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En medio del caos, Argentina logró mesura

30 de octubre de 2019 a las 12:00 a. m.

Nos encontramos en un momento bisagra de la historia mundial, en el que una ola de protestas de todo tipo y por las más variadas razones, explotan a lo largo y a lo ancho del planeta teniendo todas en común una crítica al distanciamiento de las élites en relación con los reclamos populares, como si se tratara de dos mundos separados entre sí. Por eso, quien asume el gobierno en cualquier país que se trate, por más que sea el emergente de los reclamos de las masas, apenas se hace cargo del mismo, recibe las mismas críticas que sus antecesores.  Toda esta conflictividad, a su vez, está atravesada -o quizás motivada- por la llamada 4ª Revolución Industrial, que ha provocado una crisis del empleo en virtud de las muchas habilidades que dejaron de ser necesarias y las nuevas calificaciones que se requieren para los puestos que se van creando, la mayoría con el conocimiento como requerimiento, en detrimento de la destreza física. Sobre este tema tan complejo hablaremos en un próximo artículo editorial.

La cuestión es que vuelan por el aire todos los modelos; en América Latina desde los socialismos bolivarianos al liberalismo chileno son cuestionados por masas a veces enojadas, y otras hasta indignadas o desesperadas. El cuestionado es cada gobierno de turno pero se trata de una crítica más profunda: es el cuestionamiento a toda la élite, por eso es tan frecuente que pululen tantos candidatos anti sistema. Sin embargo, cuando estos ganan, también se exponen a la misma crítica que los demás. Es, entonces, un cuestionamiento a la política en general y es muy difícil conducir la antipolítica, tan difícil como entender sus razones o como la dificultad que encuentran los “anti todo” para ofrecer soluciones que no sean meramente discursivas.

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Argentina no escapa a esa realidad, que deberán leer primero y mejor que nadie tanto los que ganaron como los que perdieron el domingo.

No obstante, pese a una situación económica nada bondadosa, con una inflación y una pobreza crecientes, que se incrementaron aun más después de las Paso, las reacciones populares en la Argentina fueron moderadas. Es que los ánimos caldeados fueron cooptados no por la anti política sino por las movilizaciones relacionadas con las elecciones, ya sea a través del voto popular, o de la gente en la calle vivando a sus candidatos. Acá, pese a todo, la política sigue conduciendo la realidad. El enojo de la gente se canalizó a través de ella y por eso es que la política tuvo tanto que ver en que, aun con resultados similares, fueran tan distintas en números y en clima las elecciones generales en comparación con las Paso.

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Las Primarias fueron prácticamente un cheque en blanco para el peronismo triunfante y casi una sentencia de muerte para Cambiemos. Sin embargo, la democracia tiene razones que la anti política o los fanáticos no entienden y de aquella colosal diferencia del 11 de agosto entre el peronismo y el macrismo se pasó a otra más exigua, que interpela a ambos sectores por igual y los posiciona de una manera inesperada por ambos de cara a la nueva etapa. El resultado fue distinto, entre otras cosas, porque la coalición oficialista que parecía destruida supo reconocer errores y hablar al pueblo de un modo que logró convocar multitudes casi imposibles de reunir -en estos días anti política- en apoyo de algo mientras que en otros países de momento solo se mueven multitudes para protestar por todo. Eso le dio, primero en las calles y luego en las urnas, una fortaleza a quien será la segunda fuerza política del país, suficiente, si la usa bien, para controlar cualquier exceso por parte de la mayoría.

El pueblo tamizó su bronca  inicial contra los que lo gobiernan y dio un ejemplo de equilibrio que el nuevo oficialismo deberá entender para que no le pase lo mismo que al que en diciembre se despedirá. Sobre todo teniendo en cuenta que el Frente de Todos ganó amontonando a un montón de peronismos que ahora habrá que armonizar para que piensen parecido y puedan gobernar en conjunto, empezando por la duda a disipar sobre quién llevará la voz de mando en la dupla presidencial. Es lógico, dadas las figuras, plantear esta cuestión. Estamos hablando de que quien fuera presidenta por dos mandatos, además de activa senadora y líder de un movimiento; cuesta pensar que Cristina se circunscriba a su rol de suplente y presidenta del Senado, no está en su esencia. 

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En síntesis, los perdedores quedaron más contentos de lo que esperaban y, los ganadores, un poco menos contentos de lo que esperaban. Dos sentimientos que impelen más a la mesura y a la templanza que a los apasionamientos extremos o a los fanatismos. El clima que hoy más que nunca necesita la Argentina. No estaría pasando lo mismo en la provincia de Buenos Aires, donde Kicillof no ha bajado el tono confrontativo que tuvo en toda la campaña.

Una buena estrategia esperable de los nuevos oficialismos para no repetir errores y en cambio avanzar, porque estamos a mitad del río, es que no intenten poner su pasado en el futuro. Ello solo conduciría al revanchismo. Si en cambio se propone construir un país con todos, con lo bueno de cada gestión, la cosa irá mejor. Pero ojo, no como dijo Alberto Fernández, que propuso “que el Frente de Todos incluya a todos los argentinos”, incluso a los que no los votaron. En absoluto, no se trata, otra vez, de que un partido pretenda absorber a todas las partes sino que cada cual tenga su propio espacio y todos ejerzan respetablemente su rol. La meta no puede ser nunca más aquella de “que no quede un solo ladrillo que no sea peronista” sino que no haya un solo argentino discriminado o perseguido por el poder. En ello, y en mejorar la condición de vida del pueblo, se juega Alberto Fernández su paso a la historia. Todos queremos y necesitamos que le vaya bien.

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