Gobernar desde el discurso de la afrenta
El presidente Javier Milei se impuso en las elecciones generales, entre otras razones, porque consiguió establecer una alianza con buena parte de la ciudadanía que estaba harta de las estructuras de la política tradicional y supo capitalizar esa necesidad de cambio. La mayor parte de la sociedad argentina optó por un outsider para liderar un proceso de transformación sumamente delicado y dificultoso y lo hizo convencida de que era necesario poner en marcha una nueva dirección. Nadie sabe a ciencia cierta cuánto pesó la emocionalidad a la hora de emitir el voto, pero lo cierto es que Milei se impuso con el 57 por ciento de los votos y sin ninguna otra experiencia previa, más que la de haber sido diputado nacional, se transformó en presidente.
El discurso de "motosierra contra la "casta" logró seducir al electorado, y a la vista de cómo viene dándose el comportamiento presidencial en los primeros meses de gestión, pareciera que ese tópico sigue siendo el ancla desde el cual pretende construir no solo su relato sino su acción política.
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¿Alcanza esta narrativa para darle sustrato a la gestión que por ahora está mayoritariamente concentrada en el equilibrio fiscal y en las cuestiones de la macroeconomía?
En torno a este interrogante giran todo tipo de especulaciones. Hay quienes tildan al presidente de soberbio o de autoritario y lo califican de anarco capitalista. Están quienes consideran que con sus pronunciamientos públicos y con la impronta que les confiere a sus actos de gobierno no está haciendo sino cumplir con aquello que prometió.
Alcanza con observar cómo han sido las respuestas frente a los principales acontecimientos políticos de los primeros tramos de su gestión para confirmar que el mensaje contra "la casta" sostiene el andamiaje y en la premisa de que "el que avisa no traiciona", pareciera basar toda la efectividad de su verdad. Públicamente ha ratificado su vocación de no correrse un solo milímetro de las reformas que vino a concretar y esto convive, de momento, con la aparente incapacidad de negociar cualquier aspecto que contradiga sus ideas.
Aseguran que es su modo de construir y consolidar poder más allá de la legitimidad del voto. Lo que preocupa es que sea invariablemente valiéndose de la afrenta y hasta cierta cuota de falta de respeto ya no a sus adversarios sino a cualquiera que se anime a cuestionar su modo de gobernar.
Tras la caída de la Ley de Bases, Javier Milei empezó a repartir sin ton ni son calificativos contra los legisladores a quienes acusó de traidores. Ese conflicto tomó una escalada que arrasó con la tácita alianza existente con varios gobernadores. La verdadera dimensión de estas discrepancias encontró escenario en los medios de comunicación y en las redes sociales de las que se valió un ejército de "trolls" para instalar un clima de opinión favorable al Gobierno. Todos los diputados que cuestionaron aspectos de ese paquete normativo quedaron "del lado de los malos" sin matices. En esta pelea que se dirimió en el mundo digital, un espacio en el que el presidente y sus seguidores se sienten absolutamente cómodos, marcando el termómetro de la agenda, nadie resultó ileso. Salvo el propio Milei, a quien los sondeos y varios estudios de opinión pública le siguen mostrando que conserva niveles de aceptación similares a los que tenía cuando se impuso en el ballotage.
En sintonía con este comportamiento, más tarde llegó el enfrentamiento con la cantante Lali Expósito, nuevas discusiones con los gobiernos provinciales por los fondos que se destinan a determinadas actividades culturales y por las resistencias que, a su juicio, ponen para hacer en sus territorios los ajustes que impone el momento.
Con razón o no en sus argumentos, lo que es observado con preocupación es el modo del presidente, el estilo que ha elegido para ponerse por sobre los demás para señalar el camino.
Hasta aquí, en la mayoría de las cuestiones relevantes, se recurre al destrato como condimento que acompaña decisiones complejas como la interrupción de las transferencias discrecionales a las provincias, la suspensión del Fondo de Incentivo Docente y el congelamiento presupuestario que pone a las provincias al borde de la asfixia, entre otras medidas que apuntan a "poner las cuentas públicas en caja".
Este espiral discursivo encontró estos días un nuevo blanco, cuando un planteo del gobernador de Chubut por una diferencia en torno a los fondos coparticipables a esa provincia, escaló a un nivel que terminó desencadenando un hilo de declaraciones cruzadas en las que el primer mandatario terminó definiendo al gobernador como "un pobre chico que no sabe leer un contrato", algo que atribuyó a "la decadencia de la educación pública del país". Más allá de las instancias de este conflicto que aún no termina de dirimirse, a pesar del fallo judicial que estableció que el Gobierno nacional debe restituir los fondos a la provincia patagónica, es otro botón de muestra de un nivel de enfrentamiento que no se detiene en la búsqueda de rivales.
Todo mezclado, las razones y las sinrazones, en una enumeración que encuentra al Congreso de la Nación calificado como "un nido de ratas" y que tiene a cada uno de los representantes institucionales de los distintos poderes del Estado en el blanco de acusaciones de las que costará mucho tener retorno.
¿Puede un presidente que vino a transformar el país, decir que si la población supiera quienes son los gobernadores o los diputados los lincharía? ¿Puede calificar al conjunto de la clase política de runfla? ¿Es una jugada estratégica para fortalecer su base de sustentación o una actitud emocional de revancha por algunos traspiés legislativos que obligaron a modificar el rumbo de ejes estratégicos para implementar las prometidas reformas?
Señalar desde la pirámide más alta del poder que si la sociedad conociera a muchos de sus dirigentes los lincharía es por lo menos peligroso en una sociedad harta de algunos comportamientos de la clase política. Tamaño calificativo merece por lo menos una explicación de motivos que además se condigan con la realidad y tengan una veracidad que vaya más allá de lo discursivo.
Si es estrategia, funciona para sostener su principal discurso de campaña: terminar con la casta.
Si es revanchismo, abre una serie de interrogantes en torno a qué le sucede al Gobierno con la frustración y cómo maneja lo que es habitual en el ejercicio de poder, ganar y perder en negociaciones que siempre tienen más de una razón valedera.
Si bien es cierto que en política un enemigo común puede unir a la base de seguidores y ofrecer una narrativa que fortalezca la identidad, es difícil pensar que el mensaje unívoco contra "la casta" alcance porque además ese discurso corre el riesgo de caer en generalizaciones peligrosas. Ni es cierto que toda la política es "una casta" ni es cierto que el Gobierno no hace política.
La política es la herramienta que tiene la sociedad para cambiar su destino y la democracia es el lugar de la construcción colectiva a partir de las diferencias. La afrenta constante tiene poco lugar en ese juego sano de las sociedades cuando verdaderamente se proponen la transformación y se orientan hacia el crecimiento.
No es subestimando a quienes piensan distinto que se saca al país de la crisis más profunda de su historia. Eso ya sucedió antes y los resultados están a la vista. La conversación pública no puede reducirse a lo que se expresa en las redes sociales que pueden resultar potentes para la instalación de un mensaje, pero no pueden dar sustrato a acciones de gobierno que requieren de madurez, de mesura y de mucha pericia para que no terminen de dilapidar ese voto de confianza y esa esperanza que la ciudadanía ha expresado al votar.
Quizás sea tiempo de volver al diálogo, de recordar que, así como "el que avisa no traiciona" que parece ser el refrán transformado en la frase de cabecera para justificar las medidas oficiales- "lo cortés no quita lo valiente" puede abrir un marco de cordialidad y entendimiento para conducir al país al único lugar al que los argentinos quieren ir: a la senda de la certidumbre, esa que le dará el basamento necesario para acompañar el ajuste más grande de la historia en la certeza de que tal vez es el único camino posible para resolver el desastre que otros han hecho y que por falta de acuerdos no puede parecer irreparable.

















