La inmigración latinoamericana, tema tabú
Miguel Angel Pichetto expresó su preocupación por la inmigración y la llegada de extranjeros a nuestro país. El senador del Frente para la Victoria expuso su posición en el programa La Mirada, por Canal 26. La Argentina tiene que controlar. Hay una migración muy compleja y no hay ningún tipo de reciprocidad, dijo. Y preguntó: ¿Cuánta miseria puede aguantar Argentina recibiendo inmigrantes pobres?
Y se desató una polémica que los argentinos venimos eludiendo desde hace años: la nueva inmigración, mayoritariamente regional, que se viene produciendo y que también mayormente se instala en ámbitos de marginalidad.
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Tenemos cierto pudor por la temática, aun cuando la mayoría de nosotros proviene de familias que, durante las dos grandes guerras, bajó de los barcos para instalarse en esta nueva Patria.
Como hijos de inmigrantes que somos la mayoría, nos sabemos un país abierto a la llegada del extranjero. Desde nuestra Constitución Nacional y todas las normas que de ella emanan responden al imperativo de recibir a todo el que quiera habitar el suelo argentino.
Sin embargo, las encuestas al respecto sorprenden, porque más del 50 por ciento de los consultados no ve como positivo la llegada de extranjeros de la región, por las más diversas razones pero sobre todo porque consideran que no hay trabajo para todos y en otros casos por simple xenofobia. Lo que subyace en estos relevamientos es que el origen de los inmigrantes es lo que causa resquemor.
Nuestro país concentra el mayor número de migrantes intrarregionales y, en primer lugar, se ubican las llegadas desde Paraguay, de acuerdo con un estudio de la Comisión Económica para América Latina. Sea por las posibilidades de crecimiento que se ven aquí o por la laxitud de los controles de ingreso y permanencia, lo cierto es que todos los vecinos de la región prefieren la Argentina. ¿Debería eso enorgullecernos o preocuparnos? Las dos cosas: lo primero por ser un país de oportunidades para quienes las quieran aprovechar y lo segundo por permitir, sin más, que cualquier persona se introduzca en la sociedad, sin ningún tipo de control y sin asumir los deberes que les caben a ciudadanos.
Partamos de la base que Argentina cuentan con un territorio totalmente habitable de 2.75 kilómetros cuadrados, que está ocupado en una porción mínima, de 14 habitantes por kilómetro cuadrado. Si a esto sumamos las actuales y potenciales explotaciones de los recursos, es fácil de advertir que podríamos recibir a medio mundo y que su incorporación a la producción redundaría en un beneficio para todos. Pero el problema es que no existe una visión estratégica de este potencial, por lo que aquello que es intrínsecamente bueno se transforma es nocivo. Baste con ver la saturación que hacemos los propios argentinos de los cordones metropolitanos y la falta de mano de obra que registran muchas producciones en las provincias (que suplen precisamente con ciudadanos de países vecinos que vienen al país por temporadas) para comprender que el problema no está en la inmigración sino, una vez más, en nuestros gobernantes, desde mediados del Siglo XX a esta parte. Citamos este punto de inflexión porque en las primeras corrientes migratorias hubo un manejo estratégico que hoy se traduce en las muchas colonias de diferente origen que hay distribuidas en el país, en puntos a donde fueron derivados desde el puerto los inmigrantes, teniendo en cuenta sus habilidades y las necesidades regionales. Desde la corriente de la post Segunda Guerra Mundial, todo se hizo a la sanfanson, y se dio forma a los superpoblados conglomerados que rodean a la capital.
Según el reporte del organismo de Naciones Unidas, los flujos migratorios intrarregionales aumentaron a un ritmo anual de cerca de 3,5 por ciento entre 2000 y 2010, lo que muestra una tendencia a la aceleración respecto de los 20 años anteriores, cuando creció a tasas en torno a 1 por ciento. Vemos que desde 2011 efectivamente se aceleró la llegada de migrantes latinoamericanos. El país que más aporta ciudadanos a la Argentina es Paraguay, en segundo lugar están los llegados desde Bolivia, Chile, Perú y Uruguay en ese orden. Es dable aclarar que todos los países de la región tienen inmigración y el que más es Estados Unidos, que concentra el 70 por ciento de migrantes latinos.
Lo más probable es que el rechazo que muestra la mayoría de los argentinos se produzca porque nunca hemos llegado a la construcción de una agenda en esta materia para la plena inclusión de la inmigración en las estrategias de desarrollo frente a un proceso que ya es un hecho corriente: la gente llega, por vías legales e ilegales, y se instala donde quiere o donde puede, y comienza su vida en el país desde la marginalidad que significa no ser parte del sistema. Y esto incluye, además de un perjuicio para ellos mismos, un detrimento para los argentinos, ya que hacen usufructo de los bienes y servicios del Estado por los que pagamos los nacionales. Además está la pérdida que implica que no estén aportando su trabajo donde hace falta y en cambio se estén amontonando donde todo recursos, espacio y trabajo- escasea.
Esta realidad desordenada y desatendida explica que, teniendo el multiculturalismo en el ADN nacional, la mitad de los argentinos mira negativamente la llegada de nuevos inmigrantes al país. Esta concentración indebida e innecesaria hace que el 61 por ciento de los argentinos considere que hay demasiados extranjeros, que generan problemas en el transporte público, la demanda de los servicios de salud y educación y dificultan la búsqueda de trabajo a los nacidos en la Argentina.
Hay cifras que pueden explicar el rechazo, porque el año pasado se atendieron en hospitales públicos de Buenos Aires más de 350 mil extranjeros y no todos residen en el país. Como sucede con los estudiantes universitarios, vienen, utilizan nuestros servicios y se van. En este punto, los controles fronterizos y migratorios son los que están ausentes. Porque esta gente ni siquiera llega con fines de radicación y sin embargo gozan temporalmente de los beneficios de los ciudadanos
Es que la nueva ley de inmigración, de 2004, es amplia con respecto a la migración, de manera que hasta los ilegales tienen total derecho a usar y beneficiarse de los servicios públicos.
Esta cuestión no tiene que ver con aquello del relato de la Patria Grande latinoamericana, porque en la mayoría de los países no se puede ir ni de vacaciones si no se tiene seguro médico de viaje. Tampoco se puede estudiar en universidades públicas sin contraprestación alguna como sucede en nuestro país.
Sin embargo la mayor problemática de la migración latinoamericana en la Argentina es que a falta de estrategia de desarrollo en el país, la llegada de los extranjeros pobres de países vecinos plantea la cuestión de la calidad de vida.
Hay casos como el de Canadá o Australia, con políticas estatales que tienen como objetivo conseguir mano de obra escasa para sus países. Porque tienen estrategia y política migratoria lo que en nuestro país no sucede. Aquí llegan, se instalan donde pueden y trabajan de lo que encuentran. Cuando la realidad es que la Argentina tiene vastas zonas en el norte y el sur del país sin desarrollo por falta de ocupación y mano de obra. No se trata de cerrar las puertas por temor a más miseria, como expresó Pichetto, sino de tener una mirada estratégica y ordenar la realidad. Para eso cobran su dieta los legisladores, no para expresarse desde una mirada externa, de mesa de café, respecto de una cuestión que impacta en la sociedad y que requiere acción. Seguramente Pichetto, al igual que el resto de los argentinos, pondría el grito en el cielo si algún legislador español se expresara así de los 400.000 argentinos que hoy viven y trabajan en España y, desde su lugar, reclamaría para ellos un trato inclusivo.
Hay que trabajar para orientar las migraciones, no de eliminarlas. Porque se van a seguir produciendo a través de nuestras extensas fronteras y se irá agrandando día a día la población marginal. Podemos recibir extranjeros que vengan a producir y a hacer más grande la Argentina como hicieron nuestros abuelos, pero con los controles y las estrategias pensadas en este sentido.
















