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Las flores podridas de la verdadera pesada herencia

01 de septiembre de 2018 a las 12:00 a. m.

No es la primera vez en los últimos tiempos que un múltiple crimen conmociona a los vecinos de Esteban Echeverría, un distrito de entre los más pobres del Conurbano, donde se repite el patrón: asesinatos a mansalva, al estilo mafioso, que además de ajustar cuentas emiten un mensaje para otros que están en el macabro negocio del narcotráfico. Esta vez dos hermanos de 18 y 16 años y un amigo de ellos fueron hallados acribillados a balazos el jueves en un descampado.

Los cuerpos fueron descubiertos por dos chicas en la zona de Monte Grande, quienes enseguida dieron aviso a la Policía.

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Las víctimas fueron identificadas como Osmar Adalberto Benítez Palacios (18) y su hermano Pedro Abraham Palacios (16), ambos de nacionalidad paraguaya y vecinos del barrio La Victoria de Monte Grande. La tercera víctima, amigo de los hermanos asesinados, fue identificada como Miguel Angel Díaz (16).

¿Es consciente el lector de la corta edad de los fallecidos? Uno solo apenas mayor y dos adolescentes que ya, merced a la presencia del narcotráfico, quemaron sus vidas antes de empezar.

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Los hermanos se dedicaban a la venta de marihuana en el mismo descampado donde fueron asesinados. Este triple crimen fue cometido a unas 50 cuadras de donde a mediados de junio ocurrió un cuádruple homicidio también vinculado al negocio de la droga.

Destacamos la edad de los muertos y su íntima relación con las drogas. No por un hipócrita asombro ya que consumo de drogas hubo y habrá, legal o ilegal, y es precisamente la marihuana, según los profesionales que atienden la problemática, la puerta de entrada a ese consumo, que a su vez es solventado con la venta. No estamos hablando ni de dealers ni de gente que sea hace millonaria con el narcotráfico sino de pobres y adictos, que encuentran en la droga tanto una fuente de ingreso como de malgasto.

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Como decíamos, la droga y su negocio, extendido por todo el planeta, son en cierta forma como la corrupción: estuvieron, están y estarán. Pero la actitud del Estado y de los sucesivos gobiernos es lo que hace a la diferencia entre su proliferación o su acorralamiento. En todos los gobiernos habrá corruptos, es inherente a la condición humana, pero lo esperable es que apenas detectado, se desactive. Con la droga sucede lo mismo: una cosa es que haya y que se trabaje para erradicarla (aunque sea una utopía) y otra muy distinta es que haya y se activen mecanismos para que haya más. Esto último es la más pesada herencia que nos dejaron los 12 años de gestión kirchnerista, una fatídica herencia que supondrá la pérdida de multitudes de argentinos por varias generaciones.

No todo fue lo que hizo el kirchnerismo sino lo que dejó de hacer; hete aquí la mayor hipocresía de todas: el decir que se combatía el narcotráfico mientras se desactivaban todos los controles posibles para evitar, ya no solo el ingreso de la mercadería procesada para su venta sino de la industria completa, incluyendo jefes, sicarios, cocinas y dealers.

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Nadie parece haber visto en las décadas pasadas las mansiones que se levantaban en los más lujosos barrios cerrados del Conurbano, como verdaderos monumentos a la llegada del narcotráfico; nadie controlaba el origen del dinero que ingresaban ciertos personajes que elegían Argentina para radicarse, tampoco parece que se vio el incremento del ingreso de efedrina, cuando otros países como México la prohibían por su uso para fabricar drogas.

Y tristemente, a diferencia con la otra herencia, la de la corrupción, en el caso de la droga, no veremos pasar arrepentidos por Tribunales. Así que difícilmente nadie pague por este daño irreparable a nuestra sociedad.

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Está claro que el kirchnerismo dejó una herencia pesada por donde se la mire: descalabro económico, fractura social y los niveles de corrupción más altos desde el retorno de la democracia en 1983.

Pero lo que no tiene perdón de Dios es que dejaron instalar a los narcos, hicieron negocios y tuvieron complicidades con algunos patrones del mal y permitieron que el consumo de droga se multiplicara mientras negaban el problema y miraban para otro lado.

Hasta Naciones Unidas tomó registro de lo que aquí estaba sucediendo y se negaba. Aníbal Fernández repitió hasta el hartazgo que éramos un país de tránsito, incluso cuando ya se había producido el triple crimen de General Rodríguez que dejó al desnudo la nueva relación de Argentina con la droga. Mientras aquí se negaba, el organismo internacional, que llama a las cosas por su nombre, denunciaba a nuestro país la importación fraudulenta o de contrabando de toneladas de efedrina para exportar a México donde fabrican metanfetaminas.  Fue un negocio gigantesco y criminal parido desde el Estado.

Como sucedió con la corrupción, el lavado y los sobornos, tanto Néstor como Cristina cooptaron con gente de su extrema confianza los organismos de control, justamente para que no controlaran.  En el Sedronar, que es el organismo encargado de combatir la droga, durante siete años, el responsable fue uno de los grandes amigos de Néstor Kirchner: el dentista José Ramón Granero, por acción u omisión permitió o colaboró para que los narcos hicieran un negocio multimillonario con el delito despreciable de importar solo en el año 2007, la friolera de 20 mil kilos de efedrina. La cantidad que se estima necesaria en nuestro país para su uso medicinal (la incluyen los descongestivos) es de 1.200 kilos por año. De pronto, 20 mil. ¿Nadie lo notó? Ya eran tiempos en que en México la efedrina estaba directamente prohibida para evitar su uso negativo, en la confección de fabricar drogas sintéticas como el éxtasis. Por lo tanto, allí se la pagaba  fortunas. Concretamente se estima que los “reyes” de la efedrina locales compraban un kilo a 100 dólares y lo vendían a 10.000 dólares. Es decir, lo importaban y enseguida lo exportaban a México de contrabando y ganaban cataratas de dólares. ¿Granero nunca se dio cuenta de lo que pasaba? ¿Néstor Kirchner no notó nada raro pese a que seguía siempre muy en detalle los números de la economía? Pero no solo Granero estuvo en esto. El ya fue procesado por la jueza Servini de Cubría. También estuvieron los tres hermanos Zacarías, grandes amigos de Néstor y por eso ocuparon siempre puestos clave en el estado: en el Pami, en protocolo de presidencia y en la Sedronar. ¿Y Cristina no sospechó de los aportes que recibió para su campaña electoral? La mayoría eran de droguerías involucradas en la mafia de los medicamentos y en el tema de la efedrina. Hubo un triple asesinato por este tema y los Kirchner miraron para otro lado. Naciones Unidas no. ¿Estado bobo o cómplice? ¿Demasiado tontos o demasiado vivos?

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Esto es lo que hicieron los Kirchner con el principal organismo del Estado para combatir las adicciones. Y tras la salida de Granero de la Sedronar la cosa no mejoró porque allí se metió Aníbal Fernández con un grupo de topos de la Side.

Por el contrario, los narcos consolidaron su instalación en la Argentina. No lograron el objetivo pero estuvieron a punto de convertirnos en lo que fue Colombia.

Ya sea por inacción, incapacidad o complicidad, desde Néstor para acá hubo una docena de años en los que se abrieron las puertas y ventanas a los delitos más crueles del crimen organizado para el tráfico de drogas. Y una vez que llega y se instala no es fácil sacarlo. Por eso siguen pasando episodios tan graves y de corte mafioso como el de Monte Grande de esta semana o como los de Rosario de todos los días.

Por eso el flamante gobierno no puede mirar para otro lado. Su desafío es que gobierne el pueblo a través de la democracia o los criminales a través de la narcocracia. Así de grave es la cosa.

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¿Qué hay que hacer para sacar este macabro negocio de nuestro país? Todo lo que el gobierno de Cristina y Aníbal Fernández no hicieron y revisar todo lo que sí hicieron. Hay que dinamitar las complicidades de la política, la Justicia y todas las fuerzas de seguridad. Invertir en tecnología de última generación, capacitar con los mejores a nuestros uniformados y meter presos a todos que facilitaron y siguen facilitando la infiltración de los carteles mexicanos y colombianos en nuestro bendito país. Empezando por los políticos, ya que sin su “favor” nada de esto hubiera sido posible. ¿Pero quién “vomitarᔠsus nombres ante un juez? Solo alguien que no tiene nada que perder, como Martín Lanatta, que ya está encarcelado por su supuesto vínculo con el triple crimen de Rodríguez y con la huida posterior. Su credibilidad está manchada pero solo personajes de su estirpe son los que hablarán; hay que tener en cuenta que el narcotráfico es un negocio sucio supranacional, no hay Justicia de ningún país que pueda detenerlo y, con lógica, todos lo que algo saben callan por supervivencia.

No es casual que Argentina, que era un país de tránsito, hoy sea uno de los mayores exportadores y consumidores de cocaína. ¿Quién tiene la culpa de esto? ¿Quién es el que por irresponsabilidad, incapacidad o complicidad permitió que lleguemos hasta acá? ¿A quién hay que pasarle la factura por este veneno que asesina generaciones y que destruye países? ¿Quiénes fomentaron la narcocracia? Juicio y castigo para ellos, por el silencio y la negación del tema. Especialmente a Aníbal, por insistir en que este es solo un país de tránsito cuando hace mucho que está claro que no es así.

 

 

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