La conocida lógica de los años impares
Durante esta pandemia hemos descubierto, entre cosas, los múltiples usos del barbijo: además de elemento de protección, resultó ser útil para ocultar la carcajada de quienes se nos ríen en la cara.
Fotos como las del cumple de Fabiola y anteriormente el asadito con la familia Moyano a pleno (en agosto 2020) son una provocación, una burla y un desafío. Después de haber tildado a los alumnos que volvieron a clase en Caba de vectores y contagiadores seriales, después de calificar manifestaciones al aire libre como "marchas del contagio", después de asegurar el presidente que sería intransigente con los "covidiotas" que desacataran las normativas sanitarias, nos venimos a enterar que él, puertas adentro de su casa, no cumplía lo que pregonaba. O peor: según expresó a modo de disculpa el viernes, no es capaz de poner orden en su propia casa. Al menos fue lo que dijo al exculparse a través de las acciones de Fabiola.
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Cuando la sociedad todavía tiene los ojos humedecidos por llorar la muerte de Solange Musso, que no pudo tomarle la mano a su papá para la despedida final porque, en nombre de la cuarentena, no le permitieron a Pablo Musso entrar en la provincia donde agonizaba su hija, tenemos que atragantarnos con la imagen y la explicación de lo inexplicable. Un padre no puede darle el último beso a su hija, pero Fabiola puede celebrar su cumple sin que nadie se lo impida, sin que nadie la sancione. Sin pudor, sin vergüenza, posan para la foto y se (nos) ríen a cara descubierta, sin barbijo.
Es una bofetada a los miles de médicos que se juegan la vida todos los días para salvar la de otros. A los miles de comerciantes, empresarios y emprendedores que ya no podrán volver a levantar las persianas porque el mismo presidente que se abraza sin barbijo, que no guarda distancia social y que viajó por el mundo sin aislarse al regreso (solo en su última salida lo hizo, previo a culpar a quienes no lo hicieron de introducir a la Delta), los condenó a la muerte económica.
Las fotos en Olivos son una burla a los familiares de los más de 109.000 argentinos que no pudieron despedirse ni ser despedidos y que en muchos casos tampoco pudieron compartir ni un momento en los meses previos a la partida. La imagen del presidente festejando con su mujer y amigos es, por sobre todas las cosas, un insulto. Pero también es un delito. Y aquí el desafío republicano es para nuestro Poder Judicial. Aquí se ponen a prueba la coherencia, la credibilidad, el compromiso y la independencia de la Justicia Federal. Veremos. Con el vacunatorio VIP todo quedó en la nada. Por citar dos casos, a Zanini ni siquiera se lo sancionó por fraguar su identidad para acceder a la dosis, y a Jorge Taiana, lo ascendieron y hoy es ministro de Defensa.
No está fuera del análisis el criterio de oportunidad (también llamado oportunismo) para dar a conocer estas fotos. Podremos ser tontos, lentos u olvidadizos los argentinos, pero hemos aprendido a no ser ingenuos cuando de política se trata.
A un año de los hechos en cuestión y a dos meses de las elecciones, aparecen estos testimonios que certifican lo que todos suponíamos: los derechos de nuestros funcionarios (y empleados, porque les pagamos el sueldo) son más importantes que los de millones de ciudadanos.
Así como la oposición sacó este "as" en plena campaña, el oficialismo también saltó el cerco y se metió en el lodo, donde todo vale. El presidente viene recibiendo señales alarmantes del estado de ánimo social. Así lo reflejan estudios cuanti y cualitativos sobre las preocupaciones en los principales centros urbanos del país, con la situación económica y la inseguridad a la cabeza, ya por encima del temor al Covid.
A años luz parece haber quedado la falsa dicotomía entre salud y economía del primer semestre de 2020, algo en crisis particularmente en estos días al enterarnos de que Olivos se convirtió en un desfile de personal no esencial ni estratégico, mientras los anfitriones nos exigían encierro.
Dirigentes provinciales y municipales pusieron al presidente al tanto del clima social espeso. Las caídas del nivel de empleo (formal e informal), del salario real y de las jubilaciones alimentan un empobrecimiento general pocas veces visto.
En ese marco hay que contextualizar las palabras presidenciales sobre el porvenir venturoso que nos espera. Fe, entusiasmo, optimismo, a lo Scioli. Ese positivismo es acompañado por el clásico festival de anuncios de medidas y planes, con más ruido que nueces en muchos de los casos. Su vice, Cristina Fernández de Kirchner, también acomodó su discurso al clima electoral y ahora apoya que los fondos extraordinarios que nos enviará el FMI se usen para pagar parte de lo que les debemos. También se anota en el tono electoralista el ministro Martín Guzmán, que de explicar la inflación como el resultado de nuestros desequilibrios macroeconómicos, pasó a echarles la culpa a empresarios y a nuestra cultura indexatoria.
Volviendo al criterio de oportunidad de la oposición para sacar a relucir las fotos, como decimos, de este lado del mostrador vemos que también se acomodan las ideas, acciones y discursos a las necesidades de las urnas. Así, el presidente apuró la flexibilización sanitaria a pesar de la alerta emanada por el ministerio que encabeza Carla Vizzotti, de que hacia fin de este mes se propagaría la circulación comunitaria en la Argentina de la variante delta del Covid. ¿Cómo hará el presidente Fernández para plantarse delante de cámara y dictar un nuevo confinamiento cuando ni él mismo creyó en la efectividad de la cuarentena?
Es la lógica infame de los años impares en Argentina; podremos ser tontos, soberbios, testarudos, desmemoriados y hasta "covidiotas", pero si hay algo que nos somos los argentinos, es ingenuos.












