La estrategia discursiva de Dujovne no es acertada
Gran y variada repercusión tuvo la nota que ofreciera el ministro de Hacienda Nicolás Dujovne en el diario La Nación, donde dijo cosas como que: En la Argentina la recesión ha terminado.
Una frase un poco arriesgada en momentos en que la ciudadanía percibe una crisis importante, con baja en la industria, despidos y caída abrupta del mercado interno, producto de los grandes incrementos en los costos de los servicios.
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El funcionario, en cambio, sostiene que en el cuarto trimestre de 2016 la economía se expandió respecto del precedente y que fue el primero con crecimiento después de cuatro de contracción. Es un dato fáctico, nada que objetar. Sin embargo, ¿se puede decir que porque en un trimestre bajó el índice delictivo no hay más inseguridad?
Claro que no. Tampoco es que Dujovne haya querido decir que ya está todo bien, pero tirar frases de este tipo a una prensa y a una sociedad del Siglo XXI, tan analítica y crítica, es poco atinado, nada inteligente, ni siquiera como estratégica para influir ánimos en la gente. Es probable, ensayando una hipótesis que el ministro crea que afirmar en forma tajante: la recesión ya terminó insufle esperanza a los argentinos y hasta logre que algunos que aún tienen dinero en el colchón se entusiasmen para invertirlo.
Eso funcionaba en otra sociedad; hoy los ciudadanos están más pendientes de lo que dicen y hacen los gobernantes y en el contraste con la realidad que ellos viven.
Un impacto similar causó lo dicho por Macri, cuando habló de que se cometieron cuatro o cinco errores, dentro de miles de aciertos. Aunque sea verdad, no es oportuno ese comentario. Salvando las distancias en la analogía, un arquero puede tener una estadística impecable de atajadas, pero si no logra evitar el penal que saca a la selección del Mundial, todos sus éxitos quedan esmerilados por este fracaso ante la sociedad.
El análisis netamente técnico de Dujovne contrasta con su posición respecto de la conflictividad social a la que asocia únicamente a la política y el inicio del año electoral.
Entre sus logros enumera el programa fiscal para los próximos tres años y el cambio en la forma en que se presentan los números.
La respuesta de los medios de comunicación, en general, fue desfavorable a esta premisa del ministro, al tiempo que el clima social no acompaña esta idea de que estamos bien pero no nos damos cuenta todavía. Por eso es, al menos, cuestionable que Dujovne haga este tipo de declaraciones porque logra el efecto contrario al que pretendería. Ya que en vez de insuflar esperanza termina generando desconfianza hacia la capacidad que tiene el Gobierno de mirar la realidad.
Técnico, al fin, el funcionario afirma que en el cuarto trimestre la economía se expandió respecto del tercer trimestre de 2016. Es el primer trimestre en el que la economía crece en relación con el precedente, después de cuatro trimestres de contracción. Ese es el dato en el que se basó Dujovne, que si bien es alentador dista de implicar el fin de la recesión. Claro que en su alocución fue más explícito: Pensamos que es el inicio de un proceso muy sostenido de crecimiento, que va a ir ganando fuerza y tracción a lo largo de 2017. Pero debería haber considerado que la sociedad y la prensa iban a quedarse con la frase de cabecera, lo que finalmente ocurrió, buscando el impacto en la sociedad.
De lo que dijo Dujovne podemos destacar como más ajustado a la realidad es que si bien venimos de dos años de caída violenta de la economía brasileña, aparece una recuperación moderada, eso ya es muy importante para nuestros productores que le venden a Brasil. También podemos creerle cuando dice que vamos a tener además una cosecha récord en 2017: vamos a acercarnos, probablemente, a los 125 millones de toneladas. Con lo cual, las exportaciones van a tener un año muy expansivo.
Y otras expresiones del ministro de Hacienda también en un tenor más que esperanzado como: Auguro un futuro brillante para la economía argentina. 2017 va a ser solo el inicio de un período que va a ser recordado, cuando lo miremos con un zoom dentro de algunas décadas, como el que dio vuelta la página de la decadencia y el estancamiento de la Argentina.
Nuevamente vemos que hay de-satino en la comunicación. A estas alturas los funcionarios debieran ya conocer de antemano cómo van impactar sus expresiones, según el momento que se vive. En una Argentina muy sensibilizada en materia inflacionaria y con una conflictividad social que en estos días tendrá un hito con la marcha de la CGT y las dos CTA en protesta por la ola de despidos, las palabras del ministro de Hacienda suenan más a marketing, que a la realidad que se vive en el changuito del supermercado. Y así lo sintieron los medios de comunicación televisivos, por ejemplo, que salieron a las calles a entrevistar a dueños de comercios y transeúntes sobre los dichos del ministro. El resultado fue el esperable, nadie parecía coincidir con la postura del funcionario. Aun cuando técnicamente haya una leve suba de las variables desde el último trimestre del año pasado este primer semestre del año que corre. La verdad que es tan ínfimo el porcentual que quienes no son economistas no podrían reconocerlo y menos presentarlo como el fin de la recesión.
La verdad que si el ministro sigue una estrategia para llevar esperanza a la ciudadanía, no estaría dando resultado y, en cambio, ha terminado por generar sospechas de que no está mirando la realidad completa.
Si queremos ser buenos y medulosos en el análisis podemos entender lo que quiso decir el ministro: que frente a un enfermo terminal, se le pudo cortar una terrible hemorragia. Pero cuando algo así sucede, aunque sea el posible pronóstico, el médico no sale a decirles a los familiares que ya está todo bien y que mañana volverá a caminar a su casa. Seguramente será más cauto con sus expresiones, incluso cuando internamente sepa que el panorama es favorable, porque no quiere generar expectativas cuando aun hay imponderables que pueden surgir.














