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Mirando atrás nunca saldremos adelante

07 de junio de 2019 a las 12:00 a. m.

Mientras los discursos del peronismo hablan de Perón y Evita, casi el 70 por ciento de la población desconoce su práctica histórica.

El peronismo no puede salir de ese discurso anacrónico que propone un debate que atrasa por todos lados.

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Concretamente, el 62,8 por ciento de la población electoral, unos 27,7 millones de votantes, son menores de 40 años, y el 69,5 no llega a los 45 años. Entonces, ¿qué sentido tienen esas discusiones que incorporan las “bondades” del peronismo -los “perjuicios”, como suelen decir los economistas liberales- de los 70 años de regulación estatal de la economía?

Se traen al presente las pulseadas verbales entre clásicos y revisionistas de la historia, sobre el rol de Rosas, de Sarmiento, de Roca y su avance sobre la Patagonia, de unitarios y federales y demás. Todavía hoy se enarbolan las figuras casi míticas de Perón y Evita, y hasta Alfonsín ha quedado en la nebulosa histórica.

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Los modelos del modernismo como el keynesianismo y el liberalismo resultan hoy también de dudosa aplicabilidad. Afortunadamente no queda otra alternativa que crear teorías y praxis nuevas, caso contrario terminaremos como estatuas de sal, como acabó la mujer de Lot por mirar hacia atrás al huir de Sodoma y Gomorra. Esta historia bíblica es sumamente apropiada para entender el punto de este artículo: lo primero que le informan a Lot es que ambas ciudades serían destruidas por su corrupción pero que nadie mirara hacia atrás porque perecería. Si bien es bueno saber de dónde venimos y cuál es la causa de nuestros males, en la Argentina todo está fuera de madre. Todavía se está hablando de Menem y de la convertibilidad, de la hiperinflación pero los votantes las vivieron.

Todo tiene que tener su dosis. Cuando se conduce un automóvil, se debe mirar mucho más tiempo hacia adelante pero cada tanto mirar el espejo retrovisor. Bueno, los políticos argentinos invierten las acciones y dedican mucho más tiempo en lo segundo. El riesgo es estrolarse contra quien va adelante o contra cualquier obstáculo, o perecer como la mujer de Lot, solo por exagerar en su actitud de mirar hacia atrás.

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Entonces, si casi el 70 por ciento de los votantes no tiene más de 45 años de edad, ¿por qué no comenzar a discutir un modelo de país sustentado en el consenso, en la mirada hacia delante, dejando de lado discusiones bizantinas basadas en modelos ya perimidos?

¿Qué pasó en este bendito país para que los acuerdos sean tan difíciles de alcanzar? ¿Es que es más fácil pelear que consensuar? ¿Tenía razón Hobbes entonces, que el ser humano es malo por naturaleza y que tiende mucho más a la destrucción que a la construcción y a la generosidad?

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Mientras se debate entre el keynesianismo a la criolla y trucho del cristinismo y el monetarismo ajustador y socialmente insensible de Macri, los pobres están solos y esperan. Ambos gobiernos exhibieron sus incapacidades para combatir la pobreza, y ninguno pudo mejorar la situación. La pobreza nunca bajó del 27 por ciento de la población, y eso es una ignominia político-social.

Por lo tanto, si no queremos perecer o convertirnos en estatuas de sal como la mujer de Lot, urge encontrar el mecanismo del acuerdo y de las políticas consensuadas. Porque mientras nos distraemos en mirar permanentemente el espejo retrovisor de este vehículo nacional, el parabrisas se torna cada vez más opaco y sucio y nos impide ver la pared o el abismo que nos espera al final del camino.

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Cambiemos estrenó en 2015 a ese nuevo electorado ignorante de la controversia nacional e histórica y propuso algo nuevo que todavía ni siquiera se insinuó. Propició quitarle el velo a la corrupción pasada pero por su incapacidad de resolver la realidad económica sobreactuó esa cruzada moralizante, necesaria y justa, claro, pero descuidando los problemas económicos de los argentinos.

El evangelio macrista terrminó resultando un fiasco más de la inoperancia de la política nacional, la que en vez de buscar soluciones para los problemas reales, sigue mirando hacia atrás. En el caso de Cambiemos, hacer ver hacia atrás para usar a Cristina como una vara baja que lo levante en la consideración del votante independiente. Y así seguimos sumergidos en debates infructuosos y paralizantes. El kirchnerismo también es parte del pasado que no hay que mirar demasiado; quedó atrás con su piñata llena de fondos públicos que terminaron en manos amigas y el sueño argentino de un país diferente, que naufragó, una vez más.

Mientras tanto, un 32 por ciento de pobres, sus hijos y sus nietos aguardan una solución que nadie se las da.

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