La universidad que no nos acerca al futuro
La Argentina ha tenido tradición de tener las mejores universidades de América Latina, un faro para los profesionales no solo de nuestro país sino de tantos otros vecinos, que venían en búsqueda de una titulación que era muy valorada en el Siglo XX. Además éramos ejemplo en la región porque nuestra educación era pública, gratuita y de calidad, independientemente que coexistiera con la educación gestión privada. Eran las épocas doradas en las cuales los hijos de la segunda gran inmigración llegaron a la universidad generando una fenomenal movilidad social que tiñó la segunda mitad del siglo pasado, toda vez que los hijos de los trabajadores más humildes se transformaban en profesionales, como tan bien lo refleja Florencio Sánchez en Mhijo el dotor, una obra teatral escrita en 1903 donde se anticipa este proceso que recién se iniciaba en la Argentina.
En aquellos laureles nos dormimos; en esa misma retórica nos quedamos, mientras el paso de los años, las generaciones, la burocracia y la corrupción que nunca falta- se llevaban puesta la educación superior pública. Y como mucho nos gusta a los argentinos, nos seguimos vanagloriando de la boca para fuera de tener la mejor educación pública cuando bien sabemos que no lo es. O peor aún: la preferimos defectuosa como está pero demagógicamente pública, antes de plantear una alternativa que la reconvierta al Siglo XXI, tanto en contenidos como en su cometido de inclusión y movilidad social. Algún día tendremos que comprender dos cosas: que nada de lo que se dice que es gratis lo es, porque lo pagamos todos y que la gratuidad no es sinónimo de justicia social.
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¿Qué sucedió para que hoy enfrentemos los problemas de inclusión que tenemos en la universidad argentina? Porque la verdad es que entre sus matriculados y graduados no hay mayormente pibes de familias humildes; esos lamentablemente ni siquiera están terminando el secundario.
Nuestra tasa de graduación es hoy una de las más bajas de América Latina. Estamos por debajo de Cuba, México, Colombia, Brasil y Chile; la deserción universitaria argentina es de las más altas de la región. Por otro lado, nuestro Estado hace un gran esfuerzo para tener una universidad gratuita, algo que puede ser intrínsecamente bueno pero ha dejado de serlo en la realidad, por cuanto los alumnos abandonan la carrera y, lo más preocupante, hay muy pocos graduados en las carreras científicas y tecnológicas, que son las que más nichos laborales tienen en el presente y a futuro. Si miramos las cifras del universo de graduados, solo un cinco por ciento se registra en estas carreras y el 95 pasan a engrosar las filas de las carreras tradicionales saturadas de profesionales. Una problemática que la hemos planteado en más de una oportunidad, a la espera de que el Estado ayude a direccionar las carreras de las altas casas de estudio, en base a estrategias claras y bien pensadas para atraer a los estudiantes.
Por el hecho de sostener una tradición de universidad pública y gratuita (que no son sinónimos) estamos pagando un alto costo para no cumplir con ninguno de los objetivos que motivan tal empresa: no hay inclusión, no hay movilidad social y no se está formando a profesionales en las carreras que son demandadas en el mercado laboral.
Habrá casos en los que aun la universidad pública es el pasaporte para que las nuevas generaciones de una familia den un salto cualitativo en su estándar de vida. Pero en general, con el paso de las décadas, la universidad ha dejado de ser tan inclusiva como lo era en el siglo pasado, con lo cual no vemos repetirse en la actualidad ese fenómeno de ascenso social en la familia argentina. Porque la realidad es que hay pocos y cada vez menos alumnos de bajos recursos en este nivel de la educación. Cierto es que tenemos un muy deficitario sistema de becas, las que otorgan distintos estamentos del Estado en algunas épocas sí y en otras no, no existe el crédito universitario que tantos otros países tienen. Son becas que una vez que el alumno se recibe comienza a devolver con su trabajo, en cuotas, lo que el Estado le anticipó para que cursara su carrera.
Las becas o los créditos universitarios podrían devolver a los sectores de menores recursos el pleno ingreso a los altos estudios, sobre todo porque se podrían concentrar en las carreras científicas y tecnológicas, se podría triplicar la actual escasa graduación anual en ciencias aplicadas y ciencias básicas, carreras que son cada vez más importantes en este Siglo XXI. De este modo habría menos frustración a la hora de poder ejercer la vida profesional y se lograría volver a un nivel de inclusión social de nuestra universidad estatal que, a pesar de la gratuidad, no tiene la participación de alumnos de origen humilde del pasado. Porque de esto depende la igualdad de oportunidades que tanto necesitamos, porque de esto depende en gran medida el verdadero nivel de desarrollo que puede exhibir una nación.
Entre tantas problemáticas que tiene la Argentina no hemos puesto en agenda la educación, esta es la verdad, más allá de los discursos de todos los sectores políticos, en la práctica, ningún sector está pensando seriamente en esta problemática, por eso no se están discutiendo leyes que contengan nuevas estrategias para la universidad, ni tampoco vemos a funcionarios preocupados por esta realidad.
Es casi una broma de mal gusto escuchar a los candidatos repetir, cuando se les pregunta (nunca de motu proprio siquiera) que la solución a muchos males de nuestro país está en la educación. Lo dicen tan al pasar que la frase en sí misma suena tan vacua y de ocasión como es posible. Y la realidad es que de la cuestión universitaria hace ya décadas se ha abandonado el tema a su suerte y los resultados están a la vista: ya no somos un faro en América Latina, tenemos una universidad gratuita pero con la más alta deserción de la región y no hemos logrado que las carreras que tienen verdadero futuro laboral sean elegidas por los alumnos. Un enorme presupuesto en educación universitaria que no nos acerca al futuro sino que muestra un pasado luminoso que se ha ido agrietando.











