Norma Deville, dueña de una sensibilidad expresada a través del dibujo y los versos
Norma Deville de Bertone, protagonista de un rico perfil pergaminense.
(NORMA DEVILLE)
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Norma Deville, viuda de Bertone, es una mujer de rasgos sencillos. Aunque ella señala que está “de entre casa” mientras se desarrolla la entrevista, tiene una impronta elegante que la define en su esencia. La acompaña en la charla uno de sus nietos pequeños, lo que hace que la conversación transcurra inmersa en lo que son sus rutinas cotidianas. Hace pocos meses enviudó, lo que significa para ella un dolor que se evidencia en su mirada. Sobrelleva esa pérdida con la entereza de las mujeres nobles, que han transcurrido la vida al lado del compañero que eligieron y se reconoce como alguien que ha sido “inmensamente feliz”.
Recuerda a su esposo como un hombre excepcional, honesto y sumamente compañero. “Era incondicional y siempre me traía flores, vivir sin él es un aprendizaje para mí en muchos aspectos, porque estuvimos toda nuestra vida juntos; con su fallecimiento cambió todo en mi vida, es como si me faltara la otra mitad”.
Detrás del dolor por la pérdida, se esconde la certeza de haber conocido el “buen amor” y eso le permite seguir hacia adelante, mirando el futuro con esperanza.
Como suele suceder con los relatos de vida, el suyo comienza con las vivencias de su infancia. Fiel a su vocación de amante de las letras, acompaña la charla un texto escrito por ella misma que permite reconstruir muy fácilmente su biografía personal. Su perfil está casi delineado.
“De mi niñez sólo tengo recuerdos hermosos, fui feliz en un patio viejo, con árboles gigantes y un jardín donde florecían fresias, rosas y violetas; crecí junto a mis padres, trabajadores incansables: él era foguista de caldera fija en el Ferrocarril Bartolomé Mitre; y mi madre cosía para distintos talleres de Pergamino; también junto a mi hermana y hermano que fallecieron muy jóvenes.
“Puedo decir que trabajo desde los 12 años, ya que a esa edad tenía alumnos de Dibujo y Pintura, a los 14 años daba clases a 30 chicos en mis mesas”, refiere y comenta que esa fue una actividad que se extendió durante cuarenta y cinco años.
“Lo que más me gusta de este rubro es el dibujo de la fotografía y a raíz de eso hice muchos trabajos para afuera con resultados muy satisfactorios. No obstante, me gusta mucho el óleo”, cuenta y señala que una vez tuvo una experiencia muy linda cuando le pidieron pintar la imagen de la Virgen Niña, la cual se encuentra en la capilla ubicada en calle Siria.
“Me trajeron el modelo y la verdad, no me conformaba, así que lo hice como el corazón me lo ordenó y cuando llegó la virgencita desde Italia -los rostros los hacen en Alemania- reconocí mi pintura”.
Confiesa que ama la fotografía y considera que para ella significa “un documento de felicidad hacia el futuro, algo que permite que el ayer pueda ser rescatado del olvido”.
Su historia de amor
La historia de vida junto a su esposo, ocupa gran parte de su relato, tal vez porque pasaron juntos casi cinco décadas. “A los 15 años comencé mi historia de amor con el que fue mi esposo, Héctor Antonio Bertone, una historia que se extendió durante 49 años”, señala. Héctor falleció en septiembre pasado. Pero su presencia está en cada recuerdo, también en lo más importante que construyeron juntos: una familia de la que Norma está orgullosa.
“Era un compañero increíble, me traía flores, a veces llegaba y me sorprendía con ramos que compraba y en otras oportunidades andando en su bicicleta pedía permiso para cortarlas de los jardines por los que pasaba”, recuerda y confiesa que de él aprendió muchas cosas. Admiró su perseverancia y su honradez sin límites.
“De nuestra unión nacieron nuestros hijos Claudio (46), Adrián (41) y Daniela (38)”, agrega.
Entre los hitos de su vida menciona cuando en 1967 se fueron a vivir a San Lorenzo, provincia de Santa Fe. “Mi esposo trabajaba en un almacén mayorista de un familiar, viajaba diariamente a Rosario para comprar mercadería, estuvimos allí un buen tiempo, pero a los dos años nos volvimos porque extrañábamos no sólo a nuestra gente sino a la ciudad, mi esposo siempre decía que sentía la necesidad de volver a caminar por las calles de Pergamino y reencontrarse con sus amigos”.
Fueron muy felices juntos, donde los llevó la vida.
Pasión por las letras
Norma es una lectora apasionada. Menciona las Máximas de San Martín a su hija, como una de sus principales referencias de lectura y considera que la escritura para ella se ha transformado en la posibilidad de “eternizar” su yo interior.
“Este eterno capricho de eternizar mi yo interior, como suelo decir, me ha dado infinidad de momentos felices. No tengo títulos, pero un día decidí tomar el sendero de los versos y decidí interiorizarme en esa materia”.
Allí comenzó para ella un largo camino.
“Asistí a las clases de Susana Sharry en la Escuela Municipal de Bellas Artes. Fui 17 años al taller de Estela Torres Erill y allí encontré un lugar muy cálido donde nacieron cosas bellas y sentidas. También tomé clases a distancia del Conservatorio Literario de Rosario. Desde hace ocho años asisto al taller de Daniel Mastroberardino”, cuenta y confiesa: “Aún así mi poesía no termina de gustarme; son contadas las que sí me gustan, así que mientras pueda seguiré utilizando todas las herramientas que me sirvan para mejorar”.
En sus versos se plasman los más profundos sentimientos, muchos del pasado. “Por allí dije: ‘Cuando escribo se altera la existencia, pierdo noción del tiempo y del espacio, me sumerjo en solar de fantasía, y adormezco en mis versos con mi canto’”.
Fruto de su amor por las letras, desde hace varios años pertenece al Grupo Literario Hojarasca y tiene palabras de gratitud hacia Angel Lapolla.
“Antes escribía como podía y como me lo dictaba mi estado de ánimo; pero la pertenencia al Grupo nos fue formando en una disciplina y aceptábamos de Angelito y de Ricardo Piraccini el consejo justo para perfeccionar cada trabajo; ellos con su sapiencia fueron los primeros responsables de nuestra evolución, si la hubo”.
En este punto recuerda que en cada reunión semanal del grupo elegían una palabra al azar y se obligaban a hacer una poesía con esa palabra para la próxima reunión. “Decíamos por ejemplo: ‘hoy, soneto’, perfecto, de acuerdo. La orden no se discutía, pues a la semana siguiente Ricardo nos ponía sobre la mesa con la misma palabra, un soneto, un romance, una décima y una copla. Era un maestro”.
Siete Mujeres
En el camino de “jugar con las palabras y disfrutar de gratos momentos”, Norma pertenece al Grupo Siete Mujeres. “Tenemos un largo camino recorrido y una amistad que ya es añeja, tal vez por eso tratamos de disimular los errores del otro e intentamos afianzar esta camaradería en la colaboración y la confianza”, menciona y señala que cada una de ellas espera con ansiedad el miércoles que es el día de reunión. “Allí con un café discutimos, nos preocupamos, nos reímos y proyectamos; así avanzamos y ya vamos por la Antología Siete Mujeres IV”.
“También llevamos ocho años de Café Literario, gracias a la generosidad de Roberto May, fallecido hace pocos días, un gran hombre que nos abrió las puertas de su Viejo Almacén, desinteresadamente”, agrega y recuerda que el café literario se concreta el primer miércoles de cada mes, con el paso por ese espacio de reconocidas figuras del espectáculo.
Rutinas simples
Norma es una mujer de rutinas simples. Buena anfitriona, abuela activa, encuentra tiempo y espacios para seguir sus sueños y materializar sus proyectos.
“No tengo demasiados sueños pendientes porque he sido una mujer muy afortunada”, confiesa y destaca que cuenta con la gran colaboración de sus hijos y de su nuera Nelly. También agradece el apoyo de la familia de su esposo a la que considera “mi propia familia”.
“En su momento me gustó una poesía que hice para mi hija Daniela: ‘Sos para mí… la ilusión danzando en el espacio; el cristal que da al sol por las mañanas, la humedad de la hierba en el rocío y las voces del mar… cuando me llamas’”, recita con una calidez en la voz que delata el profundo amor que siente por sus hijos.
En otro orden cuenta: “Hace 30 años ejerzo la podología, esa es una de las actividades que aportó plenitud a mi vida; lograr el alivio en una persona, escuchar sus inquietudes y que me agradezca esos momentos, me confirma que elegí muy bien mi profesión”, señala y refiere que cada vez que se acerca a un domicilio para concretar su tarea, la amabilidad y el momento que comparte, café de por medio, con las personas que atiende, son la mejor recompensa.
Sobre el final de la charla se emociona cuando alguna pregunta le recuerda a su esposo. Hay una felicidad que se extraña y una nostalgia que invade. Sin embargo, hay enormes razones para seguir adelante. El final de su testimonio, como la parte más rica, la guarda para sus nietos: “Agradezco la presencia en mi vida de mis nietos Mily, Enzo, Riahanna, Morita y Juane, ellos con su cariño son la razón de mi vida”, concluye. Su mirada se ilumina y no resta agregar nada más.



















