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Impuestos que ahogan… y van a aumentar

02 de noviembre de 2018 a las 12:00 a. m.

Mientras los argentinos atravesamos la dura crisis producto del conflicto financiero que se desarrolló en mayo pasado, el presidente Mauricio Macri justificó la suba de impuestos con el objetivo de equilibrar las cuentas fiscales de la Argentina y “construir bases sólidas”, dijo, que le permitirán al país crecer durante varios años. No es lo que empresarios, productores e industriales quieren escuchar, nadie lo quiere escuchar, en un país que ya vive en un claro ahogo impositivo, que el mandatario no desconoce. De hecho afirmó que “hay que bajarlos”, pero al mismo tiempo aseguró que eso no sucederá de momento.

“Lamentablemente, una parte de lograr el déficit cero el año que viene es el aumento de impuestos y otra parte con la reducción del gasto”, afirmó. Y aquí entramos en el principal problema de la ecuación: ¿cómo reducir el gasto público? Porque el déficit cero al que apunta el próximo presupuesto se lograría solo a fuerza de ajuste, pero del otro lado de la balanza fiscal, los tributos van en aumento ya que el gasto público no se ha tocado. Y con un desempleo creciente, sin generación de nuevos puestos, un sistema previsional cuasi quebrado, además de los subsidios que persisten, tocar esta variable tiene una incidencia tremenda sobre la pobreza, el consumo interno y el ya caldeado humor social. Estamos inmersos, como en tantas otras ocasiones, en un círculo vicioso. Lo “grueso” del gasto público es intocable, por eso solo queda afinar el lápiz y achicar moneda a moneda. También esto fue mencionado por Macri, como una tarea necesaria para sus funcionarios: “Nosotros tenemos que sentarnos alrededor de una mesa permanentemente y cuestionarnos cada uno de los renglones de gastos que tiene la administración en cada uno de los tres niveles para ver si es necesario o no lo que estamos ganando”. De todos modos, estos achiques, que de todas formas vienen bien, no le hacen “ni cosquilla” al nivel del gasto, como para pensar que es un camino que llevará a la reducción de impuestos. Es otra cosa la que hace falta: empleo genuino y consumo interno. Y de eso, nada por ahora.

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Lo dijo Macri pero lo puede afirmar cualquier comerciante, empresario o industrial: “Este nivel de impuestos es perjudicial”. Más bien diríamos inviable. Lisa y llanamente, si una empresa paga todos los impuestos y cargas sociales, se funde. Ni hablar entonces de margen de ganancias para reinvertir ni de ser competitivos para el consumo interno; para exportar es otra cosa porque entra en juego el tipo de cambio. Y si de recibir inversiones se trata, quedamos por lejos atrás en las conveniencias en comparación con Chile o Uruguay. Porque claramente, el empresario invierte donde más le conviene, donde haya menos impuestos.

Es claro, decimos y Macri lo suscribe, que es imposible para la Argentina competir con este nivel de carga impositiva, ni siquiera frente a la enorme devaluación del peso de estos últimos meses.

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“Tenemos que pagar menos impuestos para que haya más trabajo de calidad para la gente”, amplió el presidente, y remarcó que “necesitamos gobernantes que hagan cumplir presupuestos con déficit cero”. Aquí está cifrada la única expectativa que aun guardamos los argentinos: que esta dolorosa puesta en orden sea para siempre, para de ahora en más hacer las cosas bien, para empezar de nuevo con un sistema transparente. Y para ello, además del esfuerzo de ahora, es necesario que quienes le sigan a Macri en la Presidencia obren en el mismo sentido, que no se vean tentados, como siempre, a gastar más de lo que se recauda y generalmente con un propósito personalísimo: ganar la simpatía de la gente, como un padre quiere “comprar” al amor de un hijo dándole todos los gustos, aun a costa de empeñarse.

Hace décadas que Argentina gasta más de lo que recauda, y esto nos fue llevando a una situación de pobreza, y lo peor, con un atraso infernal en cuanto a desarrollo: lo primero, porque se fueron “tapando” con asistencia las carencias en lugar de promover la real mejora (el viejo cuento de dar el pescado en lugar de la caña de pescar). Y lo segundo, porque se ha venido destinando recursos a lo primero en lugar de invertir en “cañas de pescar”. Siempre se prefirió el efecto inmediato en el humor social, más precisamente cada dos años, cuando el ciudadano debió ir a las urnas. 

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El Gobierno cree que el camino para saldar la deuda con la pobreza es lograr equilibrios en el presupuesto, una Argentina conectada al mundo y que se integre en forma inteligente. El problema es cómo lo vamos a crecer, si no salimos de este círculo vicioso de aumentar impuestos para sostener un Estado muy caro y no poder bajarlos para reactivar la economía porque la frazada es corta y si se recauda menos se colapsa en lo socioeconómico.

Según Macri de acá a 2030 podremos triplicar la exportación y cuadruplicar la cantidad de empresas que exportan, pero no sabemos cómo ni cuándo se va a iniciar ese proceso virtuoso, en un momento en que solo se habla de ajuste, achique, cierres de comercios y empresas que despiden o suspenden empleados, con este nivel de obligaciones y un costo enorme de logística. Y a esa gente que queda en la calle, hay que destinarle fondos, precisamente del gasto público.

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Quizá el problema es que una vez más el esfuerzo lo hace más el sector privado que el público, somos todos nosotros los que nos achicamos, nos ajustamos, las Pymes, las clases medias que vienen padeciendo los rigores de la recesión, el trabajador que vio mermado su salario frente a la perniciosa inflación, con servicios públicos que se han vuelto impagables. Mientras el Estado de un modo u otro sigue gastando, se bajan presupuestos de salud, hay menos fondos para educación. Mientras tanto, el Parlamento no hace ningún esfuerzo y los funcionarios tampoco. Creen que están poniendo el cuerpo pero solo en los discursos, la verdad es que ninguno de los políticos ha visto perjudicado su bolsillo en este proceso de ajuste, ni se han terminado los privilegios de magistrados que no pagan Ganancias y podríamos seguir con los ejemplos. Igual, como decimos más arriba, ese gesto de achique de nuestros funcionarios sería bienvenido pero nunca suficiente. El éxito estaría en menos asistencia, pero no por menos importe sino por menos gente asistida merced al empleo genuino. Y otra vez el círculo vicioso.

En fin, para llegar al déficit cero no solo el Estado debe achicarse de verdad sino además aprender a gastar bien, porque a veces no es cuestión de cantidad de dinero, sino de saber aplicarlo. Pero sobre todo, hay que generar mecanismos de promoción industrial, porque al fin, es mejor tener industrias que hoy no están y por ello el Estado no tiene esta recaudación, y que estas, con mejores condiciones, empleen gente que hoy es asistida. En una ecuación Gana=Gana.

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