrón me descontaba el 10 por ciento del sueldo y lo depositaba en el Correo, en ese tiempo eso era una obligación, era un ahorro, así que con el dinero que había juntado empecé a pensar en ser repuestero de autos”, cuenta.
“Me fui a Buenos Aires, retiré el dinero en el Correo y como otra casualidad de la vida, en una casa de repuestos encontré a un señor que había sido cuñado de Zimerman y me consiguió la posibilidad de ser viajante de una casa de repuestos; me compré un auto viejo y una moto muy buena y empecé, creo que fui una de las personas que más kilómetros tengo recorridos”.
Explica sus dinámicas de trabajo de la siguiente manera: “Era viajante. Iba a los talleres y preguntaba lo que necesitaban, agarraba la moto, iba a Buenos Aires, lo compraba y lo traía, todo en el día”.
Darder y Lozano
El negocio con Bernardo Darder “El gordo”, lo emprendió cuando tenía 22 años. Su socio, apenas 16. “Su papá me había prestado dinero para arrancar, iniciamos con un taller en 9 de Julio 627 y estuvimos casi 50 años juntos, sin ninguna diferencia.
“Darder y Lozano constituyó mi actividad laboral más importante, después tuve mala suerte, y fue una historia muy complicada, tuve que presentar quiebra”, dice y todavía se angustia cuando recuerda aquel tiempo que asocia también a circunstancias tristes de su vida, por cuanto, previo al final de la empresa, tuvo que tomar la decisión de irse a vivir a Cuba por una grave enfermedad que afectaba a su mujer.
“Me fui a vivir a Cuba para que ella se rehabilitara, lo consiguió y estuvimos como un año allí, después volvimos y fue muy duro porque mi socio había muerto a los 62 años, nos fundimos, presenté quiebra, fueron tiempos muy complicados”, relata.
“Después del negocio traté de hacer otras cosas, vendía algunas cosas, pero actividad comercial no volví a tener”, agrega.
Durante su vida a la par de Darder y Lozano, Ramón se vio tentado a emprender otros proyectos. “Tuve supermercado, que se llama ahora El Mago, en Avenida y Moreno, después tuve otro, el Supermercado Ameghino, pero eso ya es parte de la historia, hoy ya estoy jubilado, vivo solo aunque tengo un matrimonio con chicos que me acompaña y son muy buenos conmigo”.
Su compañera
En varios momentos de la charla, Ramón llora por la ausencia de su compañera de vida y confiesa que es “muy dura” la soledad para él.
“Hace tres meses que quedé viudo, mi esposa María del Luján, ‘Chicha’ Lozano, como la conocían, era todo para mí, estuvimos 52 años juntos sin discutir un solo día”, recuerda y siempre que la nombra lo hace con un profundo respeto por esa mujer con la que compartió “toda la vida”.
“Ella enfermó cuando tenía 48 años, pero se recuperó y vivió 30 años más, no caminaba pero estaba muy lúcida, nosotros fuimos muy compañeros y muy felices.
“Ella era catequista de la Iglesia de Lourdes, compartíamos tiempo en la Iglesia, de hecho fui los otros días por el día de la Virgen”.
Se define como un hombre de fe y cuenta que es cursillista desde hace muchos años.
Dice que la conoció de chico, porque ella vivía a la vuelta de su casa. Se casaron cuando Ramón tenía 28 años y tuvieron un hijo: Gabriel Lozano, que casado con Mirna Bosco le dio dos nietos: Juan (14) e Ignacio (13).
Deporte y muchos amigos
Durante la entrevista cuesta desprender a Ramón del dolor por la muerte de su esposa, y de las anécdotas de la vida comercial, tal vez porque esas cosas conformaron el eje sobre el cual estructuró su vida. Por fuera de eso, señala que en una época se dedicó al deporte, jugó al fútbol en Sports, corrió en bicicleta aunque él mismo dice que “era malo” y también corrió en moto.
También supo cosechar buenos y entrañables amigos. “Algunos ya me han ganado de mano y partieron, como mi socio”.
No menciona a mucha gente durante la entrevista. Sí a “Paco Darder, a quien quiero y me quiere”. También a Julio De Sautu, un amigo que siempre está.
Superar la pérdida
Ramón está de duelo y lo dice sin pudor. También lo demuestra en varias partes del relato, cuando acerca las anécdotas de una vida que ha sido intensa.
“Tengo muchos recuerdos y si volviera a vivir, haría todas las cosas que hice, no cambiaría nada; porque nunca actué de mala fe, me fue muy bien y arranqué siendo muy pero muy pobre”, señala.
En algún sentido aún le pesan los avatares de la vida. Le pesa la quiebra aunque asegura que “si pudiera volver el tiempo atrás, haría lo mismo, creo que no le debo nada a nadie y si le debo me olvidé”, dice con la cuota de humor que parece ponerle a cada circunstancia.
A pesar de esa impronta de llevar adelante los proyectos y de anteponer la salud de su esposa a cualquier otra situación de la cual ocuparse, Lozano no se considera un emprendedor, sí “un hombre que ha tenido muchas oportunidades”.
Tiene dificultades para encontrarle un sentido cierto a su presente. “Voy al bar de la estación de servicio y comparto un café con Julio De Sautu, que siempre me trae hasta casa; durante muchos años fui a desayunar al bar de la Estación del Ferrocarril Mitre, de hecho en la vitrina hay una foto mía en la que estoy hecho un bacán”, dice y ríe.
Tiene mucho sentido del humor y esa es una cualidad que lo ha acompañado. “Tengo una chispa desde siempre”, señala y recuerda que un día lo convocó Gerardo Sofovich. También es amigo de Tristán y menciona las épocas en las cuales este personaje con el que comparte el código del humor, trabajaba en un bar.
Confiesa su amor incondicional por Pergamino. “Me gusta mucho esta ciudad, y esa es una de las razones por las cuales sigo viviendo acá”.
Hace 50 años que vive en el mismo lugar. Es una casa sencilla que construyó desde los cimientos. Allí está su historia, en sus innumerables anécdotas de lo que él mismo consideraba “su imperio”. Tiene muy buenos vecinos y siente que ese es su lugar. Pero le falta su compañera de vida y eso lo entristece.
“Estoy solo y es horrible, es lo peor que me ha pasado”, concluye.
















