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Ni por la izquierda ni por la derecha: se sale por arriba y con liderazgo

29 de abril de 2021 a las 12:00 a. m.

Si un argentino se detiene a contemplar la escena nacional y ejercita la memoria, difícilmente encuentre un contexto social, económico, cultural y educativo tan grave y excepcional como el que vivimos. Tan falto de dirigentes que estén a la altura de las circunstancias. Tan carente del tipo de figuras que, aun afirmando con vehemencia sus puntos de vista, encuentren el temple necesario para sentarse y discutir con quienes piensan distinto, hasta descubrir una luz que posibilite dar un pequeño salto colectivo hacia adelante. Y que, tras lograrlo, tengan el instinto para hacerlo todas las veces que sea necesario. 

La dirigencia parece no reaccionar, incluso cuando el abismo la mira a los ojos. Al mismo tiempo, comete un descuido esencial: olvidar que hay una sociedad que clama por un horizonte que vislumbre una pequeña esperanza. Que le ayude a sobreponerse al desasosiego en el que está sumergida. Huérfana de ilusión, ansiosa de entusiasmo.

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Es tanto lo que se necesita para cambiar el estado de cosas, pero tan poco lo que se reclama y espera: ya no una solución sino un norte hacia ella, como para seguir abrigando una expectativa que nos dé aliento para levantarnos cada día y tirar del carro.  

Los cruces verbales entre funcionarios del oficialismo, tanto nacional como bonaerense, y el discurso fundamentalista de muchos dirigentes opositores, hacen imposible que algo parecido a la sensatez reaparezca en el escenario de la crisis sanitaria cuando más necesario es.

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Las frases hirientes y desencajadas que se pronunciaron la semana pasada alimentaron la grieta más de la cuenta, con la suspensión de las clases presenciales como leit motiv.

Pero algo pasó. Y más allá de las peleas legales que desató el DNU que vence este viernes, hay una posibilidad de que se retome un sendero de diálogo, apelando al mecanismo en el que se asentó la toma decisiones en 2020: la mesa grande de gobernadores y del jefe de Gobierno porteño.

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Esa directiva partió de Alberto Fernández y tuvo el visto bueno de Horacio Rodríguez Larreta. Los va a unir el espanto de una segunda ola que está haciendo estragos mientras lo único que hacen los responsables de tomar políticas públicas es pelearse.

El escritor Leopoldo Marechal dejó para la historia una frase que la política cada tanto recoge cuando lo que importa no es doblegar a un rival sino encontrar una respuesta que sirva a propios y ajenos: "De los laberintos se sale por arriba", dijo el poeta. El presente puede traer una oportunidad como esas.

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El Covid ni por asomo es el único problema de Alberto Fernández, que ve cómo se desmorona la ilusión de tener una economía en recuperación que le permita dejar atrás el 42 por ciento de pobreza y pavimentar con mejores herramientas la carrera electoral. El y su equipo no han conseguido sacar a la gestión de los microproblemas. Hay una fatiga que se nota y un liderazgo que no debería pedir permisos para ser ejercido.

La Casa Rosada armó un Consejo Económico y Social con el que parece no saber qué hacer. Alberto tuvo (tal vez todavía la tenga) la oportunidad de levantar el teléfono y buscar consensos que no empiecen y terminen en qué hacer con las escuelas o con las camas de terapia intensiva del Amba. Los empresarios aborrecen ser llamados solo para cuestionar sus precios. Hay muchos más interlocutores y temas para discutir. Hay una oportunidad de hacer política de la buena. Hay que usarla, comunicarla, hacerla viable. Pero sobre todo, hay que liderarla.

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Política, es lo que falta y para que sea sustancial, requiere de liderazgos a uno y otro lado del arco ideológico. Porque el liderazgo posibilita el acuerdo y, el buen trato facilita el avance. De otro modo, persiste el eterno presente, que en Argentina es pasado recurrente. Mismos temas, mismas cuestiones irresolutas, similares tics, idénticos argumentos, conocidos baches, el reproche constante, y en esencia, una sustancia anacrónica en los fundamentos, con Perón, Yrigoyen, Illia, Frondizi y los militares siendo parte de cada justificación. 

No es que la contradicción, las diferencias y la lucha en el debate de ideas desaparezcan cuando hay buena política. Continúan. Pero traen, cada tanto, saltos hacia adelante, que significan nada menos que soluciones a cuestiones fundamentales. 

Estos últimos días exhibieron de forma transparente la ausencia de política en serio en el país. El tema que desnudó esa característica trágica fue la presencialidad o no en las escuelas. No la educación. La educación, como decimos en esta columna editorial habitualmente, es algo serio, grueso, profundo. La presencialidad o la virtualidad son la periferia de un orbe que requiere un abordaje complejo, serio, contundente. No de ocasión. La lateralidad con que se abordan cuestiones esenciales es justamente la más clara evidencia de la superficialidad intelectual que se observa en el debate público argentino.

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