¡Qué orgullo que el Papa Francisco sea argentino!
El primer mensaje del año del Papa Francisco fue un apremiante llamado para que se frene la violencia en el mundo, afirmó que la humanidad parece haberse extraviado y que muchas personas todavía son indiferentes a la guerra, la violencia y la injusticia.
El Papa argentino, el de la franca sonrisa, el que aboga por los pobres y los vulnerables, en la jornada en la que la Iglesia Católica celebró el Día Mundial de la Paz, también llamó a construir una sociedad más justa y solidaria durante la misa en la Basílica de San Pedro.
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“Llegó la hora de parar el camino de la violencia. ¿Qué está pasando en los corazones de la gente? ¿Qué está ocurriendo en el corazón de la humanidad, que causa tales niveles de violencia? Ha llegado el momento de parar esta situación’”, dijo en el Palacio Apostólico ante una multitud congregada en la Plaza San Pedro, que asistió al primer Angelus del año.
No son sólo palabras, también demuestra su voluntad en los hechos, cuando por ejemplo en su intervención en el conflicto de Siria, que frenó junto con Rusia una respuesta armada de Occidente. Francisco instó a “no quedar indiferente e inmóvil ante la violencia y las injusticias que reinan en tantas partes del mundo”.
Sus palabras apuntan a mejorar el mundo, dichas además por un Sumo Pontífice que, diariamente, da ejemplo de vida, de austeridad y de espiritualidad en la fe. En este sentido, el Pontífice no es un revolucionario, pero sí más cercano que su antecesor, menos beligerante, más comprensivo y con un lenguaje más directo. Tampoco es el primero en anteponer la justicia social o denunciar el sistema económico, pero lo hace más allá de cartas pastorales que leen los creyentes. Sus admiradores hablan de aire fresco, de aperturismo y de una mayor conexión con el mensaje esencial del Evangelio. Sus confesiones públicas y sus declaraciones políticas lo alejan de la imagen tradicional del papado.
La imagen que está transmitiendo el Papa Francisco desde que el pasado mes de marzo fue elegido tras la renuncia de Benedicto XVI, se ha ido alejando, cada vez a una mayor velocidad, del perfil marcado por sus antecesores más recientes. Desde el pontificado de Juan XXIII, hace ya medio siglo, no había soplado tanto aire fresco en la Iglesia Católica. Pero como decimos, debido a la institución de la que hablamos, es demasiado llamarlo “una revolución” pero sí se trata de la antesala de una gran apertura.
Por lo pronto, Francisco, el jesuita argentino cuya inesperada elección ya anticipaba cambios, es un Papa que no parece un Papa: admite públicamente sus errores y debilidades y, sobre todo, ni tiene pelos en la lengua (por ejemplo cuando dijo que “el actual sistema económico nos está llevando a la tragedia”) ni elude los temas más escabrosos para la jerarquía eclesiástica, como la opulencia o los abusos sexuales y de poder. El Papa habla claro, y lo hace, además, ante los medios de comunicación, en cualquier oportunidad y sin miedo a equivocarse.
Sus ideas, por otra parte, están empezando a conectar con muchos fieles progresistas y cristianos de base, acostumbrados a tener que hacer juegos malabares para poder superar las contradicciones de su iglesia oficial. Porque, insistimos, no es un revolucionario, no es -ni mucho menos- el primer Papa que denuncia la pobreza, el maltrato al medio ambiente, la injusticias del sistema económico imperante o la barbarie de la guerra, sólo que la novedad esta vez es que el mensaje llega mientras que la radicalidad de la pastoral social de la Iglesia que defendían tanto Juan Pablo II como Benedicto XVI quedaba a menudo encerrada en encíclicas que solo lee una minoría.
No es un revolucionario pero sí un posibilista. A diferencia de la inflexibilidad doctrinaria de Benedicto XVI y Juan Pablo II, Francisco no cierra puertas y escucha, no sólo a la curia vaticana sino también a la base. No descarta cambios respecto del celibato, por ejemplo. Sus aparentemente espontáneos gestos pueden obedecer a una agenda muy consciente, destinada a renovar desde sus cimientos la anquilosada estructura eclesial (curia incluida, sobre todo tras las intrigas internas y enfrentamientos desvelados por el escándalo Vatileaks), aunque sin renunciar por ello a principios básicos que se han mantenido durante más de 2.000 años. En otras palabras, no se pueden pedir peras al olmo pero se puede tener un olmo mejor. No cambios radicales pero sí aggiornamiento y aceptación de realidades, aunque sea desde una mirada compasiva y no discriminatoria.
En este casi primer año de pontificado, Francisco ha dejado algunos mensajes tan memorables como sencillos, como hablaba Jesús a sus poco cultos discípulos: “Los sacerdotes tienen que ser pastores con olor a oveja, y no gestores” o “Un cristiano no es cristiano si no es revolucionario” (un respiro para la Teología de la Liberación tras décadas de golpes). También cargó contra los “cristianos corruptos” vulgarmente llamados “chupacirios”, que “dan a la Iglesia y roban al Estado”. Definió a los corruptos como “el Anticristo”. Y criticó la propia institución a la que pertenece como ninguno de su condición antes cuando dijo que “la Iglesia tiene un defecto: es Vaticano-Céntrica. Ve y se ocupa de los intereses del Vaticano y olvida el mundo que le rodea. No comparto esta visión y haré de todo para cambiarlo”. Es pronto aún para saber hasta dónde llegará realmente, y muchos los retos que tiene todavía por delante, pero no parece un mal punto de partida.
Por todo esto y por la esperanza que trajo al mundo católico y ecuménico, el Papa Francisco es orgullo de los argentinos porque procede de nuestro país. Su dinámico pontificado, austero y promovedor de profundas reformas en el poder Vaticano, tiene además un fuerte compromiso contra la violencia en el mundo. En este contexto, los medios italianos anunciaron un encuentro de expertos internacionales en el Vaticano para discutir alternativas para alcanzar la paz en Siria, por ejemplo, donde una sangrienta guerra civil está asolando a la ciudadanía.
Por eso decimos que el Papa Francisco no es sólo un hombre de fe sino de acción en la fe. Y su figura se va agigantando en el mundo, incluso en países donde los católicos romanos no son mayoría. Por ejemplo, el diario británico Financial Times destacó la figura del Papa Francisco, al considerar que provoca una “fascinación inmensa en católicos y no católicos” con “modestia personal”, un “lenguaje diverso” y por las reformas iniciadas. “Honestidad y sinceridad que son incomparables en cualquier otro líder mundial”, consignó sobre el Pontífice el diario económico.
Muchos podrán no estar de acuerdo con su crítica al capitalismo salvaje, concluyó el Financial Times, pero el Papa “expresa sus preocupaciones y sus ansias con una honestidad y una sinceridad que son incomparables en cualquier otro líder mundial”.
Lo cierto es que como lo consigna el diario británico, el Papa Francisco se está convirtiendo en un líder mundial, un jefe de un enorme rebaño de almas cristianas que, además, lleva su influencia a los no católicos.
Reiteramos, ¡qué orgullo que el Papa Francisco sea argentino!















