Por una Navidad que nos traiga la paz
Coches bomba, camiones que ingresan a mercados asesinando inocentes, tiroteos, atentados suicidas, explosivos, aviones secuestrados, familias enteras pereciendo en desiertos y mares huyendo del dolor y la esclavitud. Este año que dejamos cierra con dolor de un mundo en guerra; a retazos, fragmentada, sin bandos ni fronteras definidas, pero en guerra, como el Papa Francisco ha advertido. Y esto sucede sin que se tome clara conciencia del punto de violencia en el que se desarrolla este principio del Siglo XXI. Ataques en Paris, en Quetta, en Ankara, en Aleppo, en Estambul, en Kabul, en Irak, en Bagdad, en Berlín, en Bruselas, en Niza, en Tel Aviv, son algunos de los hechos a lamentar. Ya insensibles ante una realidad tan cotidiana pero lejana, solo nos detenemos y condolemos ante los episodios que se dan en occidente, o aquellos en que mueren varios a la vez, pero pocas veces cuantificamos el desastre humanitario que se desarrolla en Oriente Medio, tanto por la amenaza omnipresente de los jihadistas islámicos como por el conflicto que no se detiene en Siria, que ha devastado a poblaciones enteras regando de cadáveres las ciudades.
Más de 2.000 años después nos disponemos a recordar esta noche el nacimiento de Jesús, del Hijo de Dios, de la promesa hecha a los hombres por los profetas. ¡Con cuánta fe esperaba el pueblo judío a ese mesías! Todas las esperanzas estaban puestas en su venida, todas las fichas puestas en el ser que vendría a cambiarles el mundo conocido, lleno de opresión y esclavitud.
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Si lo pensamos, nuestra realidad no dista mucho de aquella. Todos ansiamos otro estado de cosas, todos queremos estar en paz, pero con una gran diferencia: ya no ciframos nuestras esperanzas en las promesas de Dios ni mucho menos revisamos, como sociedad, el mensaje que aquel enviado trajo al mundo. En cambio, apostamos a otras vías en la búsqueda del bienestar y le quitamos mérito a las pautas de vida que Jesús brindó a los de su época, cuando en verdad son de gran vigencia.
Para los que lo supieron ver, la gran salvación que Jesús trajo al mundo no fue otra cosa que un cambio de paradigma: ya no mirar hacia adentro y hacia arriba sino hacia los costados, hacia los que caminan a nuestro lado. Cambiando la actitud hacia el otro, con el simple gesto de reciprocidad, se promueve un cambio en el mundo todo. Así de sencillo y cotidiano, como sucede cada vez que decimos buenos días y nos responden o damos las gracias y recibimos un gesto amable. Si sabemos que así funcionan las cosas, ¿por qué obramos en contrario? Sucede en lo chico, en lo mediano y en lo grande; en casa, en la ciudad y en el país.
La Navidad no fue hace 2016 años, es hoy. Entonces, Jesús vino a un mundo hostil, al que le dio nueva vida con sus palabras. Hoy, el mundo es cada día más hostil y el mensaje sigue ahí, para quienes lo quieran ver y hacer carne.
La Navidad, como hecho histórico, es ante todo el cumplimiento de las profecías; los judíos esperaban el cumplimiento de las palabras de los profetas que anunciaban cientos de años antes del nacimiento del Mesías que vendría uno que llevaría el peso de los pecados sobre sus hombros, el que habría de dar su vida en pago de la de los pecadores, el que habría de liberarlos del yugo. Un rey, una figura rutilante, con mucho poder en términos terrenales, que hiciera frente a las revueltas, que calmara la angustia de un pueblo oprimido por el dominio romano, en medio de la desesperanza y la esclavitud.
¡Qué bien nos vendría un súper hombre así que venga a poner orden!
Pero en cambio llegó Jesús, que nació como tantos miles nacen en la actualidad, pobres y perseguidos por el sistema. ¿Y qué hizo para cambiar la historia de la humanidad? Nada extraordinario, o sí: Jesús amó a pesar del odio, abrazó a pesar del escarnio, perdonó a pesar de la cobardía, la negación y el desprecio.
Sin profundizar más en las cuestiones religiosas, esta noche del 24 en que celebramos el nacimiento de Cristo, a quien la mayor parte el mundo conocido reconoció como ese Mesías enviado por Dios, que dejó hace más de 20 siglos un mensaje de paz para la humanidad, de solidaridad y de concordia. Y lo pregonaba en aquella Israel sometida al duro yugo del Imperio Romano del Siglo I de nuestra era, entendiendo que esa paz era un bien escaso y que se debía buscar, no estaba al alcance de la mano.
Y la marcha del mundo ha demostrado, hasta la actualidad, lo difícil que es encontrar esa paz, en medio de los temibles intereses de que se rodea el ser humano. El Siglo XX fue el de las dos Grandes Guerras, conflictos temibles, que arrojaron millones de muertos, ciudades devastadas, países destruidos. Pero ya iniciado este nuevo siglo, las duras experiencias vividas traían una esperanza en el mundo que diera un salto cualitativo en cuanto a la intolerancia.
La realidad nos ha demostrado que el dolor pasado no ha enseñado nada y que las guerras y los atentados terroristas se enseñorean en el mundo, volviéndolo a regar de sangre.
El mundo está en guerra, declaró el Papa Francisco pero aclaró que no se trata de una guerra de religiones sino de una guerra de intereses, por dinero, por los recursos de la naturaleza, por el dominio de los pueblos. Es como volver al yugo del Imperio Romano, no estamos muy distintos a los tiempos de Jesús. Por eso este nuevo aniversario de su venida al mundo debe servirnos, practicantes y no, para notar qué falta nos hace volver sobre aquellos mensajes de paz, en este siglo turbulento donde el atentado, la muerte y la ausencia de solidaridad son como el pan nuestro de cada día.
La Argentina está lejos del mayor horror de la guerra, justo es reconocerlo, aunque la paz social es un bien que también debemos buscar, encontrar y preservar, en un diciembre en que se han exacerbado los conflictos y todo, absolutamente todo, se dirime en las calles. Piquetes, cortes de calles, puentes, rutas, a veces a cara descubierta y otras con el rostro tapado con palos. Lo cierto es que lejos de los atentados y de las guerras, no somos ajenos a la violencia que debiéramos desterrar porque estos espirales se sabe cómo inician pero no dónde pueden terminar.
Sabemos de guerras porque aun tenemos que identificar nuestros muertos de Malvinas; también de atentados porque aun recordamos los muertos de la Embajada de Israel y de Amia, conocemos la violencia del Estado porque atravesamos el proceso militar, sabemos de conflictos sociales porque recordamos 2001.
Por eso decimos que la paz no está, aquí ni en ningún lugar del mundo, al alcance de la mano, necesariamente hay que promoverla, buscarla, conservarla, como un bien indispensable para las sociedades. Y el mensaje que Jesús trajo al mundo es la receta más sencilla, el camino más directo y más gratificante que podemos seguir.
En este sentido no podemos menos que sumarnos al clamor del Papa Francisco por la paz en el mundo, que a los católicos la Navidad nos inspire en este sentido y a quienes tienen otras creencias que busquen en el espíritu de su fe la esperanza necesaria para evitar sacar fuera el costado destructivo, que evidentemente, el ser humano tiene, junto con sus virtudes como el amor, la caridad, la hermandad.












