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Preservar la escuela para no agigantar la tragedia

03 de abril de 2021 a las 12:00 a. m.

Argentina se enfrenta a lo que los especialistas definen como la segunda ola de coronavirus en un clima de incertidumbre. Escasez de vacunas, criterios poco claros respecto de cuáles son las prioridades para asignar las dosis disponibles y un mapa caracterizado por un crecimiento exponencial de los casos en distintas partes del país hablan a las claras de una amenaza cierta. Y esto sucede en un momento en el que todos los temas de discusión pública parecen atravesados por la grieta, como si la discrepancia política se hubiera instalado no siempre con el propósito de habilitar diálogos para construir consensos.

En el contexto de una situación epidemiológica compleja el debate sobre la presencialidad educativa volvió a ponerse estos días en el centro de la escena y lamentablemente el tono de la discusión una vez más quedó atravesado por la política casi partidaria. Con posicionamientos antagónicos que ponen en riesgo uno de los acuerdos más significativos que logramos alcanzar como sociedad tras un año de pandemia: el de coincidir en que la escuela es necesaria.

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El fallecimiento de una docente por Covid-19 en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires motivó el pedido de uno de los gremios de suspender las clases presenciales y tras el requerimiento explotaron mediáticamente los calificativos hacia el Gobierno porteño, al que se lo responsabilizó públicamente por esa muerte.

En la Provincia de Buenos Aires, en tanto, el aumento de los casos pone bajo la lupa la modalidad de trabajo establecida y a pesar de las afirmaciones de la administración bonaerense que aseguran que las escuelas no son focos de contagios, una de las agrupaciones sindicales que más resistencias puso para el regreso a las aulas, insistió en la necesidad de que se revise la medida entendiendo que actualmente las escuelas solo brindan espacios de revinculación que poco impactan en lo pedagógico.

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En grandes y pequeñas ciudades las burbujas educativas se transformaron en la moneda corriente y con ellas la dinámica que supone la suspensión de actividades en esos grupos ante la sospecha de un posible contagio. Son varios los distritos donde se ha iniciado una discusión interminable entre autoridades sanitarias y referentes sindicales o representantes de la autoridad educativa que parecen no coincidir en el criterio a adoptar ante la ocurrencia de casos sospechosos en una determinada comunidad educativa. En un presente signado por rigurosos protocolos: ¿La potestad de decidir el aislamiento la tiene la autoridad sanitaria o la autoridad educativa?

En el ámbito universitario el debate no fue menor. Ante el anuncio del Gobierno nacional de adoptar nuevamente la modalidad del teletrabajo en la administración pública para restringir la circulación de personas y morigerar el impacto de la crisis sanitaria, en las instituciones de educación superior se reabrió el debate y así como hubo algunas que en concordancia con los anuncios regresaron a la virtualidad, otras ratificaron el modelo mixto que supone un regreso a la presencialidad gradual y escalonado. Pero toda esta discusión estuvo también teñida de política. Universidades más afines al Gobierno leyeron la entrelínea del mensaje oficial y obraron en consecuencia: mientras que otras menos dóciles se valieron de los atributos de su autonomía para ratificar la continuidad de sus ciclos académicos en los términos en que se estaban desarrollando. El posicionamiento en estos casos fue claro y dejó traslucir un mensaje de contundente tono político: si algo dejó el 2020 como enseñanza es que la prioridad debe estar puesta en la educación, siendo la presencialidad una condición importante para ello.

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Ahora bien, a pesar de que por estos días en todos los ámbitos y niveles de la educación la discusión está abierta y es cierto que la pandemia ha generado cambios de tal envergadura que exigieron reformular todas las dinámicas, no menos real es que el debate que se da sobre la educación y su importancia sigue siendo coyuntural y queda preso de argumentos contrapuestos sin que se reflexione seriamente sobre el rol que la escuela está llamada a jugar en una crisis del tamaño de la actual.

Con números de pobreza e indigencia que golpearon como un cachetazo, con discusiones en el ámbito político que dirimen la necesidad de posponer o no el calendario electoral, en un escenario donde a diario aparecen temas que captan la atención, poco interés concita saber el modo en que se resolverá la tragedia que ya causó la pandemia en términos educativos; y que se traduce entre otras cuestiones en las enormes deficiencias que mostró la política educativa para estar a la altura de las circunstancias: y en la inmensa cantidad de chicos que por distintas razones el año pasado no aprendieron. El retroceso que esto generará será tan condicionante del futuro que resulta imperioso que más allá de discutir la modalidad, podamos acordar como sociedad que la escuela es prioritaria, que garantizar la presencialidad tomando para ello todas las medidas necesarias, es algo que está en nuestras manos y en los cuidados que como sociedad podamos adoptar para que las aulas puedan seguir abiertas y para que el titánico esfuerzo que hacen muchos docentes y muchas familias sea acompañado por el accionar comprometido y competente de los decisores que son los que tienen a su cargo el manejo de la pandemia. Por supuesto que ni la escuela es una isla ni está exenta de las restricciones que la emergencia sanitaria pueda imponer si se profundiza. Pero de principio hay que establecer un consenso. Agotar el debate solo en la cuestión de la modalidad es reducir la magnitud de un problema de dimensiones gigantes.

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No lograr establecer qué pretendemos en materia educativa es seguir condenándonos a perder la posibilidad de sortear con mayores recursos esta dura contingencia y de abandonar para siempre la certeza de que saldremos siendo mejores de esta experiencia. Quizás es tiempo de hablar de política en grande, de hacer política en grande y de asumir colectivamente el compromiso de preservar la escuela para no seguir agrandando la brecha por la cual se cuela solo más desigualdad.

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