La verdadera clave del desarrollo es la educación
Los debates del VII Foro de Calidad Educativa, organizado por Educar 2050, que se realizó en la Universidad de Buenos Aires, reflejaron que la crisis educativa es muticausal y que además la tarea del educador debiera estar más acorde a los tiempos que corren, en una sociedad que se ha vuelto más compleja y competitiva
En el encuentro se habló muchos sobre cómo evaluar al docente, porque también para este tema hay muchas miradas y diversos puntos de vista.
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Algunos defendieron la teoría, quizá acertada porque el tema es muy profundo, de que la clave no está en la evaluación del docente sino en su formación y en este aspecto hubo quienes opinaron que habría que producir una profunda reforma intelectual en ese aspecto.
Otros consideraron que la evaluación y la formación no son, factores contrapuestos pero en lo que coincidieron todos es que no sólo se debe evaluar a los alumnos sino también al docente. No olvidemos que a ellos, la sociedad les entrega un costado muy valioso de la formación intelectual de niños y jóvenes, que complementa el fundamental aporte de la familia porque en definitiva, familia y escuela, cada uno en su espacio, son los que darán las herramientas a la nueva generación para desarrollarse en el mundo en que vivirán.
A pesar de que existe un consenso generalizado acerca de su importancia a la hora de marcar el rumbo y el destino de la educación, la evaluación del desempeño docente, vigente en numerosos países del mundo -y, más aun, la posibilidad de que sus resultados tengan impacto salarial o en la estabilidad del cargo-, adquiere en nuestro país la apariencia de un tema tabú, del que poco se habla y menos se hace.
El hecho de que, con frecuencia, se tienda a culpabilizar a los maestros por todos los males de la educación argentina no ha hecho más que complejizar su implementación. La defensa corporativa de la docencia convirtió esta amenaza en un tabú y ambas visiones extremas se enlazan en una espiral conservadora. Tal es así que poco se discute acerca del sistema de evaluación que está legislado por los estatutos docentes y que en la mayoría de los casos es una mera formalidad. Sólo aprovechando ese modelo se podrían dar grandes pasos adelante sin cambiar ninguna normativa, opina Axel Rivas, investigador principal de Cippec (Centro de Implementación de Políticas Públicas para la Equidad y el Crecimiento).
Lo que es difícil -y se registró en este debate- es cómo medir, con claridad, el entusiasmo, la pasión o el espíritu crítico que el docente imprime a sus alumnos, junto con una cantidad de contenidos.
Porque aquí de lo que se trata es del beneficio o el daño que un docente bien entrenado puede generar frente a uno que cumple sus funciones sin interés alguno. No es lo mismo el docente de profesión que aquel que buscó una carrera como una salida laboral. Los dos pueden tener el mismo título habilitante pero lo que trasmitirá uno u otro será distinto frente al alumnado.
Sucede con los maestros lo mismo que con los alumnos: el sistema no premia la meritocracia y el esfuerzo.
Cierto es que la labor docente tampoco puede medirse sólo en los logros de sus alumnos ya que se evidencia en estos años que muchos jóvenes son refractarios a la educación y necesitan de una contención familiar educativa muy particular. Es el típico alumno al que no hay estrategia posible para interesarlo en ningún tema y eso muchas veces excede el problema docente. Hay cuestiones detrás de esa indiferencia que quizá no sea la escuela el ámbito donde deben ser resueltas.
También se analizó un tema que no es menor: el gran avance tecnológico ha creado una brecha generacional importante entre el manejo que los jóvenes y hasta los niños tienen de la computadora y el docente que ha tenido que hacer cursos aparte para conocer sus secretos.
Pero en medio de tanto avance tecnológico, hay conceptos tan antiguos como el mundo que no perecen y son elementales en la educación: el maestro artesano, que moldea la arcilla virgen de los niños y jóvenes. Sin convertirlo en una cuestión mecánica sino atendiendo a las particularidades. Obviamente ayudado por la computación, pero utilizada de manera creativa. Este es el docente que más logra de sus alumnos, porque les enseña a pensar, a dudar como decía Galeano: Enseñar, es enseñar a dudar. A despertar el gusto por investigar, a que cada uno desarrolle las actividades por las que más se inclina.
Este debate es muy importante por diversos motivos; en primer lugar porque hace muchos años que en la Argentina no se analiza en profundo la problemática a estos niveles. Y en segundo lugar porque las luchas por las cuestiones salariales son las que ocupan el universo de la información que se recibe sobre los docentes. De esta manera la sociedad percibe que sólo es el sueldo la problemática. Cuando en realidad, la educación es la herramienta fundamental de cualquier país que pretenda tener un desarrollo sustentable, desde esta visión, es más importante que la política o la economía.
Las consecuencias de esta ausencia de debate por años están a la vista. Es tiempo de salir de los tabúes conservadores que mantienen algunas polarizaciones ineficaces del discurso ideológico. Hay que hacerlo con criterios pedagógicos, no economicistas, pero que funcionen en la práctica y generen procesos institucionalizados de mejora educativa.
Ningún país se desarrolla en serio si tiene una población con alfabetización dispersa, como sucede en nuestro país, donde conviven jóvenes fuertemente instruidos y otros que apenas saben leer.
No sirve en términos sociales que en Buenos Aires haya genios y políglotas si en Chaco hay 56.000 analfabetos (el 5 por ciento de su población) por citar un caso. Está probado en el mundo entero: cuando un país ha logrado niveles de desarrollo es fácil advertir el alto nivel educativo de su población.
Argentina tiene una tensión no resuelta entre calidad e inclusión que es compleja porque está definiendo de una manera no muy clara si al país le importa más la calidad o más la inclusión.














