Francisco, el Papa que no le teme a nada
En medio de una violencia terrorista desatada como nunca antes en Europa, el Papa Francisco desafía los enormes peligros que corre por el cargo que ostenta y viajó a Polonia, un país con una mayoría católica que ha sufrido mucho y que ha sido epicentro de todo tipo de horrores, algunos cometidos en nombre de Dios. Allí, en medio de la nutrida agenda de la Jornada Mundial de la Juventud, se hizo el tiempo para visitar los campos de concentración nazi y, en una recorrida silenciosa, rezó para desterrar la crueldad que en esas tierras se había vivido.
A su regreso, Francisco dio su tradicional conferencia de prensa informal en el avión que lo trajo de vuelta a Roma y dejó los más importantes mensajes.
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Es claro que Francisco fue de los primeros líderes mundiales en poner a la luz pública que estamos atravesando la tercera Guerra Mundial, muy particular, que no se circunscribe a territorios ni tiene un punto de inicio, mucho menos un previsible final. El la llama guerra en pedazos porque no se trata del conflicto bélico tradicional, y sin embargo los estragos de esta problemática se siente a estas horas en distintos países, sobre todo en Europa.
No se puede decir, no es verdad y no es justo, que el Islam sea terrorista, fue la definición más fuerte de Francisco. En este caso separa la religión musulmana de los crímenes horrorosos de los terroristas. Del mismo modo que por lo hecho por el nazismo, que pregonaba la supremacía de la raza blanca y la religión católica por sobre el judaísmo, no puede culparse al catolicismo. Lo hizo ante una pregunta sobre por qué nunca menciona la palabra islam cuando se refiere al terrorismo, en el marco de la brutal oleada de atentados que sacudió Europa, y especialmente Francia, donde un anciano sacerdote fue degollado en una Iglesia por presuntos soldados del grupo terrorista Estado Islámico (EI).
También habló de una posible mediación en Venezuela, donde a estas horas hay una suerte de guerra civil con enorme sufrimiento para su pueblo.
Francisco considera que la violencia, el humano violento, puede pertenecer a distintas religiones. Hay católicos, dijo, que matan a sus esposas o a sus hijos. Si hablo de violencia islámica, debo hablar de violencia católica. Y no, no todos los islámicos son violentos y no todos los católicos son violentos. Es como la macedonia, hay de todo, agregó. Al reiterar que no es justo identificar islam con violencia, Francisco también evocó el largo diálogo que tuvo hace unos meses con el imán de la Universidad de Al-Azhar, la máxima autoridad musulmana sunnita. Y dijo que ellos buscan la paz también y deben convivir, como los católicos, con grupos fundamentalistas.
Y en función de su punto de vista y su opción por los pobres, Francisco culpó a las políticas económicas de los últimos tiempos por la explosiva situación actual. Porque el Papa siente que hay jóvenes a los que se los ha dejado sin esperanzas, sin trabajo y sin futuro y son los que terminan enrolándose en sectores fundamentalistas.
La XXXI Jornada Mundial de la Juventud que se ha celebrado en Cracovia (Polonia), en la que el Papa Francisco se ha reunido durante cuatro días con más de un millón de jóvenes procedentes de un centenar de países, ha estado marcada por dos acontecimientos directamente relacionados con la violencia y con la capacidad del ser humano de hacer mal a sus semejantes. El primero fue la degollación al pie del altar del sacerdote francés Jacques Hamel por un lobo solitario yihadista, dos días antes del inicio de la Jornada. Un hecho trascendental porque era la primera vez que el Estado Islámico mataba en Europa a un representante de la Iglesia Católica. Francisco no ha soslayado en sus discursos y alocuciones las referencias a la violencia terrorista que sacude buena parte de Europa. Hablo, en serio -dijo en el avión a los periodistas- de una guerra, una guerra de intereses, por dinero, por los recursos de la naturaleza, por el dominio de los pueblos. Por eso el Papa fue especialmente cauteloso al hablar del asesinato del párroco auxiliar de Saint-Etienne-du-Reuvray. No se refirió a la religión que sirvió de coartada a los terroristas ni quiso hacer un mártir especial del sacerdote, sino que recordó cuántos cristianos, cuántos inocentes, cuántos niños mueren a diario en otras partes del mundo. El segundo hecho relevante de esta Jornada ha sido la visita del Papa al campo de concentración de Auschwitz, donde los nazis asesinaron a más de un millón de personas, en su inmensa mayoría judíos. Rezó en silencio en la celda del santo mártir de Maximiliano Kolbe, Después, Francisco quiso hacer ver que la violencia que se vivió en aquella etapa de exterminio no ha desaparecido del planeta. Sin haber pronunciado una sola palabra durante su visita al campo de concentración, al llegar a la sede del Arzobispado de Cracovia, fue categórico al hablar a los que allí lo esperaban: La crueldad no se acabó en Auschwitz, ni en Birkenau. Hoy, en tantos lugares del mundo continúa sucediendo lo mismo. Hoy existe esa crueldad. A partir de estas premisas, el Papa ha querido dejar claro durante su visita a Polonia que la violencia no se vence con más violencia, desechando así las ideas políticas que pueden inducir a respuestas radicales ante el terrorismo, o que llevan a recortar, en aras de la seguridad, derechos y libertades de las personas. Hay que destacar en este sentido el primer discurso ante las autoridades de Cracovia, nada más aterrizar, en el que pidió que Polonia se mostrara disponible para acoger a los inmigrantes, que huyen de las guerras y el hambre. No son nuevas estas palabras, pero sí valientes en uno de los países de la Unión Europea más reticentes a seguir la política de acogida de refugiados auspiciada por Bruselas. Fue un mensaje repetido por el Papa durante estos días. En la celebración eucarística del sábado insistió: Celebremos el venir de culturas diferentes. Y pidió a los jóvenes, pero con palabras que deberían ser escuchadas por todas las autoridades del mundo, que tuvieran la valentía para enseñarnos a los adultos que es más fácil construir puentes que levantar muros, unas palabras que contrastan con determinados planteamientos políticos que, desgraciadamente, cada vez son más comunes en la sociedad occidental. Francisco no ha perdido la ocasión para exigir a los jóvenes una nueva actitud que haga cambiar el mundo. En un lenguaje directo, se quejó de quienes parecen haberse jubilado antes de tiempo y de los que se dejan arrastrar por el doping del éxito o por la droga del egoísmo. Les pidió compromiso cristiano y les advirtió que no se dejen engañar por todo lo que se les ofrece, que supuestamente los hace mejores o más capaces: Para muchos es más fácil y beneficioso tener a jóvenes embobados, que confunden la felicidad con tumbarse en un sofá.
El Papa es un referente social y, en estos momentos, quien probablemente con más autoridad moral puede alertar sobre los peligros que la violencia, el terrorismo y la xenofobia suponen para la libertad y los derechos humanos. Por estos mismos motivos no caben dudas de que es un blanco apetecible para quienes perpetran atentados contra la vida para amedrentar al mundo. ¿Quién más visible y simbólico que Francisco para dejar un mensaje terrorista?
El lo sabe, y para muchos puede pecar de soberbio al exponerse tanto y ser tan falto de afecto a las protecciones que le caben a una figura de su envergadura. Pero lo de él es coherencia: no puede circular por miedo o abstenerse por temor cuando le está pidiendo al mundo que actúe.
Un comentario de Francisco generó gran revuelo en este sentido: No sé si voy a estar en Panamá, pero Pedro va a estar en Panamá, dijo ante voluntarios, después de haber anunciado que la próxima Jornada Mundial de la Juventud se realizará en ese país, en el 2019. Estas palabras fueron interpretadas como que el Santo Padre estaba anunciando su propia muerte, como si fuese una predicción. Quizá quienes han hecho este desagregado de sus palabras estén hilando demasiado fino. Francisco dijo al asumir que tomaría el ejemplo de su antecesor Benedicto XVI, que no se aferró a lo vitalicio del cargo sino que abdicó cuando consideró que no estaba en condiciones de ejercer su rol.
No se trata de Nostradamus sino de un papa católico, con todo lo que ello implica. Sin embargo parece aceptar la posibilidad de que algo le suceda, toda vez que se expone públicamente en todos los países donde va de visita, sabiendo que se convierte en un blanco demasiado fácil.
Francisco es el único de 266 pontífices y más de 2.000 años de la Iglesia que eligió el nombre del despojado San Francisco de Asís, y esto no es casual. A todos los papas los ha definido su nombre pontificio y ha sido la insignia del perfil de su mandato. Jorge Bergoglio quiere ser como Francisco y camina sus pasos. La humildad es para él un valor y su adhesión a la opción por los pobres la practica en cada gesto. Este principio que abarca a los marginados y sufrientes de distinta extracción y hace gala de su compromiso de diálogo con personas de diferentes orígenes y credos.
Francisco hizo claros gestos en este sentido desde el comienzo que fueron indicativos de sencillez, como su decisión de residir en la casa de huéspedes del Vaticano, en Santa Marta, en lugar de la residencia papal usada por sus antecesores desde 1903. Y hoy es considerada una de las 100 personas más influyentes del mundo.
Logró un acercamiento entre Estados Unidos y Cuba, tras medio siglo de bloqueo y desencuentros. Reunió a los jefes de las tres grandes religiones: católicos, musulmanes y judíos para rezar juntos en el Vaticano. Son gestos enormes en un mundo donde la violencia y las desinteligencias se viven todos los días.
Es un Papa que considera que el liberalismo salvaje es responsable de generar violencia y lo dice a viva voz desde cada púlpito-, porque deja sin esperanza a los más jóvenes, en quien Francisco pone sus mayores expectativas. Pese a renegar de las teorías económicas que se han utilizado siempre en Estados Unidos, el recibimiento que tuvo en el país del norte fue pocas veces visto. Y a él, el mundo le cree su sencillez y despojo, a pesar de vivir en un palacio de oro, como sus antecesores, que siempre fueron criticados por esta contradicción.
Es creíble e inspirador, dentro de una institución anquilosada y negada a los cambios, que históricamente se ha sentado a la par de los poderosos y a los pobres los ha considerado solo desde la limosna y la prédica. Por eso hay sectores conservadores de la Iglesia Católica que resisten el estilo de Francisco, un jesuita que viene con un mensaje que incluye a los pobres, a los marginados y promueve el diálogo como una bandera permanente en búsqueda de la paz.
Por eso es tan posible lo que dice Francisco: que no sea parte de la próxima jornada en Panamá en 2019. Tanto lo puede matar el terrorismo en esta guerra sin cuartel como puede él mismo agobiarse del entorno que no cambia al ritmo que él quisiera. Y cuando ya no pueda hacer más, ya lo dijo: se retira.














