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Juan Carlos Friguglietti: hombre del comercio y la política, comprometido con su ciudad

20 de octubre de 2013 a las 12:00 a. m.

 Juan Carlos Friguglietti delineó su perfil pergaminense.

(Juan Carlos Friguglietti)

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Juan Carlos Friguglietti es conocido como “Tito”, un sobrenombre que atribuye “a la especial manera que encontraron mis padres para llamarme, sin otra razón más que el cariño”. Pergaminense, peronista, empresario, vecino de costumbres simples, amante del tango. Cuando acepta la entrevista lo hace dispuesto a contar las variadas anécdotas de su historia de vida. Todas ellas tienen no sólo la riqueza de los 75 años transcurridos, sino la intensidad de haber vivido cada desafío en consonancia con sus convicciones, tanto en el ámbito de su vida privada como en su desenvolvimiento público.

Es propietario de Fotorama, un negocio de los más emblemáticos de la ciudad en el rubro de la fotografía. Es el hijo mayor del matrimonio de Carlos Friguglietti y María Victoria Deroche. Tiene tres hermanos, Roberto, Néstor y Mary.  

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“Nací en el barrio Acevedo”, señala. A los 26 años se casó con Irma Noemí Susán, con quien tuvo a sus tres hijos: Ricardo, casado con Mariel Lourdes Giunippero; Juan Manuel y Marisa. 

“Mi familia me ha dado enormes satisfacciones, entre ellas mis nietos Eugenia, Virginia, Federico, Lucía y Santiago”.

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Su papá era mecánico tornero y trabajaba en una empresa que se llamaba Nipoti.  Estuvo en actividad hasta los 93 años.“Cuando yo tenía 6 años le ofrecieron ser encargado de un taller de tornería de Concepción del Uruguay, así que nos fuimos. Estuve seis años, hice la primaria en aquella ciudad de la que tengo hermosos recuerdos, fue una época de oro.

“Siempre valoro la calidad de la educación que recibí en la Escuela Nicolás Avellaneda a la que concurrí y he vuelto a Concepción del Uruguay varias veces”.

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De regreso de tierras entrerrianas hizo tres años del secundario en el Colegio Nacional y luego decidió que su destino sería trabajar. “Me gustaba la actividad comercial, ser un tipo libre, salir a la calle y rebuscármela como podía”, refiere y recuerda que siguiendo el consejo de su padre que era un hombre que “hablaba poco y decía lo justo”, emprendió la búsqueda de su primer empleo.

“No tengo vergüenza de decirlo, con un amigo de la infancia fuimos al mercado viejo que estaba donde funciona el Correo, teníamos 15 años, nos sentamos, un señor nos preguntó qué hacíamos y nos ofreció trabajo: llegó un camión lleno de gajos de bananas, la tarea consistía en bajarlas del camión y llevarlas hasta un sótano donde las calefaccionaban para que maduraran”.

Con orgullo recuerda que aunque era “un poco pesada la tarea” le gustaba porque “terminábamos y nos pagaban”.

“Después me dieron la posibilidad de vender tomates y manzanas en San Nicolás y Puey-rredón, nos dieron un carrito”, relata. La tarea fue provechosa porque sobre Pueyrredón había muchos locales de comidas, así que “estábamos en el lugar indicado y la gente hacía cola para comprarnos, era verano.

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“Nos parábamos al lado del Banco Provincia y salíamos a vender a los locales, estaban Manolo y Stachiotti, entre otros, la Terminal estaba muy cerca en Merced y Pueyrredón”, agrega. 

Más tarde su padre le consiguió un empleo en la Optica Martín. “Valoro mucho esa oportunidad, conocí a esa familia, trabajé con ellos, muy buena gente y al poco tiempo, por esas casualidades que se dan en la vida, la persona que se dedicaba a las fotografías no podía hacerlas más y Don Isacio Martín me enseñó a mí el revelado en blanco y negro”.

 

Una vocación

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Con el aprendizaje de esa tarea, se despertó en Juan Carlos una verdadera vocación. “Entramos al cuarto oscuro y descubrí un universo para mí desconocido.

“Le pedí a mi papá que me comprara una maquinita de fotos y con ella empecé a trabajar en acontecimientos sociales, compromisos, bautismos, casamientos, despedidas, en aquel tiempo la gente no tenía cámaras fotográficas, así que me sobraba el trabajo, recuerdo que me movilizaba en una moto”, señala y recuerda con gratitud aquellos inicios. 

“Después entré a trabajar en El Tiempo y también sacaba fotos para LA OPINION”, añadió y mencionó que durante 19 años fue fotógrafo de Policía. “Sacaba fotos que se anexaban en los expedientes y reportaba material a los medios, de hecho la revista Así hizo una edición completa con mis fotos sobre un homicidio múltiple ocurrido en Pergamino, que fue un caso muy renombrado”.

La fotografía fue guiando sus pasos. “Junto a mi amigo Francisco Raimundo, dueño de La Estación, pusimos un negocio de venta de productos de fotografía, instalamos Fotorama en Doctor Alem 148; tuvimos esa sociedad durante dos o tres años y después en muy buenos términos la dividimos. El se dedicó a la fotografía y yo al negocio, sacar fotos y hacer ventas mayoristas; terminé vendiendo en el norte y en el sur, llegué a tener tres camiones y once empleados, era una época de mucho esplendor para el rubro”.

Con el transcurso del tiempo fue quedándose con la actividad comercial y dejó de sacar fotos. También tomó la representación de productos radiográficos, representando a la marca más conocida del país. Más tarde comercializó televisores a color. En su rubro adquirió laboratorios fotográficos que permitían “tener las fotos en el día” y fue adaptándose a los avances que proponía la tecnología. La mirada estaba puesta en el servicio y así fue transformando su emprendimiento en “un nombre propio”.

“Creo que me fui haciendo porque el negocio daba para mucho y las cosas salían bien”, señala con humildad y confiesa que en la actualidad Fotorama es una empresa familiar en la que participan activamente sus hijos.

“Igualmente sigo en actividad porque es una forma de seguir haciendo lo que me hace sentir bien, no quiero ser el jefe, elijo estar al lado de mis hijos, con mis ganas de hacer las cosas”.

Asegura que no es una tarea fácil trabajar en familia, pero reconoce que también se obtienen las mejores recompensas.

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La política

A la par de la actividad comercial, en su condición de peronista, Juan Carlos ha tenido una larga trayectoria militante y una acción en la esfera pública.

“Yo era demasiado inquieto y eso fue lo que me llevó a la política, siempre fui peronista”, asegura y recuerda que ya estando en el Servicio Militar en la base de Infantería de Marina de Zárate, sentía como una agresión “el rigor con el que se oponían al peronismo”.

“Eran tiempos difíciles, la Marina le daba al analfabeto la posibilidad de leer y escribir, pero había una fobia contra el peronismo, yo sentía que iba en contra de mis ideas, pero no podía hacer nada”.

Ejerció su militancia siguiendo los consejos de su padre que “aunque no era peronista”, siempre tuvo para él una mirada atenta. “Siempre me señaló que tenía que ser bueno y derecho, que la vida misma me iba a llevar por el buen camino”. Le hizo caso.

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Su compromiso con lo público nació temprano, en el Club San Telmo “el club de mi corazón, donde se hacían bailes espectaculares. Trabajábamos en la comisión, organizábamos los bailes, también hicimos consorcios, y tuvimos la posibilidad de conseguir cloacas y agua corriente”, menciona.

“Un día un amigo me invitó a una reunión, había mucha gente grande, nosotros no entendíamos nada, pero íbamos a escuchar; en aquel tiempo el proyecto era Perón y su foto era la que aglomeraba, me gustó esa experiencia y colaboré con el peronismo siendo muy joven.

“Pasaron los años y cuando entró Cámpora trabajé con muchos compañeros, puedo nombrar a varios: Enrique Martín, Leandro Laguía, Alcides Sequeiro, Marcelo Conti, Guillermo Ball Lima, Eduardo Cocconi, Rodolfo Barros, Emilio Visca, Fernando Pandolfi y otros. No había candidato a intendente, así que convocamos al doctor Carlos Nazareno Gaspard  que aceptó, realizamos una muy buena campaña y ganó.

“Gaspard me convocó para ser secretario de Acción Social, acepté el desafío y trabajé muy bien, no había las necesidades de ahora, era otra sociedad”, señala.

“Luego trabajé en la campaña de Italo Luder y Herminio Iglesias, pero fuimos demasiado soberbios los peronistas y ganó Alfonsín”, agrega.

La actividad política ocupa gran parte de la charla. Como si le costara desprenderse de esa mirada analítica que tienen aquellos que han protagonizado la historia. También se involucró empresarialmente con proyectos comprometidos con lo público, como cuando tomó a su cargo el Semanario El Tiempo, junto a Pedro Rivero. 

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De cada etapa rescata los hechos y las personas. Entre ellas menciona a Marcelo Conti: “Si conocí a alguien que sabía sobre la problemática de obras públicas de Pergamino, era él”.

“También trabajé en el equipo de Eduardo Duhalde cuando era presidente de la Cámara de Senadores y vicepresidente de la Nación, la política es algo apasionante”, asegura.

También tuvo desempeño en la obra social Uatre, convocado por Alberto Jacquelin, que por aquel entonces era presidente de la Sociedad Rural. Refiere que siempre le gustó participar. Entre los honores aparece su mandato como concejal hasta el año 1999. “Algo que siempre es un orgullo”. 

“Fui miembro del Consejo del Partido Justicialista de la provincia de Buenos Aires y recibí la convocatoria para trabajar con Roberto Lavagna; en 2009 trabajé en la campaña de Francisco de Narváez, hicimos una muy buena elección y conseguimos que entraran en el Concejo siete ediles”.

En la actualidad, refiere que no milita activamente, aunque confiesa: “Tengo mis simpatías nada más” y menciona a Pablo Mucabare.

Asegura que en el terreno de la política se aprende de todo. “Es uno el que tiene que elegir qué es lo que quiere; se puede ir por el buen camino tranquilamente”. En su apreciación más que un comentario al pasar hay una declaración de principios y un valor.

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“Hoy cambió la política, hay más interés que vocación”, señala y se nota que es un observador de la realidad.

 

Rutinas simples

Lejos de la arena política, elige caminos más tranquilos. Comparte con sus hijos las rutinas de la actividad comercial y siempre se hace tiempo para el encuentro con amigos. Con la tristeza que se traduce al mencionar a aquellos que “partieron pronto”, confiesa el respeto que siente por la amistad entendida como “lealtad absoluta”.

Se siente una persona feliz “por mi familia que trabaja y está bien y por la salud que me acompaña”.

Respeta el transcurso del tiempo y sobre el final de la charla, cuando se habla de los proyectos, aparecen nuevos emprendimientos comerciales y un respeto por la vida.  

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“Trato de ser normal, de hacer equilibrio, de hablar cuando es necesario y callar cuando hace falta. Los otros días leí algo que escribió Vargas Llosa sobre la vida, sobre la edad -que es parecida a la mía-, decía que le daba miedo, pero señalaba que la vida es maravillosa y que sería aburrido si fuéramos inmortales. Coincido plenamente con eso, y acepto la vida con lo que me depara a diario, con mis angustias, fracasos, méritos, triunfos, equivocaciones, como es la vida misma, no pretendo nada más”, concluye.

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