La dirigencia, el karma de la Argentina
La Argentina tiene innumerables problemáticas que resolver, algunas de tipo estructural que son las más dificultosas, y otras institucionales que aunque debieran ser más sencillas, en nuestro país nada lo es.
Y mirando al pasado, revisando los planes de nuestros antiguos gobernantes (el plan quinquenal, las propuestas del desarrollismo, entre otras), llegamos a la conclusión que, tristemente, nos hemos ido quedando, a través de las décadas, sin una dirigencia que piense el país, que elabore planes a largo plazo con visión de estadista y no con la mirada corta del yo no construyo lo que no voy a inaugurar. Esta frase no dicha, por ser políticamente incorrecta, ha sido el sentimiento generalizado entre nuestra clase política.
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Un programa de desarrollo incluye un análisis de cada región del país, de su riqueza explotable y de sus posibilidades de crecimiento, una estructura organizada de impuestos, un gasto público razonable y relaciones jurídicas previsibles.
Sin embargo, nuestra dirigencia se ha convertido, al contrario de lo necesario, en un problema y no en una solución. No lo decimos con entusiasmo porque la realidad es que ellos nacen de la sociedad que todos conformamos, de modo que debiéramos revisar nuestra mentalidad.
Cuando escuchamos hablar a nuestra clase dirigente (funcionarios, legisladores, magistrados) es fácil advertir que todos conocen cuáles son los problemas que azotan a nuestra sociedad. Y no nos referimos a cuestiones coyunturales, como la inflación, para la cual existen mil y un receta para combatirla, por lo cual nunca habrá unanimidad en los discursos sino que hablamos de los asuntos de fondo, esos que requieren políticas de Estado, esos que son intestinos y que no tienen nada que ver con la coyuntura mundial (un ardid muy utilizado cuando no se le encuentra la vuelta a un problema). Por ejemplo, la inseguridad. Todos los políticos tienen este ítem en la punta de la lengua, no hay tribuna en que no planteen esta problemática. Y todos coinciden en tirar la pelota del lado de la Justicia y la legislación vigente. Ahora, en el plano de los hechos, ¿alguien ha formulado en el Parlamento alguna propuesta de cambio? ¿Cuándo se tratará seriamente una reforma de nuestros códigos procesales y penales?
Tenemos una dirigencia que reconoce y admite todos los problemas que tenemos pero que, al mismo tiempo, no hace nada serio para solucionarlos. Y son precisamente nuestros dirigentes quienes tienen la posibilidad de hacerlo. ¡Qué paradoja!
Otro caso es el impositivo, principal factor por el que cualquier producto cuesta más en Argentina que en otro país. Mucho fragor para denunciar que en nuestro país todo es un afano pero ¿dónde están los proyectos del oficialismo y la oposición para redimensionar la pesada carga impositiva que lleva a ese estado de cosas? Y que sean propuestas que contemplen cómo también redimensionar la megaestructura estatal, porque presentar un proyecto para que bajen todos los impuestos no solo es fácil, también es simpático pero la seriedad, el compromiso y la honestidad deben ser parte para plantear ideas sostenibles, si no son solo espejitos de colores cazavotos.
Todos hablan, nadie hace. Proyectos podemos encontrar, ahora que vayan al meollo, que tenga como fin las reformas que nos llevarían a otra realidad, ninguno. Y si nuestros legisladores y funcionarios no hacen nada para el cambio, ¿entonces quién? Da a pensar que a nuestra dirigencia, en realidad, no le convienen los cambios profundos porque son parte de todos los desaguisados. Es lo que demuestran con sus hechos. Eso y que su única preocupación, porque es lo único que los motiva a reunirse y debatir, es el proceso electoral. El Parlamento está virtualmente paralizado. Importantes temas que hacen a la inseguridad, a la economía y a tantos otros asuntos duermen el sueño de los justos. ¿Hay parlamentarios que estén estudiando las leyes que es necesario rectificar para que no haya impunidad en la Argentina? Dicha la palabra en el sentido más amplio: desde un asesino y violador hasta un político corrupto.
Tristemente en las épocas preelectorales los legisladores (lo que ocurre cada dos años) no se ocupan del Parlamento sino que es hasta inconveniente presentar un proyecto importante en estos momentos, porque caerá en el peor de los manoseos, entre candidatos de un sector y de otro y lo más probable es que la propuesta termine en la nada.
Es que es muy complicado tratar asuntos de importancia cuando los políticos están solo pensando en el rédito personal para dentro de dos o tres meses cuando hay que ir a las urnas.
Si la tarea sea ejecutiva o legislativa no les interesa, ¿a qué viene tanta desesperación por postularse? La verdad es que el poder es un fantástico afrodisíaco, que termina por embelesar a quienes lo prueban. Pero también hay una razón bastante más pedestre: tener un cargo público político les garantiza una posteridad sin sobresaltos gracias a jubilaciones únicas en la Argentina, y nos atrevemos a decir que en el mundo. Viven muy bien mientras tienen los cargos o las bancas y además tienen una vejez más que asegurada. En un país donde un pasivo, tras 30 años de trabajo, cobra poco más de seis mil pesos, jubilaciones de 80 mil son claramente apetecibles.
Lamentablemente, hemos visto a muchos dirigentes que ponen todo el esfuerzo en llegar a la banca y luego parecen desinflarse como muñecos de goma. Cuando llega la siguiente elección están otra vez preparados para la batalla. De este modo podemos decir que para una parte de nuestra dirigencia, el cargo o la banca es un accidente entre dos elecciones.
Nuestros funcionarios judiciales tienen, respecto de la política, la enorme ventaja de tener cargos muy bien rentados y vitalicios. Sin embargo esta tranquilidad que tienen respecto de su labor, no se refleja en un esfuerzo sostenido para acelerar los tiempos judiciales, hay fallos cuya falta de sentido común no hace más que alarmar a la población. Y como si esto fuera poco, no tienen vocación real de perseguir la corrupción, como es una obviedad plantear. Solo toman algunas causas, de las tantas que circulan por tribunales, las mueven apenas pero sin llegar a una condena. Y en esto, la política también juega un rol conjunto con la Justicia, porque ni al oficialismo ni a la oposición les interesa un combate a fondo. La oposición frenó en el Parlamento las leyes del arrepentido o las que obligaban a corruptos a devolver lo robado y el oficialismo está acusado de proteger a empresarios amigos, que tuvieron profunda relación con la corrupción del Gobierno anterior. Al fin, jueces y dirigentes van de la mano camino al gatopardismo más evidente, cambiar algo para que nada cambie. Huelgan las palabras.
Aun reconociendo que la dirigencia en términos generales no nace de un repollo sino que son emergentes de nuestra misma sociedad, a los que encumbramos en el poder, debemos hacernos una autocrítica respecto de los valores morales e intelectuales que hemos dejado de tener en cuenta a la hora de votar. Década tras década hemos ido flexibilizando nuestras expectativas hasta exigir solo que las autoridades logren que nos alcance el salario para tener vacaciones y un televisor chato y grande. Porque seamos realistas, en sociedades exigentes muchos de nuestros dirigentes no hubiesen asomado de su propio barrio.
Por eso, la educación -no solo la formal sino también la permanente- es el único camino para tornarnos en una sociedad exigente, que piensa, y mucho, a quienes empoderar a la hora de elegir autoridades. De esto depende en muy buena parte, que logremos una Argentina desarrollada con crecimiento sustentable y previsible para todos.
















