Pedro Selmi, un hombre comprometido con su profesión de contador y el bienestar de los suyos
Pedro Selmi posee una rica historia de vida.
(LA OPINION)
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Heriberto Pedro Selmi tiene 68 años. Acepta la charla con la humildad de aquellos que sabiendo que han tenido una vida rica en experiencias, rehúsan a la grandilocuencia de expresar sus logros. Acompaña la entrevista con un inventario prolijamente ordenado de su historia, un relato sustancioso en vivencias. Es metódico, prudente y confiesa que le cuesta eludir sus responsabilidades.
Está casado con Mirta Isabel Ortiz, una asistente social jubilada. Tiene dos hijos: Sebastián de 38 años, que trabaja con él en el estudio y está en pareja con Erica Períes; y María Aurelia de 37 años, que es abogada.
“Mi mujer y mis hijos me renuevan a diario”, confiesa.
Es un “pergaminense de ley” y muchas de sus anécdotas están llenas de retratos de la ciudad. “Me crié en 25 de Mayo y Dorrego. Jugábamos en la calle con Fredy Alesso, Carlos Soulage, Angel Naboni, Lolo Villanueva, Pedro Escarain”, refiere y cuenta que habían formado el “Club Dinamita”.
“Al lado de la casa de Daniel Godachevich teníamos una cancha de fútbol, ahí jugábamos barra contra barra con Hugo Terzaghi, Timoteo Martin, Solimandi y Ludueña; el partido duraba hasta que la pelota caía en la casa de algún vecino, teníamos camiseta propia y una biblioteca a la que llevábamos revistas para intercambiar.
“Mi padre fue vicepresidente de Racing; a los 12 años empecé a jugar en la cancha grande del club en la sexta división. Tuve compañeros como: Pedro Harper, Blaiotta, Luis Pérez, Carlos Palaversich, Oyarzábal, Lalo Quiroga, Molinato y Hugo Asís. Llegué a jugar hasta en la cuarta división, ya que en 1963 me fui a estudiar.
“También incursioné en basquetbol en el Club Gimnasia y Esgrima con el profesor Atilio Saint Julién. Jugué con Daniel Carrera, Julio Valdetaro, Jorge Caturla, Luis Ludueña, Héctor Novelli, Juan Carlos Ruiz Moreno, Guillermo Budding, José Piccioni y Timoteo Martin.
“De grande jugué al golf y participé de varios torneos”, señala.
De cada etapa guarda recuerdos entrañables. Valora la relación con su hermana Alba, en el presente enriquecida por el vínculo familiar con su cuñado “Pato” Goicoechea y sus sobrinos: Victoria y Tomás. También, la relación con sus cuñados Gonzalo Ortiz y “Panchi” Picoy; y el lazo con su prima Marta Cáseres y sus hijas Mónica y María Laura con sus respectivas familias.
Rescata a sus compañeros de escuela, a sus maestras tanto de la Nº 2 como del Jardín de Infantes Nº 1. También habla de sus profesores y compañeros del Colegio Comercial. “Todos los años el tercer sábado de noviembre nos encontramos; vamos a cumplir 51 años de egresados y todavía soñamos con el viaje de estudios”, confiesa y menciona a aquellos que “ya no están: Daniel Tabaris, Manuel Ozafrán, Ricardo Moyano, Héctor Vilá, Gloria Salemi, Oscar Fucello y Juan Carlos Abalos.
Vocación y comienzos
“Siempre pensé que mi papá tenía la ilusión de que fuera contador”, refiere. El título universitario fue una satisfacción para sus padres: Alberto Pedro Selmi y Elvira Mariana Oliva. Se recibió en 1970, empezó a trabajar y a dar clases en el Colegio Comercial de Pergamino y en Arrecifes. Se casó en noviembre de 1971 y con su esposa alquilaron un departamento en 9 de Julio y Florida. Allí vivieron hasta que pudieron tener su propia casa en 3 de Febrero y Rocha, donde viven actualmente.
“Juntos hicimos de todo y formamos una linda familia”, señala.
“Ella tenía dos trabajos, en Pergamino y en Arrecifes, recuerdo que compramos un Citroën 2 CV para ahorrar tiempo y llegar a horario.
“Empecé a trabajar con quien sería el hermano de mi cuñado, Roberto Goicoechea, mi primer trabajo como contador fue preparar los libros rubricados de una sociedad para presentarla en concurso de acreedores, así que mis primeros honorarios, cuatro meses después, fueron 21 camisas de la firma concursada”, recuerda.
“En Arrecifes alquilaba una oficina compartida con un productor de seguros, no fueron fáciles los comienzos”, agrega.
Con el tiempo los clientes fueron llegando y aprendió lo que más tarde se transformó tal vez en su mejor virtud profesional: la capacidad de escuchar.
“Aprendí a escuchar los problemas que me planteaban los clientes que iba consiguiendo y eso caló mucho en mi forma de ser, no concibo otra manera de asesorar que no sea escuchando.
“En 1974 con Roberto tomamos el compromiso de regularizar un estudio impositivo en Arrecifes y Carmen de Areco con alrededor de 250 carpetas y con dos y tres años de atraso en sus presentaciones impositivas, recuerdo que salió un blanqueo y estuvimos dos noches seguidas sin dormir para presentar todo en término.
“Trabajamos unos meses con el contador Luis Escarrá que había instalado su estudio en Pinto e Italia, pero enseguida nos independizamos y alquilamos una oficina en Doctor Alem y Pinto, con el doctor Oscar Parra”, relata.
“Luego nos asociamos con Joaquín Alvarez que trabajaba en Impositiva y conocía más que nosotros el sector agropecuario. Hicimos una buena clientela con muchas sociedades”.
Un hacedor
Podría decirse que Pedro, además de contador, es un hacedor de las cosas. “Formé una sociedad con los dueños de Gomatro (Espinoza y Oviedo) y con los dueños de Lucini y Cía. (con Don Omar y su hijo Juan). Me parecía que tocaba el cielo con las manos, pero a los dos años nos tuvimos que presentar en concurso de acreedores, debido a circunstancias que se dieron en el país durante el ‘Rodrigazo’. Don Omar Lucini me ofreció trabajar en una empresa satélite de Lucini y Cía. con su yerno y Manolo San Vicente.
“Por una relación familiar, empecé a trabajar y a acompañar a Luis di Palma en su organización de camiones y en los contratos publicitarios.
“Con Manolo seguimos con la sociedad Metalúrgica Norte S.A. nos iba bien hasta que cayó financieramente Lucini y con ella el Club Lucini que habíamos intentado llevar a primera división desde el ascenso por el Regional”, señala y menciona que en el club conoció a José Picone que estaba relacionado con la Liga de Pergamino y trabajaba en el diario El Tiempo.
“No me puedo olvidar que Don Omar, que ya andaba con problemas financieros en la fábrica, se iba antes de terminar el partido y los jugadores me esperaban en el garaje de mi casa antes de irse a Buenos Aires para cobrar. Entre ellos estaban: Santoro, Aguirre Suárez, Mateo, Baquela, D’Angelo y Bassita. Les entregaba los cheques del negocio para que los cambiaran durante la semana mientras retirábamos hierro de la fábrica para vender y cubrir el banco; a veces Juan Echecopar los paraba para que la cosa no pasara a mayores, hasta que desapareció el Club”.
Con Manolo San Vicente continuó la sociedad comprando chatarra y entregándola a la Acería Bragado, hasta que se rompió la relación con Lucini. En ese momento lo único que tenía era su título y eso le permitió seguir adelante. La gente que lo conocía comenzó a contratarlo. Entre ellos: Héctor Coltrinari, Víctor Barbarito, “La Gauchita” de Alfredo Brunello, “La Lucila” de la familia Lagos Mármol, Hugo Apesteguía. Además participó de la constitución de algunas sociedades como OSE S.R.L., Ruitti y Cía. S.A., Aloe y Rodríguez y Cía.
“Nunca me voy a olvidar cuando en la pileta de la Ciudad Deportiva Hugo Apesteguía me dijo: ‘Pedro quiero hacer algo por Pergamino y armar una televisión local. Es muy fácil hablar de economía y de política especulando con el dinero en el exterior, yo quiero arriesgar para hablar con propiedad y con mi propia experiencia’. Me pidió que analizara cómo se debían facturar los abonos mediante algún sistema de computación y la parte impositiva y me aseguró que él tenía el capital y la persona técnica (Jorge Torrado) para empezar. Así arrancó Canal 4, junto a Luis Gandolfi y Miguel Píccoli”.
“Algo parecido sucedió cuando me llamó para armar un equipo de empresarios de Pergamino para salvar al diario LA OPINION; no tuvo mucho eco y se animó solo; nos reunimos con los asesores en la Sociedad de Cerealistas y no llegamos a ningún acuerdo por el precio que solicitaban los propietarios; nos fuimos y a la media hora nos llamaron de nuevo, aceptando la propuesta; en aquel momento el Diario tenía 74 empleados y nada de efectivo para pagar los sueldos y comprar papel.
“Así renació el diario LA OPINION”, señala con el orgullo que siente de haber sido testigo y partícipe de acontecimientos ricos a la propia vida de la ciudad.
Otras experiencias
Con Eduardo Bisi y Carlos Díaz formó SDB Computación. “Empezamos con programas de facturación y cuentas corrientes para el comercio. Tuvimos la contratación del Banco de los Arroyos para contabilizar diariamente el movimiento de cuenta corriente de los clientes.
“Habilité la oficina contable junto al local de venta de sistemas y computadoras, en Italia 660, vendimos más de 3.000 PC en Pergamino y la zona; pero los números no daban y en 1995 cerramos”. En ese momento tomó la decisión de dedicarse de lleno a la actividad profesional.
“Formé el estudio contable con mis socias, las contadoras Cristina Dauach y Adriana Piccioni y fuimos armando un gran equipo de trabajo. Tenemos una buena cartera de clientes y recibimos buen trato tanto de los funcionarios de la Agencia Pergamino de la Afip como de los inspectores y supervisores de la Región Mercedes.
“Participo como delegado del Consejo Profesional de Ciencias Económicas de la provincia y siempre me he sentido muy cómodo por el buen trato de mis colegas”, agrega.
Amigos y esencia
Es un cultor de la amistad y entre sus amigos incondicionales se cuentan el “Gringo” Lasagna y su familia; Daniel Carrera y María Delia; Jorge Costa y Verónica; Rubén Stradiot y Zulma; Carlos Sorasio y “Pety” y Joaquín Alvarez y Gogó.
Sobre el final de la entrevista, la historia vuelve sobre sus raíces y las cuestiones esenciales de la vida. Asegura que heredó de su papá la constancia por el trabajo, la responsabilidad y la fuerza para enfrentar los contratiempos. De su mamá tomó el amor y recuerda sentirla orgullosa de verlo realizado. “Me acompañaba en la oficina atendiendo a los clientes y el teléfono”.
Aprendió de cada dificultad y se nutrió de los valores en los que fue criado. Es un hombre de fe y lee la Biblia Cristiana a diario. “La Palabra es un alimento, allí me identifico con mi forma de ser y trato de transmitirlo a mi prójimo”.
Aprendió que dar sin pedir nada a cambio rinde frutos que perduran. Piensa siempre que lo mejor está por venir. Sueña con dejar organizado el estudio para disfrutar de un tiempo más relajado.
“Doy gracias a Dios por la familia que me dio, por la que me ayudó a construir, por los amigos, por los trabajos que me fortalecieron, por esta bendita profesión y por este presente que me permite despertar cada mañana sintiendo que la vida me ofrece un día más para transitar con esperanza”.

















