Frente "transformador": de traidores a salvadores
Argentina se mueve al ritmo de una montaña rusa. La ministra que reemplazó a Martín Guzmán en Economía, Silvina Batakis, duró 24 días en el cargo: viajó a Estados Unidos a presentarse ante el FMI y mientras esperaba el avión de vuelta estaba siendo reemplazada. El excandidato presidencial y embajador en Brasil, Daniel Scioli, dejó la embajada donde tejió relaciones de cordialidad tanto con Lula Da Silva como con Bolsonaro y volvió al país para reemplazar a Matías Kulfas en el Ministerio de Producción. Asumió el 15 de junio; después de 43 días se anunció que volvía de embajador al país vecino. Entretanto, con un presidente con su poder licuado y una vicepresidenta que tiene más capacidad de veto y de daño que poder para definir un rumbo programático, recaló en el gobierno, como "superministro" de Economía, Sergio Massa, posiblemente el político más pragmático de Argentina.
Para entender la crisis intraperonista hay que retroceder un poco en el tiempo. En 2015, Cristina Kirchner dejó el poder con la Plaza de Mayo colmada de simpatizantes que la despidieron con la consigna "Vamos a volver". El problema era cómo; tenía cuatro años para pensarlo.
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Primero, esa posibilidad pareció disolverse mientras el nuevo gobierno de centroderecha liderado por Mauricio Macri se consolidaba en el poder y tenía a raya al peronismo en su bastión también bastión de Cristina: el populoso Conurbano. Pero la economía hizo lo suyo. La salida del "populismo" que Macri imaginó como un acto de magia que garantizaría baja inflación y crecimiento resultó menos milagrosa de lo esperado y el peronismo empezó a olfatear las posibilidades de realmente "volver".
Manteniendo meses de silencio público (salvo por la aparición de su libro "Sinceramente") Cristina se dedicó a tejer relaciones y suturar heridas en el interior del peronismo. Las encuestas y el clima en la calle mostraron que, si bien tenía una masa de seguidores que la hacían imprescindible para una victoria, ese apoyo le resultaba insuficiente para una segunda vuelta: "Sin Cristina no se puede, con Cristina no alcanza".
Fue entonces cuando anunció en mayo 2019 que le había pedido a Alberto Fernández que la acompañe como candidato presidencial del peronismo para las elecciones de ese año.
Aquí se puede advertir una "falla de origen" de este gobierno; la "anomalía" estaba a la vista: no es habitual que la vicepresidenta elija al presidente. Y había algo más: tras ser jefe de Gabinete de Néstor Kirchner y más brevemente de la expresidenta, Alberto Fernández se distanció de Cristina lanzando sobre ella durísimas críticas, a veces lapidarias, como cuando sostuvo: "El peronismo a lo largo de la democracia fue todo. Y eso no vale. El peronismo fue conservador con Luder, fue neoliberal con Menem, fue conservador-popular con Duhalde, fue progresista con Kirchner y solo fue patético con Cristina. Fue patético, fue el partido de la obediencia". Pareciera que no hay retorno de expresiones de calibre, pero en la montaña rusa del peronismo, en algún momento todos vuelven a confluir en un punto de encuentro.
En este caso fue durante el gobierno de Macri, "olfateando" como decimos más arriba, que se acercaba un nuevo punto de encuentro (o nuevo turno electoral, para ser más explícitos). Alberto comenzó a relativizar las críticas, que decía mantener, y a asegurar que Cristina nunca había robado, un tema sensible en virtud de los procesos por enriquecimiento ilícito. Y la historia terminó con el ya famoso "Le he pedido a " que encabece el binomio. Alberto Fernández, el gran traidor, acusado de lobbista de Clarín y de Repsol en los programas televisivos militantes del kirchnerismo, era ahora amnistiado y proyectado a la Presidencia.
Se trató de una apuesta por un peronismo más centrista y casi nadie pensó que la relación con Alberto Fernández pudiera terminar bien. Inicialmente funcionó, y el binomio Fernández-Fernández dejó sin reelección a Macri, ¿pero cuánto se podía confiar en un "traidor"?
Tras las primeras semanas de la pandemia, en las que Fernández aparecía como un competente profesor, comenzaron los problemas. El antes traidor y luego posibilitador de la vuelta, pasaba ahora a ser el blanco de un golpe palaciego. La vice empezó a lanzar mensajes a su propio gobierno, a veces con cartas publicadas en las redes. En una de ellas, habló de "los funcionarios que no funcionan" y todos comenzaron a especular sobre cuáles eran. Luego vendría el ansiado acuerdo con el FMI para refinanciar el megapréstamo de 50.000 millones de dólares que la entidad le dio, de manera polémica, al gobierno de Macri.
Para el kirchnerismo, acordar con el Fondo era intragable, y Máximo Kirchner renunció a la jefatura de la bancada peronista en la Cámara de Diputados para expresar su disidencia. Pero, curiosamente, el kirchnerismo no promovió alternativas a ese acuerdo que buscaba evitar los catastróficos efectos de un default. Se limitó a un discurso antiajuste. El ministro de Economía, Martín Guzmán, un discípulo de Joseph Stiglitz, se convirtió en la ficha a derribar. Los ataques desde el kirchnerismo comenzaron a lanzarse a la luz del día. Pero antes que él cayó Matías Kulfas, el ministro de Desarrollo Productivo, enfrentado con los funcionarios kirchneristas que controlan el área energética, y con la propia vicepresidenta, por los subsidios a la energía y por la lentitud en la construcción del gasoducto Néstor Kirchner para sacar el gas del yacimiento Vaca Muerta.
Con una inflación a más del 60 por ciento, corrida cambiaria y hasta rumores de renuncia presidencial, el Gobierno llegó a un callejón sin salida.
El epílogo provisorio de esta historia es paradójico: la llegada como "superministro" (veremos cuán pertinente es ese prefijo) de Sergio Massa, el epítome de los traidores según el kirchnerismo, posiblemente más que el propio Alberto en su momento. Massa no solo se alejó de Cristina, sino que formó el Frente Renovador, combatió electoralmente a la entonces presidenta y amenazó con meter presos a los corruptos (del gobierno cristinista) y barrer a los "ñoquis" (empleados que solo aparecen para cobrar a fin de mes) de La Cámpora. Pero en 2019 Massa se sumó al Frente de Todos, la alianza panperonista tejida por ambos Fernández y, desde entonces, como presidente de la Cámara de Diputados, viene acercándose a Máximo Kirchner y a la vicepresidenta.
Massa es un político con estrechos vínculos con Estados Unidos y con los mercados. "Es un hijo político de los años 90", escribió Pablo Touzón, sintetizando el perfil de muchos que como él, germinaron en la Ucedé y terminaron floreciendo dentro del peronismo menemista, donde encontraron las mismas ideas liberales pero con poder real.
Así como Alberto fue la tabla de salvación que permitió la vuelta en 2019, Massa viene a tratar de salvar a un peronismo sumergido en un con caos autoproducido.
Lamentablemente, siempre las "tablas de salvación" son para ellos y no para el pueblo.














