Llegar a la verdad es un acto de responsabilidad
Durante esta semana la atmósfera fue cambiando paulatinamente en la Argentina hasta asumir que estamos frente a una tragedia de proporciones tras la desaparición del submarino que navegaba las aguas del Atlántico Sur. Los familiares de los 44 marinos solo esperan un milagro, mientras las grandes potencias mostraron su solidaridad de hombres de mar, Estados Unidos, Rusia, España, Brasil y muchos otros, en el operativo conjunto de búsqueda más importante desde la segunda Gran Guerra a mediados del Siglo XX.
Así de importante es la cuestión y así de difícil asumir las consecuencias de lo que probablemente nos espera cuando, finalmente, encuentren al submarino.
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Como periodistas hemos reflexionado en esta columna en estos días sobre el impacto que esta noticia ha tenido en los medios de prensa y pese a que todos los manuales del oficio indican que en situaciones de esta naturaleza debe imponerse la cautela, sobre todo por el respeto al dolor de los familiares y por el decoro ante la posibilidad cierta de que, al fin, todos estén muertos. Sin embargo hemos visto desfilar los mayores defectos de la no profesión: apresuramiento por la primicia, necesidad desesperada de echarle la culpa a alguien, demasiadas horas para desinformar y confundir. Cuando comenzó a sospecharse el drama, los micrófonos se abalanzaron sobre los familiares para que en el momento más íntimo de dolor quedaran expuestos. Querían entrevistarlos a como diera lugar apenas les dijeron que hubo una explosión, quién sabe a la espera del natural exabrupto, el llanto desconsolado y el natural instinto por buscar responsables a su dolor. Y la verdad es que algunos movileros se portaron como verdaderos canallas, mientras ponían cara de compungidos y desde el estudio de TV los incitaban a más. Faltó la sobriedad y el sentido común que vemos en otros países cuando atraviesan tragedias, incluso más grandes que la que tenemos ante nuestros ojos. Faltó el rigor, que en este caso de temática tan desconocida para todos y encima aun sin evidencias, era imposible de impartir al pretender brindar una información apropiada. Ante la carencia de estos elementos, solo cabe el oportuno silencio. Pero eso también faltó.
No nos produce ningún orgullo, la verdad, tener que reconocer este comportamiento tan errático de los colegas, pero como dice la canción de Serrat, nunca es dura la verdad, lo que no tiene es remedio.
En este sentido, con lógica implacable, el presidente Mauricio Macri salió esta semana públicamente por primera vez para encarar el asunto, con economía de palabras en un corto mensaje dijo lo que debíamos escuchar: no es el momento de buscar culpables, hay que seguir buscando el submarino hasta encontrarlo y afirmó que salió de puerto en perfectas condiciones. También hizo un gesto hacia las Fuerzas Armadas, eternamente cuestionadas desde el retorno a la democracia por su pasado golpista. Dijo que estaban para cuidarnos, que esa era su tarea, reivindicando a los militares que hoy, la realidad, no tienen nada que ver con aquellos que hace más de 30 años hicieron tanto daño al país.
Y era importante que alguien dijera estas cosas y mejor si es el presidente. No es momento de hundir el escalpelo en la grieta, en medio de una tragedia de proporciones. Todo debe tener un límite y la politiquería también. En situaciones como la que vivimos, periodistas y políticos se unen en el mismo juego perverso que tiene distinto objetivo pero la misma estrategia: llevar agua para su molino.
Por el momento no hay otra verdad ni otra primicia que esta: la desaparición de los 44 marinos sumió al país y al mundo en un estado de desazón, de tristeza, escuchar a los familiares genera nudos en la garganta. Todos eran jóvenes, todos amaban el mar, se habían sacrificado por ese amor hasta lograr ser submarinistas, una de las profesiones más difíciles de la Armada. Y de pronto, la tragedia por ahora inexplicable.
Debemos encontrar el submarino, en primer lugar, y luego dejar que la ciencia, la técnica y la Justicia echen luz luego de una investigación seria sobre lo que pasó, sin tanto macaneador o experto hablando y dando razones en los medios. Pueden conocer el tema, pero no estuvieron allí, por lo que todo lo que pueden ofrecer son conjeturas y elucubraciones sin rigor que no hacen más que dañar, desprestigiar, prejuzgar y confundir. Todo lo que no nos gustaría que hagan sobre nosotros y nuestros actos.
Ha llegado la hora de recuperar la prudencia perdida y no seguir confundiendo sobre una temática de la que en realidad la mayoría no sabe una palabra. La cuestión del submarinismo es claramente muy técnica para que todo el mundo se lance con opiniones basadas en el más supino desconocimiento. Hay que cumplir las etapas, en este momento estamos recién comenzando un duelo si asumimos que solo un milagro podría suponer que los 44 marinos estén vivos. Luego, sobre la base de prueba cierta y la investigación de expertos que conocen el tema, iremos llegando a la verdad. Porque en definitiva de eso se trata una tragedia, de padecimientos que solo la verdad puede aliviar en algún punto. Debemos corrernos de pretender descubrir por medio de la prensa lo que pasó antes que los datos duros que ya se irán conociendo, nos den la visión de la realidad que terminó en este desastre.
Frente a una desgracia como la que nos precede no vale tomar atajos; lo único que nos llevará a un lugar seguro, duela lo que duela, es la verdad y para eso será la paciencia y la responsabilidad con que tratemos este delicado asunto que lleguemos o, como otras veces nos ha sucedido, terminemos embarrando todo el tema, de modo que erróneamente, cada sector termina pensando lo que quiere, aun frente a un hecho objetivo.
En definitiva debemos crecer, en el mejor de los modos, el que nos llevará inexorablemente a la verdad y sus consecuencias.














