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Los tarifazos, mitos, verdades y equilibrios necesarios

06 de octubre de 2017 a las 12:00 a. m.

Los incrementos de tarifas de los servicios básicos como la energía y el gas se han seguido produciendo con intervalos de trimestres en la Argentina, a veces un poco más, pero en general mantienen un ritmo de aumento desde que asumió la administración de Mauricio Macri hasta la actualidad. Y en este sentido, antes de ingresar en los aspectos urticantes del asunto, lo primero que debemos poner sobre la mesa es que a nadie pudo tomar de sorpresa que en el país tuvieran que realizarse estos ajustes en los servicios; si se registró entre 2002 y 2015 una inflación acumulada del 1.385 por ciento, que fue trasladada a todos los consumos, era una fantasía algo onerosa para el Estado sostener las tarifas congeladas en esos 13 años, por más que con gusto nos convencimos de esa realidad. Vamos a tomar por caso el costo de la TV por cable y su evolución en este período que mencionamos.  Si se compara el abono de cable con otros servicios públicos, la diferencia es enorme, partiendo del hecho de que las tarifas eléctricas estuvieron prácticamente congeladas desde 2000, y las de gas tuvieron un aumento en 2014 que las dejó a mitad de camino del sinceramiento total. 

Un usuario de cable pagaba en 2002 aproximadamente 30 pesos mensuales mientras que para 2015 el abono ya rondaba los 650 pesos. Es decir, un incremento del 1.100 por ciento en 13 años, replicando el ritmo de la inflación. Claramente, por efecto del congelamiento de tarifas hacia el usuario mediante subsidios pero absorbiendo el incremento de costos mayoristas el Estado, los servicios energéticos no acompasaron la economía real del país.

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Así fue que durante mucho tiempo vivimos con tarifas de servicios subsidiadas por el Estado, pero no reales ni gratis, ya que los verdaderos costos eran sumados al enorme déficit fiscal que, junto con otros ítems, llegó al 8 por ciento del PBI. Mientras tanto, no con poco esfuerzo pero sin quejarnos demasiado, pagamos los costos reales del resto de los servicios que aunque no elementales hacen a nuestro confort. Y sobre todo, con la hipocresía de gran parte de la sociedad que fue subsidiada sin necesitarlo; hablamos de gente que puede solventar autos de alta gama, medicina prepaga, colegios privados, seguridad privada que estuvo abonando por gas y luz lo mismo que el jubilado, el desempleado o el asalariado que no pudo mejorar sus ingresos sino por medio de un acuerdo paritario que cuando no fue insuficiente, llegó tarde.

Fue un tema analizado e informado hasta el cansancio, tanto por defensores como por detractores y la realidad es que podemos coincidir en una cuestión básica: no se podían mantener los servicios con tan alto nivel de subsidio para todos los sectores sociales, de modo generalizado e injusto por otra parte. El concepto de justicia al que adherimos es aquel que reza: justicia no es dar a todos lo mismo sino a cada uno lo suyo. De modo que, para que los sectores de mayores ingresos pagaran a precio vil la luz y el gas, pagábamos con alta inflación los sectores medios y los más pobres las continuas devaluaciones del peso a que nos llevaba emitir billetes sin control para subsidiar a todos y todas.

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Comenzamos por la cuestión conceptual para no llamarnos a error respecto de qué hablamos cuando nos referimos a los tarifazos, es decir los incrementos de tarifas que aunque sean graduales son importantes para el bolsillo de los sectores medios. En definitiva, los sectores de menores recursos reciben una tarifa social que es realmente más baja que la común; los que más tienen al fin empezaron a pagar por los servicios que utilizan según su precio real después de una larga y cómoda primavera en que usaban sin control la energía y el gas, total era un gasto insignificante mientras mantenían un alto nivel de vida. 

La temática, en definitiva, nos lleva a la clase media que es la que indefectiblemente siente el peso real de los aumentos de tarifas, la que se lleva la peor parte, porque mientras tanto la inflación aun no se ha logrado frenar y los salarios han aumentado menos que los servicios. Junto a este sector, las Pymes están pasando lo suyo porque para sostenerse en sus pequeños ámbitos de acción no pueden trasladar los aumentos de costos fijos al precio del producto, teniendo algunas que cerrar sus puertas. Y en este sentido hay que mirar con mucho interés a quienes como las pequeñas y medianas empresas son las que más empleo ofrecen al país. 

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Es precisamente por la clase media y por las Pymes que es absolutamente necesario revertir gradualmente el error en que incurrió el gobierno anterior al sostener artificial e injustamente el sistema energético. Si en 12 años se cometió el desatino de no aumentar las tarifas al ritmo de la inflación, tampoco es procedente ni justo que en dos años se retrotraiga ese camino, también en un contexto inflacionario. Es cometer, a la inversa, el mismo y nocivo error. 

El quid de la cuestión, que faltó antes y no debería faltar ahora, es hacer las cosas acompasadamente, por el bien de todos. En esta etapa, siguiendo el ritmo de los aumentos de salarios porque los empleados y todos quienes reciben un monto fijo de ingresos no tienen la posibilidad de equilibrar los aumentos trasladándolos al precio de un producto que le mejore esos ingresos. Aunque técnicamente sí, en los hechos tampoco lo pueden hacer los titulares de Pymes, quienes para sostener el negocio no pueden prescindir de la luz pero sí de un empleado, lo cual importa otra cuestión a atender. Es necesario que la gradualidad vaya de la mano de los incrementos de salarios, que vayan equilibrando los bolsillos del sector, lo que en los primeros aumentos no sucedió. 

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Si el Gobierno va acompasando aumentos de servicios con salarios será más sencillo de pasar el trance. Sin embargo, ya se habla del 40 por ciento en el caso del gas para el mes de noviembre, cuando se sabe que las paritarias mayoritariamente se celebran en marzo. Si se respetan los tiempos de la gente, también se podrá seguir el camino de salida de la recesión, ya que las Pymes que vienen también soportando mayores costos, se verán beneficiadas si hay más circulante en la calle. En cambio, la mezcla entre aumento de tarifas y recesión es explosiva para la economía doméstica.

A su vez las tarifas generaron otra cultura del uso de los servicios. En comparación con el año pasado según las últimas estadísticas oficiales, la demanda de gas en los hogares se desplomó en el segundo trimestre del año, mientras que la de electricidad tuvo una caída también importante. Se trata de dos hechos infrecuentes si se los compara con el comportamiento de la demanda en los últimos años, cuando las tarifas subsidiadas llevaban al abuso. Entre abril y junio, el consumo residencial de gas se redujo un 22,7 por ciento con respecto al mismo trimestre del año pasado: pasó de 45 millones de metros cúbicos diarios (m3) a 34,8 millones de m3. En el caso de la electricidad, en tanto, en el segundo trimestre cayó 9 por ciento el consumo en los hogares. Al fin, el Gobierno recibió como una buena noticia la caída de la demanda en los hogares, por diversos motivos. En primer término, el aumento de tarifas le dio un poco más de racionalidad al consumo de energía, tras 12 años en los que el crecimiento de los subsidios a todos los sectores de la demanda envió una señal de precios errónea con respecto del costo real de producir la energía en el país.

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Si bien los hogares ajustaron su consumo, las industrias lo aumentaron. Es una señal más de la tímida recuperación económica que comenzaron a mostrar estadísticas oficiales. Por caso, el consumo de gas por parte del sector productivo creció 9,6 por ciento en el segundo trimestre, mientras que la demanda industrial y comercial de electricidad trepó un 2,6 por ciento.

 

Sincerar la economía siempre es difícil, hay sectores que padecen dificultades, por eso es tan importante que el Gobierno monitoree a los sectores medios y a las Pymes para lograr un tránsito lo menos traumático posible. Pero el resto de la sociedad, que vivió “de arriba” con tarifas irreales y nunca se quejó de ello sino todo lo contrario, debe también hacer un sinceramiento y asumir que esta es la realidad, sin mayores cuestionamientos. En general, es gente con formación, con manejo de datos económicos y criterio empresario que entiende muy bien de qué se trata y, aunque le moleste (porque a nadie le gusta pagar más que antes o que otros) debe llamarse a silencio si la factura del gas le paso, “de repente”, de 400 pesos bimestrales (lo que gasta en una comida en un restaurante) a 4.000. Sencillamente porque sabe que ese “de repente” responde a una mentira anterior sobre la que no levantó la voz.

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