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La región mira de lejos la encrucijada venezolana

08 de junio de 2016 a las 12:00 a. m.

La situación dramática que vive Venezuela se puede analizar no solo por lo que sucede puertas adentro sino también en función del impacto y la repercusión a nivel regional. 

Por lo pronto, es claro que, además de que Maduro es cada vez más cuestionable en sus decisiones, ha habido un giro político en el grupo de países que, hasta el año pasado, apoyaban el régimen chavista.

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En el caso de la Argentina, Mauricio Macri dio un vuelco absoluto respecto de la posición kirchnerista de apoyo irrestricto a Nicolás Maduro, por el de nación crítica al país vecino por los presos políticos, la violencia desatada y el deterioro democrático. Lo dejó en claro desde su primera intervención en el Mercosur.

En Brasil la suspensión como presidenta de Dilma Rousseff también impactó negativamente para la Venezuela chavista, habida cuenta que su reemplazante Temer, tiene claramente otra visión política respecto de la región y tampoco dará su apoyo al actual gobierno. Perú variará y endurecerá su posición ante el régimen de Nicolás Maduro si se termina de confirmar oficialmente la victoria de Pedro Pablo Kuczynski, en el ballottage presidencial contra Keiko Fujimori y del que aún se esperan resultados definitivos. Kuczynski había denunciado durante la campaña que en Venezuela existen presos políticos que deben ser liberados para no perpetuar una situación de abuso, una posición que representa un giro respecto de la posición del saliente gobierno de Ollanta Humala, que ha pedido que los venezolanos resuelvan sus problemas entre ellos.

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La realidad es que el régimen chavista, desde la muerte del líder de la llamada Revolución Bolivariana, Hugo Chávez, no ha hecho más que deteriorarse. De por sí, la economía había comenzado a tener problemas antes de su fallecimiento y el Gobierno ya mostraba claros rasgos de autoritarismo. Esta suerte de “democradura” era internacionalmente apoyada por los gobiernos de centro izquierda y progresistas de la región, aun a sabiendas de persecuciones, presos políticos y fraudes electorales evidentes. Por ser un gobierno democráticamente elegido, hasta ahora fue un gobierno apoyado.  

Cada vez es más claro que lo de Maduro pasa de “castaño oscuro” en lo que a prácticas democráticas se refiere y, paralelamente al deterioro enorme del sistema, la economía está hecha pedazos, con escasez extrema de alimentos, racionamientos y la atención sanitaria colapsada.  Como bien dice el refrán, “no se puede tapar el sol con un dedo”, del mismo modo que el presidente venezolano ya no puede morigerar hacia el exterior el calamitoso estado en que está su nación. Por eso, casi en un llamado de auxilio, reclama a los países de la región que “no aíslen a Venezuela”, que “rechacen las presiones de Estados Unidos y la OEA”, asumiendo que desde estos espacios se les hará a los venezolanos una especie de vacío por conducta antidemocrática.

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Maduro delira al querer resurgir viejos esquemas que ya no son ni volverán a ser: Venezuela no será la Cuba del Siglo XXI y penderá sobre ella un bloqueo económico. En lo que no le falta razón al presidente es que no es correcto ni conveniente dejar sola a Venezuela en este trance, mejor dicho, no dejar solos a los venezolanos en esta crisis sin precedentes que viven. Los países de la región, por más enojo y discrepancia que haya con Maduro, incluso a pesar de las denuncias que pesan sobre él, no pueden dar la espalda al pueblo venezolano.

Ahora, ello no quita el repudio a la labor destructiva de la autocracia chavista ni que los organismos internacionales que defienden la democracia de una vez por todas se pronuncien, investiguen seriamente las denuncias y actúen en consecuencia. 

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La OEA ha sido más un “club de presidentes” que un ente preocupado por la vitalidad democrática de las naciones. Los quebrantos al sistema se han interpretado solamente cuando ocurren derrocamientos o atentados al Poder Ejecutivo, o sea cuando afectan a los jefes de Estado. Y como estos son los que tienen representantes en el organismo, se cuidan las espaldas. Lo que le pasa a uno –sin duda piensan– le puede suceder al otro.

Ahora bien, ¿por qué será que cuando se trata de otras vulneraciones, por graves que estas sean, no se procede con parecido ahínco? ¿Qué extremo de desfiguración debe sufrir la democracia –no necesariamente vista bajo el opaco cristal de quien ejerce el poder omnímodo– en cualquiera de esos países para que los demás socios del sistema tomen conciencia del asunto? Hasta ahora no ha habido en la región más que indiferencia a la calamidad que sufre el pueblo venezolano; tal vez porque quienes apoyaron sistemáticamente a Chávez y a Maduro no pueden admitir que hubo errores y abusos. Las voces afásicas de la comunidad internacional casi que han mantenido silencio sepulcral sobre el rosario de ultrajes y barbaridades que comete el poder represivo. Apenas, a lo lejos, afinando bien el oído, se escucha el murmullo sollozante de la inmensa multitud de víctimas de ese calvario. Ahora que el secretario de la OEA, Luis Almagro, invoca la Carta Democrática, con un sustentado diagnóstico de 132 páginas, los miembros prestan atención. 

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Los gobiernos prefirieron la salida más benigna. Que dialoguen las partes, bajo el auspicio de los exmandatarios convocantes. Nadie se opone a ello. Es que como no estamos ante un golpe de Estado o un derrocamiento, dialogar es lo procedente. ¿Pero hasta cuándo sufrirá vejaciones el pueblo? ¿Hasta cuándo la oposición será perseguida? Hay que ayudar con más al pueblo, hay que facilitar para los habitantes un acuerdo civilizado, pero no ser condescendientes con un pseudodictador.

 Además del diálogo, deben ofrecerse garantías a los venezolanos para que puedan realizar el referéndum revocatorio del actual Gobierno y así transitar democráticamente  el camino para salir de la mayor inflación del planeta, la dramática escasez de alimentos y la violencia cotidiana, con una tasa de homicidios de 90 cada 100.000 habitantes en 2015, según la Fiscalía General. De acuerdo con cálculos de la organización no gubernamental Observatorio Venezolano de Violencia, el año pasado terminó con 27.875 muertes violentas.

La posición de la Argentina frente a este conflicto es absolutamente distinta de la del kirchnerismo, lo que se reflejó ya en las primeras reuniones internacionales a las que concurrió apenas asumió Mauricio Macri la presidencia. La canciller Susana Malcorra planteó, en los foros internacionales, claramente la cuestión de los presos políticos en Venezuela, poniendo sobre la mesa que nuestro país tenía a partir del cambio de Gobierno otra visión sobre la realidad de la región.  No olvidemos que durante el Gobierno de Néstor y luego el de Cristina Kirchner, nuestro país era un aliado incondicional de Venezuela, con total prescindencia del deterioro democrático, los presos políticos o la economía que marchaba hacia el desastre.

La oposición venezolana celebró la nueva postura de la Argentina, sin embargo en estos días Mauricio Macri y su jefe de Gabinete Marcos Peña debieron aclarar el porqué de la negativa del país a aplicar la Carta Democrática a Venezuela como lo pidió la Organización de Estados Americanos (OEA). 

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La oposición a Maduro en Venezuela sintió la postura de Macri como un nuevo giro, pero Peña se apuró a advertir en un reportaje a la prensa del país caribeño: “Creo que nos pueden acusar de muchas cosas, menos de haber sido una fuerza política o un gobierno que ha apoyado al gobierno de Venezuela”, advirtió. “El Gobierno ha sido muy consistente y lo seguiremos siendo en torno a la defensa de la democracia, los derechos humanos y la paz en nuestra región”, dijo el funcionario. Y explicó que no han cambiado ni su política ni su visión de la región, sino que resaltó “la importancia del diálogo como mecanismo para resolver los conflictos, con lo cual no sentimos que haya ninguna contradicción, básicamente porque no sentimos de ninguna manera que haya habido un cambio de postura”.

Peña dijo que Buenos Aires no ha descartado ningún mecanismo, como las cláusulas democráticas que establecen el bloque Mercosur o la OEA en caso de alteración o ruptura del hilo democrático y constitucional en alguno de sus Estados miembro. Pero que han considerado en este momento que el apoyo que pueden darle al país es promover el diálogo para que los venezolanos puedan encontrar una solución a la crisis”.

La postura de la Argentina responde al principio de que Venezuela es técnicamente un gobierno democrático que debiera poder resolver con diálogo la enorme crisis en la que están inmersos. Sin embargo no sabemos si llegado este punto de violencia y con una situación económica al borde del abismo como tienen, se podrá lograr que las partes, es decir Nicolás Maduro y la oposición, puedan sentarse a la misma mesa. Por el momento nada indica que eso sea posible, de modo que seguramente se seguirá el protocolo previsto y se aplicará la carta democrática o lo que decidan los miembros de la OEA.

 

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Lo que no se debe de dejar es de estar alerta y asistir al pueblo. Porque mientras se encuentra el camino para salir de esta encrucijada, hay un pueblo sufriente, de violencia y de escasez. Más que en lo político y estratégico, es en estas situaciones en las que hay que demostrar hermandad. Y estar en alerta porque la democracia no se vilipendia solo cuando se interrumpe el orden presidencial con un derrocamiento y la situación en Venezuela, como decimos más arriba, ya pasa de “castaño oscuro”.

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