“No seamos hipócritas” podría decir Trump tras el triunfo
El triunfo de Donald Trump, que dejó en suspenso por algunos minutos al mundo entero, implicó la derrota de muchos efectores norteamericanos como la prensa, los mercados, las élites progresistas, los sondeos, la movilización latina, todos ellos que apostaron de manera abierta y militante por Hilary Clinton. Pero sin dudas, a pesar del triunfo sectorial, el gran derrotado fue el Partido Republicano tal como se lo conoció hasta ahora, especialmente en su sector más radicalizado, conocido como el Tea Party.
No ahorraron descalificativos los conservadores sobre quien los representaría en las elecciones. Con Trump y sus formas tan heterodoxas veían escapar de las manos su retorno a la Casa Blanca tras dos mandatos consecutivos de los demócratas. Y para ellos, la posibilidad de romper la alternancia cada ocho años que se viene dando desde principios del Siglo XX era poco menos que un sacrilegio.
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Pero la alternancia se mantuvo y hoy muchos se preguntan y tratan de explicarse el fenómeno de Trump, un candidato que comenzó siendo un chiste, luego se transformó en una pesadilla para los propios republicanos y terminó siendo, a pesar de su propio partido, el presidente del país más importante del mundo.
Los hombres y las mujeres blancos de clase media y de la clase trabajadora, de todas las edades, mostraron su hartazgo del establishment político y fueron en busca de nuevos aires. La población de color y los latinos evidentemente también vieron en el empresario un ímpetu atractivo, aunque, a la luz de los sondeos previos, no lo expresaban abiertamente. Voto vergüenza que le llaman.
También se dio otro fenómeno, en un país donde el voto no es obligatorio: generalmente se anotaba para sufragar un 20 por ciento del electorado y en esta oportunidad votó el 40 por ciento. Y es aquí donde los políticos y las encuestadoras pierden el olfato, porque salió a votar el norteamericano que nunca participa de la política, el que habita tierra adentro y no se asocia necesariamente a los estereotipos que conocemos. Muchos de ellos son de origen inmigrante pero a diferencia de lo que ocurre en las grandes metrópolis como Nueva York, Miami o Los Angeles, no forma parte de una casta, no toman los trabajos que el resto desprecia y no vive en barrios según su nacionalidad. Estas familias de inmigrantes se mimetizaron con los nativos, se asentaron de manera dispersa en todo el amplio territorio, se casaron con norteamericanos y adoptaron en un 100 por ciento el estilo de vida. Quizás el error de análisis previo fue tomar este voto latino a favor de Hillary cuando en realidad estos hombres y mujeres ya no piensan como tales sino todo lo contrario. Al igual que Trump, ellos ven un perjuicio en las fronteras laxas, y no desconocen que muchos de quienes llegan lo han hecho con no tan buenas intenciones. Puede que sean latinos de origen pero no por ello son ciegos, y quizás por ser de países vecinos advierten más claramente el perfil del inmigrante del Siglo XXI, que es muy distinto del de la década del 60. Fueron estos inmigrantes nacionalizados, aquellos que viven la plenitud de los derechos de ciudadano, los que conformaron el 24 por ciento de latinos que votó a Trump. Una cifra que nadie esperaba por su discurso agresivo. Claramente, no hubo solidaridad con sus compatriotas de origen.
Y estos votantes inusuales le dieron vida y poder a la antipolítica, a un candidato que no pertenece a la intelectualidad de New York, que a los actores los ve en las películas pero no le importa que le digan a quién votan y que se encendió con el discurso nacionalista y proteccionista de Trump, que les hablaba de volver al made in USA (hecho en Estados Unidos), por eso muchos de sus votantes, entrevistados, afirmaban que el presidente traerá los empleos que se fueron. Es una idea muy genérica que no sabemos qué correlato tendrá en la realidad. Pero para el Partido Republicano este triunfo les trae un verdadero problema, ya que terminan ganando una elección con un candidato que no representa el pensamiento de los conservadores, salvo en algunos puntos muy contados como el rechazo a una inmigración muy profusa. Pero en materia económica la posición de Trump que según el periodista Jorge Lanata es el kirchnerismo pero con sinceridad, tiene un sesgo demasiado proteccionista, de cerrar fronteras y es visto por sus pares como un populista de derecha.
Los republicanos que tienen mayoría en el Congreso norteamericano van a ser los encargados de intentar poner a Trump en caja, respecto de algunas propuestas que puedan resultar más irritantes, no obstante deberán mirar seriamente dentro de su propio espacio político, para ver por qué debió llegar un millonario excéntrico que no tiene el típico discurso republicano para ganar.
Como en el Brexit, en Londres o en el referendum por el acuerdo de paz en Colombia, las encuestas no supieron registrar el fenómeno del voto oculto o el voto vergüenza, el del ciudadano que decía que iba a elegir la opción de la que todos hablaban, pero finalmente en el cuarto oscuro votaba por un cambio. En las grandes ciudades de
Estados Unidos y también en todo el mundo se preguntan cómo un personaje extravagante como Trump, que dijo que los inmigrantes mexicanos son violadores y ladrones o narcotraficantes, que hará un muro para que no ingresen más latinos, que prohibirá el ingreso de musulmanes y que admitió en un video que manosea a las mujeres sin su consentimiento puede ser votado masivamente.
Es que Trump logró sintonizar con el malestar de las clases medias industriales, rurales, sin estudios universitarios de ciudades pequeñas, la que está frustrada porque hace años que no puede progresar. Aquellos que ya no sienten que el sueño americano exista, porque la movilidad social ascendente se ha frenado.
Es que la recuperación económica de Estados Unidos, tras la burbuja inmobiliaria que hundió la economía de la década pasada no benefició a todos por igual. Mejoró el ingreso de los más ricos y sumergió a la clase media. Muchos hispanos además son conservadores y también votan con el bolsillo y con ganas de estar mejor.
El magnate entró en escena en un momento en el que en el mundo muchos apoyan populismos de derecha y rechazan con miedo a los inmigrantes, la globalización, el libre comercio, porque sienten que los perjudica. Trump no hubiese tenido cabida 10 años atrás. Con un mensaje sencillo y populista, encarnó el malestar de la clase media. Estados Unidos y el mundo está ante un personaje impredecible, que se atreve a decir cualquier cosa, pero que es el fruto de la frustración y el malestar engendrado en la América profunda que los demócratas no supieron detectar a tiempo. Ahora todos esperan que el Parlamento, mayoritariamente republicano, sea el encargado de poner en caja al presidente en muchos temas. No sabemos cómo va a resultar la gestión, pero lo que se ve es que habrá una profunda crisis en el partido.
Si hay una frase que Trump podría decir como resultado de las elecciones es: No seamos hipócritas, porque evidentemente el discurso del magnate es el que muchos querían escuchar.















