Nada peor que un presidente débil
El Presidente se juega a todo o nada en la batalla contra el coronavirus. Mientras su popularidad crece y opaca a Cristina, puede emerger como líder absoluto".
Estas palabras fueron tapa de la revista Noticias hace apenas dos años. No habría sucedido.
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¿Qué pasó con ese Súper-Alberto? ¿Qué pasó con ese adalid de la moderación? ¿Qué pasó con ese atrevido que iba a mandar a Cristina a cuidar a sus nietos a El Calafate?
Por estos días estamos viendo un personaje peligrosamente desdibujado. El presidente ya no genera ni bronca, ni rechazo, ni antipatía. En un sistema híper presidencialista como el argentino, lo peor que te puede pasar no es generar bronca, ni miedo, ni rechazo sino lástima.
El atributo que menos soporta un argentino es la debilidad. Nada peor en Argentina que un presidente débil. Y Alberto no solo parece: es un presidente débil.
A Fernández se lo ve alterado. Perdido. Desarticulado en el tono. Falto de moderación en todo lo que hace, así como en el tono de las amenazas que profiere. Es peligroso vocear amenazas que no se tiene ninguna fuerza para hacer cumplir. El presidente de la Nación se ha convertido en un "meme" y su gobierno, en una parodia. Y no puede echarle la culpa de esto a nadie más que a él mismo. A su vacilación e incoherencia.
Un ejemplo. En el mismo momento en el que se prendía fuego casi toda una provincia -Corrientes-; él se mostró desparramando arena, de una manera muy poco elegante, buscando atajar un penal en la playa, bien lejos del desastre. Otro: momentos antes del anuncio del índice de inflación oficial del mes de febrero diría -desencajado-: "El viernes empieza la guerra contra la inflación en la Argentina; vamos a terminar con los especuladores".
Guerra. Qué palabra tan desafortunada en este momento y en este contexto mundial. Además, innecesaria. Porque no se necesita una guerra, solo se necesita un plan. Tampoco necesitaba anunciar que esperaría al viernes; con un 45 por ciento de la población por debajo de la línea de la pobreza, la lucha contra la inflación debería haber sido su prioridad desde que asumió.
Sin plan, con una emisión monetaria desbordada, sin crédito externo ni interno, con un gasto que crece en términos reales y con una guerra entre los principales países que producen granos y energía, la inflación es solo una consecuencia natural de nuestros problemas estructurales, de tanta inoperancia y de una falta de previsión que ya es histórica. El relato cruje y ni el actor cree en su capacidad de actuar su personaje.
Minutos después del anuncio del índice de inflación -el más alto en décadas y que cayó como un balde de agua helada en todos los despachos oficiales que viven una realidad paralela por completo disociada y desconectada de la realidad que sí vive la ciudadanía argentina-, apareció bailando y aplaudiendo en una pileta pública y gritando: "No me vayan a tirar al agua!, ¿eh?". Qué imagen lamentable hubiera sido ver al presidente de la Nación desparramando agua en la pileta como antes había desparramado arena en la playa.
Ultimo ejemplo de la caricatura presidencial. Buscando vaya a saberse qué efecto sobre la opinión pública, desde el equipo de comunicación del Gobierno (sí, hay gente "profesional" que asesora estos desatinos y que todos pagamos) se distribuyó una foto del presidente de la Nación dando clase en un aula de la UBA, sentado sobre un escritorio desvencijado y roto, apoyando sus pies sobre un pupitre. Nada menos académico ni menos presidencial que esta imagen. Todo lo contrario.
El presidente no se da cuenta, pero cada día parece menos un presidente. Y nosotros necesitamos un presidente; uno en serio, no uno que cada día pone más énfasis en sus actos para terminar convirtiéndose en un meme.
Este desdibujo de su rol tiene como contraparte en este momento a un kirchnerismo que cada día se desasocia más de su gestión. Alberto está entonces desdibujado y debilitado. Porque nunca hubo dudas que su poder de ascenso a la primera magistratura fue "prestado", pero una gestión exitosa le hubiese permitido superar esa situación y prevalecer. Sucede que salvo por aquellos minutos de trágica euforia que despertó con sus primeras medidas contra el Covid, en estos dos años y medio de mandato no pudo construir un albertismo de porte. Sin militancia propia, sin legisladores leales a su figura y sin funcionarios propios en las principales "cajas" del Estado (Anses y Pami), no hay lugar para el albertismo. Así las cosas, sus fracasos (que son nuestras desgracias cotidianas) son capitalizados electoralmente por el kirchnerismo, que ya se está preparando para decir en su momento "no fuimos nosotros, fue él". Y Fernández, por su parte, no podrá armar su propio poder que soñó de cara a las elecciones de 2023 y estará atado a los vaivenes del peronismo, dentro del que solo tiene refugio en un grupo de gobernadores. Los mismos que, llegado el momento, terminarán acercándose a aquel que tenga billetera y más chances en las urnas. Ya lo hemos visto: las ínfulas de renovación y cambio en el peronismo duran hasta que llegan las elecciones.
El Gobierno está fracturado, es un hecho. Pero decir que podría surgir de esta situación una fuerza "albertista" con posibilidades de disputarle poder a Cristina Kirchner no sería realista.
Subsisten al menos cinco razones centrales por las que Alberto Fernández no podrá construir el albertismo puro:
La economía: con niveles de inflación de dos dígitos y un plan para combatir el alza de precios que no convence a nadie, al presidente le será muy difícil sacar a la Argentina de la grave crisis en que se encuentra sumergida. La guerra en Ucrania potenciará los problemas de la economía global y no hay indicios favorables que hagan pensar en una reducción de la pobreza, la inflación o el desempleo.
Cristina Kirchner: el segundo gran escollo que presentará Fernández es la misma vicepresidenta. En la Casa Rosada se espera que en las próximas horas Cristina emita otra furibunda carta pública contra Alberto Fernández y el acuerdo con el Fondo. Será el quiebre definitivo expuesto una vez más en la palestra pública. Pero en el gobierno admiten que el poder de daño de Cristina Kirchner no termina allí.
La vicepresidenta controla aún hoy con su imagen negativa muy alta un porcentaje cautivo de votos que oscila entre el 20 y el 30 por ciento. El núcleo duro de la pobreza del Conurbano sigue atado al voto kirchnerista y reniega de Alberto Fernández. Lo mismo ocurre con las bases de muchos movimientos sociales y agrupaciones de derechos humanos.
La Cámpora: hay amplios sectores de La Cámpora que tienen un fuerte control en los ministerios, secretarías o entes autárquicos. Por caso, en el Pami que lidera la kirchnerista Luana Volnovich se acaba de aprobar la designación en planta permanente de al menos 400 empleados relacionados con La Cámpora. El esquema se reitera en otras dependencia con fuerte peso en la administración. También se trata de organismos con "caja", que permiten una discrecional y legal transferencia de fondos.
El esquema de los jóvenes camporistas se replica también en el Congreso donde Máximo Kirchner lleva las riendas de un núcleo duro de al menos 20 legisladores en Diputados y unos 12 en el Senado. Este es un verdadero escollo para los proyectos que el Poder Ejecutivo busque imponer en el Congreso en adelante. La Cámpora es la representación de la juventud peronista movilizada y es un plus electoral del que Alberto Fernández carece.
Intendentes y gobernadores: en el ánimo de Alberto Fernández está sustentar gran parte de su poder con los gobernadores e intendentes del PJ. Es lo que pregonan sus allegados. El problema es que el peronismo es pragmático como siempre y evitará unificar fuerzas con un presidente debilitado. Las medidas de retenciones al campo son una muestra de ese pragmatismo. Los gobernadores peronistas de Santa Fe, Córdoba y San Juan, entre otros, ya salieron a despegarse del gobierno porque creen que esas recetas dañan a los productores de sus distritos. A esto se les suma el retaceo de fondos de la Nación y el impás que puso el Gobierno a los reclamos de los mandatarios del Norte en sus reclamos de subsidios al transporte y la energía.
Los intendentes del Conurbano están divididos. Un sector responde a Máximo Kirchner y el otro se mueve en los andariveles del peronismo ortodoxo y del presidente. Algunos "barones" salen públicamente a reclamar las paces entre Cristina y Alberto, pero en la intimidad ninguno de estos jefes comunales cree que se pueda lograr hoy un milagro político. Y ya lo hemos mencionado: ninguno de estos intendentes atará su futuro a la figura de un presidente debilitado.
Los gremios: en una primera muestra del duro combate que implicará en el plano sindical el enfrentamiento de Cristina Kirchner y Alberto Fernández, el gremio de la poderosa UOM sufrió esta semana una baja importante del albertismo. El histórico Antonio Caló fue desplazado por el ala kirchnerista de Abel Furlán que quedó al frente del gremio. Esta guerra se replicará en otros gremios y en la CGT.
El líder de Camioneros, Hugo Moyano, mantuvo este lunes una larga charla reservada con el presidente en medio de la dura pelea que Pablo Moyano mantiene con su padre por el control del gremio. El punto es que Pablo tiene muy buena relación con Máximo Kirchner y forma parte del triunvirato de la CGT donde hay aliados al presidente como Héctor Daer o Carlos Acuña. Todo indica que el presidente no podrá controlar todo el espinel de los gremios sin aval del kirchnerismo.














